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Espectaculos

La policía del karma

Excélsior | Domingo 31 Julio 2016 | 08:28 hrs

Agencias |

Chicago.- Un antiguo maestro decía que la policía del karma actúa de forma curiosa y, por ello, uno debía de cuidar sus acciones pues las malas daban la vuelta al mundo y te pegaban por la espalda.



No por nada, los organizadores del festival han intentado no cometer ni uno sólo de los errores en los que podrían haber caído en el cuarto de siglo que llevan de organización. Se han agilizado los métodos de seguridad en las entradas, se han multiplicado los sitios de hidratación, se ha especializado la forma de notificar a asistentes sobre emergencias meteorológicas y contingencias.

Y, claro, se ha especializado el cartel. Cinco lustros han logrado aumentar audiencias y, con ello, géneros y propuestas. No por nada el festival se llena desde primera hora pues hay la natural curiosidad de nuevas generaciones de conocer nuevas propuestas, esas que aparecen en algunas listas de Spotify y sirven para presumir nuestro amplio gusto.

Lewis del Mar y Curt Reynolds están en dicha categoría. Con nombres cinematográficos y apuesta melódica del siglo XXI, ambos abren puertas y bocinas en una mañana nublada del segundo día de festival.

Saint Motel intenta sacudirse del error que Bastille cometió un día antes. Empuja para evitar ser catalogado como éxito de verano ya caduco. Lo logra para los pocos que los ven.

Frank Turner y M0 luchan no contra el horario, sino contra el invitado climático de cada año: la lluvia. Poca pero molesta, aleja a algunos que ven en el resguardo el mejor ritmo. De hecho, ellos —y la mayoría— prefieren un chubasco temprano que libere de nubes el Grant Park.

La lluvia acaba y no hace mella en el look de barata de los asistentes. La ropa de vanguardia es la propuesta de la temporada pasada. Trapos en liquidación arropan a hombres y mujeres que, además, han encontrado en la liberación del sostén un nuevo grito de rebelión y comodidad.

Así, mojados y libres, jóvenes acompañados de ponchos disfrutan de Foals, venidos desde Inglaterra. Bromean sobre el clima y, en dos acordes, atrapan a la audiencia cuyo déficit de atención va en crecimiento.

Pvris engrandece el escenario BMI, el mismo donde —hace años— Lady Gaga se lanzó al público con sólo una tanga encima. Mujeres que hacen bullicio, Pvris mueve a espectadores que llegaron tanto por su talento como por el cobijo contra la lluvia. Poderosas como quienes son parte de Wolf Alice, muestra que el siglo XXI sí da talento al que se le debe poner atención, y mucha.

Los kilómetros de música que cubren al festival ayudan a entender lo que sucede en Norteamérica. Jóvenes sin camisa y mujeres sin sostén. Discapacitados que no se amedrentan por el clima o las dificultades del terreno. Parejas de todo tipo que desean, por un rato, no ser juzgados de ninguna forma. Ahí, escuchan a Cherub o a los canadienses de Frightened Rabbit que cumplen pero de aburrida manera.

Francia da la cara con M83. Anthony Gonzalez es higlight del festival con razón. Interpreta, ejecuta y disfruta. El gozo de hacer música en vivo lo vive de forma plena y logra que una audiencia que llena el escenario principal por razones distintas se someta a su idea.

Future da al presente una muestra de la expectativa de los nuevos sonidos. Algunos dirán que es música fácil, pero la dificultad del desarrollo de la apuesta vale y mucho.

Miike Snow llegan por tercera ocasión al parque principal de Chicago. Vaya camino desde que eran los compositores de cabecera de Britney Spears. Ahora, el escenario y el momento es suyo. Idea de apego desde la parte más alta de Europa.

Para cerrar cartel, Ghost da una receta que despachó en México una semana antes. Misa agresiva y provocadora, sugiere a algunos y seduce a nuevos, pero nunca como otros escenarios.

Es obvio, a metros de distancia, Diplo y su proyecto Major Lazer repiten la fórmula de otros festivales. Mucho beat y grito pero pocas variantes, de hecho solo una: la descompostura de dos generadores que pone en riesgo su actuación. Los millennials se hartan y un tercio lo dejan en el baile. Riesgos de fallar en un festival de ocho pistas.

Riesgos que no se debe de fallar si del otro lado está Thom Yorke. Ejecución perfecta de cantos del presente y pasado, Radiohead hace comunión con miles de asistentes —algunos, de la generación(es) anterior(es)— desde la quema de brujas del inicio hasta Bodysnatchers, pieza con la que, supuestamente, terminarían.

No obstante, pasa lo ilógico: el set se alarga pese a las reglas del festival, de la ciudad. Un par de canciones, diez minutos, los suficientes para que la norma se altere para siempre. Bien portados, los asistentes se van felices luego de escuchar Karma Police.

Mal portados, los organizadores seguro deberán pagar multa ante la alcaldía. La primera de esta temporada.

En la siguiente jornada, los Red Hot Chili Peppers llegarán a acusar a Donald Trump y reencontrarse con una generación que los hizo caer en los excesos... y otra que los rehabilitó.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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