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Deportes

Ali vs. Inoki

Agencias | Lunes 26 Junio 2017 | 08:06 hrs

Agencias |

Ciudad de México.- Ali miró a Ichiro Hatta de frente y levantó la voz –para que todos los presentes lo escucharan-.  El invitado era el presidente de lucha japonesa, quien visitaba Estados Unidos y convivía con el Más Grande en una cena de gala.



-¿Hay un luchador oriental que quiera enfrentarme? Le daré un millón de dólares al que me derrote.

Muhammad Ali era el campeón de los pesos pesados, había derrotado a Joe Frazier en Manila (1975) y abrir la boca era uno de sus pasatiempos. Y aquella broma se convertiría en una pesadilla para el campeón de los pesos pesados, quien pronto conocería a un enemigo japonés, luchador que lo enfrentaría en una pelea bizarra el 26 de junio de 1976 (hace 41 años), con quien haría una verdadera amistad, con el paso del tiempo.

“Ali busca un enemigo oriental, no importa el tipo de combate”, publicarían los diarios estadunidenses, siguiendo lo que parecía un comentario hecho a la ligera. Ali era el rey del show, el Quinto Beatle,

el hombre más buscado por los conductores de TV que pretendían elevar el rating de sus programas llevando al Más Bonito. Aunque también el más bocón.

El comentario llegaría a oídos de Antonio Inoki, gigante japonés (medía 1.91 metros, igual que Ali) quien tomó en serio el reto y buscó que empresarios nipones invirtieran en el que el luchador oriental esperaba, fuera el combate del siglo.

Si Ali había ofrecido un millón de dólares al que lo venciera, los empresarios nipones lo sorprendieron ofreciéndole seis millones de dólares por enfrentar a Inoki, el campeón de la lucha japonesa. Muhammad había tenido cierta experiencia al enfrentar a luchadores menores como Buddy Wolfe y Gorilla Monsoon, en espectáculos baratos al estilo Rocky Balboa vs. Hulk Hogan (Rocky III/1982). Aunque por seis millones de dólares, claro que sería capaz de viajar a territorio nipón y hacer show en el cuadrilátero durante 15 asaltos.

Lo que no sabía el campeón de los pesados es que Inoki había tomado en serio el pleito. Mientras el enorme japonés se encerraba con sparrings de su complexión, Muhammad Ali aceptaba algunos combates de box ante desconocidos como el belga Jean-Pierre Coopman, el estadunidense Jimmy Young y el británico Richard Dunn.

Cuentan los viejos periodistas que Ali e Inoki se vieron las caras en muy pocas ocasiones, antes del combate. Ali bromeando y poniéndole el apodo de Pelícano a Inoki, por la quijada sobresaliente. El oriental estuvo muy callado, aunque llegó a decir que Ali, en japonés, significaba “pequeño insecto”.

La última vez que se encontraron, Ali se acercó a Inoki para tratar de ponerse de acuerdo de cómo sería el espectáculo arriba del cuadrilátero. Inoki le contestaría que no habría guión para el show, que él se había preparado en serio para derrotar al campeón del mundo en el boxeo.

Alrededor del combate se dieron ciertos rumores. Uno fue que los empresarios japoneses, quienes habían pagado los seis millones de dólares, querían que Ali golpeara al réferi en cuestión y que Inoki saliera en defensa del tercer hombre y venciera al enemigo que se había atrevido a pisar territorio japonés. Se dice que Ali no aceptó el guión y que se rompió cualquier acuerdo de una pelea arreglada. Aunque Ali insistió que aquello sólo era un show. Otro rumor que se esparció es que los musulmanes amenazaron de muerte a Inoki, si algo le pasaba a su hijo predilecto.

***

¡Inoki, boma ye!, ¡Inoki boma ye!, fue el grito que adoptaron miles de japoneses que asitieron a aquel combate mixto, el 26 de junio de 1976, en el Salón Budokan de Tokio. Fueron 14 mil 470 boletos vendidos, además de que el promotor Bob Arum se encargó de vender los derechos televisivos de la pelea a 34 países, con una audiencia de 1.4 billones de espectadores.

Algunos aficionados todavía vieron el combate en televisores en blanco y negro, mismo color que presentan la mayoría de las fotografías de aquella tarde. Si Ali tenía prometido un salario de seis millones de dólares, Inoki había conseguido una bolsa de cuatro millones para él.

Lo que no se dijo en ese momento es que los organizadores, al ver que Inoki había tomado en serio un combate que fue concebido como show televisivo, decidieron cambiar las reglas para proteger al boxeador. Unos de los cambios fueron que el luchador no podía atacar al pugilista en el piso y que Ali tendría las cuerdas del ring como aliadas. Si Muhammad se agarraba de ellas, el luchador tenía que soltarlo.

Los aficionados nipones recordaban aquel grito de Ali boma ye (Ali, mátalo), que se escuchó en Zaire, en aquel combate entre Ali y Foreman. Así que decidieron gritarlo ante el gigante de ébano. “¡Inoki, boma ye!”.

Ali abría la boca por última vez y diría que noquearía al feo Pelícano, mientras que Inoki sólo esperaba que sonara la campana. Apenas sonó el metal y el luchador japonés se lanzó con las piernas por delante sobre un asombrado y ágil Ali que alcanzó a brincar para salvar las extremidades.

Aquélla fue una película con 15 episodios similares y carentes de espectáculo. Muhammad agarrándose de las cuerdas y vociferando contra el luchador, mientras Inoki pasó la mayor parte del tiempo tumbado en la lona y soltando patadas a las piernas de un adolorido peleador americano.

Los que vimos el combate –la proyección para México fue en blanco y negro- observamos a Ali caer en la lona en el sexto asalto, aunque su largo brazo alcanzó la cuerda más baja y así consiguió que el tercer hombre en el cuadrilátero obligara a Inoki soltar a su presa.

Aquél sólo fue un susto que se reprodujo en el Shea Stadium (NY), ante miles de aficionados al box que decidieron pagar su boleto y mirar el combate en pantalla gigante. Esperaban que de un momento a otro, el Más Grande y el Más Bonito hiciera el clásico paso de la gallina y mandara al Pelícano a la lona.

No fue así. Las estadísticas contabilizaron 64 patadas de Inoki a las hinchadas piernas de Ali, mientras que tan sólo fueron cinco golpes de Muhammad contra el luchador oriental. Los jueces vieron un empate.

Inoki abandonó el cuadrilátero con la molestia de no saberse ganador y por el cambio de reglas, de último momento. Ali voló hacia Los Ángeles, donde se internó en un hospital debido a las heridas que había sufrido en sus piernas.

***

Con el paso del tiempo, aquella pelea calificada como farsa cayó en el olvido. Ali volvió a sus combates y a levantar la voz en nombre del islam. Inoki ganaría fama en su territorio y más adelante se convertiría en empresario de lucha y político japonés.

Pero algo ocurrió entre estos gigantes, rivales en el cuadrilátero, quienes entablarían una extraña amistad a pesar de la barrera del idioma. Tal fue dicha amistad que Inoki se retiró en 1994 y Ali viajó hasta Tokio para sentarse en la tribuna y despedir a su amigo. Al final del combate, Ali le entregaría un regalo y algo le diría en el odio.

Inoki mostraría su dolor el día que Ali murió, escribiendo que “se ha ido el Más Grande, arriba y abajo del ring”.

A sus 74 años, Inoki sigue apoyando la lucha libre y se mantiene en la política. También frecuenta las redes sociales, donde miles de seguidores recuerdan a aquel luchador oriental que un día se atrevió a retar al Más Bonito.

Curiosamente, Antonio Inoki sólo sigue a dos personajes en su página de Twitter. Uno es Donald Trump. El otro es… Muhammad Ali.

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