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El_Paso

Agoniza el Río Grande

Richard Parker / The New York Times | Lunes 10 Septiembre 2018 | 07:05 hrs

The New York Times | Su recorrido se extiende por casi mil 900 millas

El Río Grande –conocido en México como Bravo–, que se extiende por casi mil 900 millas (3 mil 050 kilómetros) desde las Montañas Rocosas de Colorado hasta el salado Golfo de México, ha sido parte de la tradición del Suroeste, ha sostenido culturas enteras y nutrido la vida silvestre en una parte del planeta que de otra manera sería implacable.





El Río Grande es el tercer río más largo de todo Estados Unidos, superado sólo por el Yukón y los ríos combinados Mississippi y Missouri. Sin embargo, este verano casi dejó de fluir de Colorado a Nuevo México. El agua fangosa que fluye hacia Texas es algo así como un espejismo, liberado de los embalses o incluso importado de cuencas lejanas.



Drenado por granjeros, dividido por tratados, peleado en los tribunales y descuidado cuando no es bombeado y drenado, el Río Grande es a la vez uno de los más famosos de América y uno de los más abusados.



El problema se ve agravado por las técnicas que los agricultores y las ciudades han desarrollado para evitar la escasez de agua: cuando los ríos se agotan, pueden acceder a acuíferos profundos o bombear agua desde cientos de millas de distancia. Todo lo cual plantea una pregunta difícil para un país tecnológicamente avanzado como el nuestro. Si no creemos que necesitamos el Río Grande por su agua, ¿estamos dispuestos a salvarlo por su propio bien?



El Río Grande es tan largo que cuando los europeos llegaron por primera vez no se dieron cuenta de que todo era el mismo cuerpo de agua turbulento. Sostuvo a decenas de miles de nativos americanos: los de Pueblo habitaban la cuenca al norte, mientras que las tribus como los mansos vivían fácilmente de los peces, patos y abundancia del río medio, según relatos de monjes franciscanos, que en 1598 acompañaron al conquistador Juan de Oñate cuando su expedición vadeó el río.



Corriente abajo, escribió el historiador Paul Horgan en su libro sobre el Río Grande, “Great River”, publicado en 1954, “el río en Presidio llega entre sauces, álamos, lilas, montañas con nubes, campos color verde esmeralda y arena rosada, a través de una dulzura en el aire hecha de todo eso junto”. Algunos nativos americanos lo llamaban P’soque, o gran río. Los españoles nombraron el tramo inferior Río Palmas, por sus espacios densos de palmeras.



A medida que los siglos avanzaban, también lo hicieron los nombres y usos del Río Grande. Los españoles cultivaron maíz, garbanzos y cebollas dulces mientras observaban a las águilas calvas atrapar peces de cinco libras del agua. Después de la Independencia, México lo llamó Río Bravo, o río feroz. Los colonos estadounidenses en el Suroeste lo llamaron Río Grande y operaban molinos de paletas en sus tramos al Sur.



Pero con el cambio de siglo pasado llegó la hidroingeniería a través del árido Oeste norteamericano. Colorado, Nuevo México y Texas dividieron el agua con una presa en 1938; siguieron los Estados Unidos y México, con un tratado de 1944. El agua que proveía vida se redujo a meros débitos y créditos en un libro contable.



Desde entonces, el río ha sido domesticado, represado, canalizado y desviado a acueductos, canales y zanjas. Al humorista estadounidense Will Rogers le gustaba referirse al Río Grande como “el único río que conozco que necesita irrigación”. Crecí en este río; hasta el día de hoy, los vecinos de mi madre todavía abren una puerta de metal oxidada para inundar sus jardines con agua de riego fangosa. Y listo: céspedes, huertos y alfalfa florecen en el suelo arenoso y aluvial.



Hoy, sin embargo, hay menos acumulación de nieve que nunca, y el río sigue bloqueado por obligaciones que tienen casi un siglo de antigüedad. Este año, el indicador del río en Embudo, N.M. –un medidor establecido en 1881 y el más antiguo de la nación– registró los flujos más bajos en la historia. Sin embargo, Texas y Nuevo México están luchando por las aguas del río en los tribunales.



La casi desaparición en este año tomó a la gente por sorpresa. A finales de la primavera, el agua de deshielo era tan escasa que alrededor de Albuquerque, donde corre casi seco, se descubrieron lechos de arena donde los peces se habían agrupado, esperando su muerte. Los excursionistas estaban horrorizados. “Fue triste”, dijo John Fleck, quien dirige el programa de agua en la Universidad de Nuevo México. “Fue tan triste”.



Al Norte, el diminuto pececillo plateado, una especie en peligro de extinción que alimenta a peces más grandes, está a punto de desaparecer incluso en el agua importada, con sólo el 5 por ciento de su población histórica. Por casi 200 millas, desde Fort Quitman, Texas, hasta la confluencia del Río Grande con el Conchos –el afluente que es la única fuente de agua para la porción Sur del río–, el Río Grande está en gran parte seco y desprovisto de vida acuática.



A juzgar por la forma en que los gobiernos estatales y nacionales continúan drenando el río, es fácil creer que han desahuciado al Río Grande, que está más allá del ahorro, por lo que es mejor que saquen todo lo que puedan. Y en estos días no ayuda que la belleza de Río Grande se haya visto afectada por su asociación con la frontera entre Estados Unidos y México; mucha de ella en esa área es imposible de encontrar: una maraña de vallas, postes de luz y patrullas fronterizas.



“La gente ha dicho que el río está perdido; no me gusta eso”, dijo Tim Bonner, biólogo de la Universidad Estatal de Texas. “Sí, ha perdido algunas cosas. Sí, su futuro es incierto, pero sigue siendo un sistema en funcionamiento”, agregó. “Pero le corresponde a la sociedad tomar una decisión sobre lo que es aceptable y lo que no es aceptable”.



El Suroeste está repleto de trágicas historias fluviales. El Río Gila, por ejemplo, se eleva como una corriente de truchas de Nuevo México, pero desaparece de su curso histórico en los canales de hormigón de Phoenix. El Río Colorado, una vez tan usado que ya no llegaba al Mar de Cortés, ahora, gracias a décadas de conservación y políticas inteligentes sobre el agua, vuelve a fluir hasta el mar a través de un bosque de juncos.



El Río Grande podría seguir al Gila o al Colorado. El camino que siga no lo determinará la naturaleza. Lo decidirá la gente.

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