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Espectaculos

125 años de Tolkien, el creador de la Tierra Media

ABC | Martes 03 Enero 2017 | 18:57 hrs

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John Ronald Reuel Tolkien, el escritor que atrapó a generaciones de lectores de todo el mundo con su Legendarium (así describió su mitología sobre la Tierra Media) nació tal día como hoy hace 125 años en Bloemfontein, Sudáfrica, en el seno de una familia británica. Una efeméride que no ha pasado desapercibida a sus legiones de fans. Si para la mayoría de los críticos modernos el mito es sinónimo de mentira o falsedad, para el autor de El Hobbit, «El Señor de los Anillos» y El Silmarillion es la única manera de que ciertas verdades trascendentes puedan expresarse de un modo tangible. Esa fantasía que parte de la realidad, que consigue que el lector se involucre en la narración y la asuma como verdadera, es la clave de bóveda de la obra de Tolkien, salpimentada por argumentos enraizados en la naturaleza humana: el eterno pulso entre el Bien y el Mal; la irresistible tentación de Poder; la amistad, lealtad e idealismo, y la elevación de seres humildes a la categoría de héroes.



A los tres años de edad, Tolkien se trasladó con su madre, Mabel, y su hermano a Inglaterra por motivos de salud. Su padre, Arthur, permaneció en Sudáfrica a cargo de la venta de piedras preciosas para el Banco de Inglaterra. Murió en 1896 de una fiebre reumática, por lo que Mabel, en una situación económica precaria, llevó a sus hijos a vivir con su propia familia a Sarehole, un pueblecito de las West Midlands cercano a Birmingham, «una especie de paraíso perdido», según el propio escritor. «Viví mis primeros años en la Comarca en una era premecánica», escribió. La gente de la campiña fue su modelo para los hobbits y para su particular visión del «inglesismo». «En verdad soy un hobbit, excepto por el tamaño. Me gustan los árboles, los jardines y las granjas sin máquinas, fumo en pipa, me gusta la comida sencilla y hasta me atrevo a usar chalecos adornados. Tengo predilección por las setas y un sentido del humor muy elemental; me acuesto y me levanto tarde, y no viajo mucho».

Luego vendría la conversión al catolicismo, la traumática muerte de su madre, la decisiva influencia de su tutor (el padre Francis Morgan), el difícil noviazgo con Edith, la Gran Guerra, el magisterio en Oxford… Pero pocos hitos de su vida le marcaron tanto como Sarehole, con su viejo molino y Moseley Bog, el bosque donde los árboles parecen seres con alma. Nadie allí está muy seguro de que las hayas enormes y barbadas no vayan a moverse.

«En un agujero en el suelo vivía un hobbit». Se cuenta la anécdota de que la frase con que arranca el libro le vino a Tolkien a la mente como llovida del cielo, mientras corregía unos exámenes. Desde su adolescencia, el profesor de Anglosajón y de Lengua y Literatura Inglesa en Oxford había trabajado en una serie de mitos y leyendas sobre la Tierra Media, «El Libro de los Cuentos Perdidos», que más tarde darían lugar a su más importante obra póstuma, «El Silmarillion», pero hasta que culminó la «historia de una ida y una vuelta» de Bilbo Bolsón apenas si había publicado algunos poemas y trabajos académicos. Sus hijos recibían cada mes de diciembre unas «cartas de Papá Noel», pero eso era un divertimiento privado.

En realidad, «El Hobbit» también fue concebido como un cuento infantil para consumo doméstico. Los niños Tolkien estaban entusiasmados con «El maravilloso país de los snergs», de Edward Augustine Wyke-Smith, y su padre decidió desarrollar una historia similar para ellos. Empezó a escribir las aventuras de Bilbo en 1930 y, tras superar varios altibajos, hizo llegar el manuscrito a la editorial Allen & Unwin en 1936. El editor Stanley Unwin se lo pasó a su «crítico de confianza», su hijo Rayner, de 10 años. El chico escribió el siguiente informe: «Bilbo Bolsón era un hobbit que vivía en su agujero-hobbit y no era aficionado a las aventuras hasta que el mago Gandalf y sus enanos lo convencieron. Bilbo pasó un tiempo muy excitante luchando contra trasgos y wargos... y al fin volvió a casa... ¡rico!».

La obra pasó tan exigente corte y vio la luz en 1937 (no fue publicada en español hasta el 20 de febrero de 1982). The Times la calificó de «fascinante excursión a la primitiva escena inglesa». Para The Observer, «la saga impecablemente escrita por el profesor Tolkien sobre enanos y elfos, temibles trasgos y trolls en un vasto país perdido en la distancia y el tiempo (...) es una emocionante epopeya de viajes y aventuras mágicas». El éxito al otro lado del charco superó al que había cosechado en Inglaterra. La Houghton Mifflin Company de Boston publicó la edición norteamericana, que obtuvo el premio del Herald Tribune al mejor libro para niños del año.

Su extraordinario éxito hizo que los editores le encargaran una continuación, y Tolkien se descolgó con las mil páginas de El Señor de los Anillos, que finalmente se publicó en tres piezas: La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno del Rey. Junto a C. S. Lewis, Charles Williams y Owen Barfield, formó el núcleo principal de los Inklings, un grupo de amigos amantes de la literatura que se reunía semanalmente, entre 1933 y 1963, en las habitaciones de Lewis en Magdalen College o en el pub Eagle and Child (que ellos llamaban Bird and Baby). Charlaban acerca de política, religión, filosofía y se leían unos a otros fragmentos de los libros que estaban escribiendo. Sin duda, los primeros críticos de Las Crónicas de Narnia y El Señor de los Anillos fueron los propios colegas de los autores. Cada uno estimulaba la creatividad de los demás. En 1949 Lewis (Jack para sus amigos) empezó a leer la primera de sus historias de Narnia: El león, la bruja y el armario, que se convertiría en uno de los libros infantiles más populares de la historia, aunque no entusiasmara precisamente a Tolkien. Daban a sus reuniones un toque de clandestinidad (inkling: indicio, sospecha, noción vaga) y es fácil imaginarlos en un rincón del pub, bebiendo cerveza, fumando tabaco en pipa y debatiendo sobre el reino de las hadas y sus alrededores.

El Señor de los Anillos fue votado como el libro más importante del siglo XX en una encuesta realizada por la BBC y la cadena de librerías Waterstone a 25.000 personas del Reino Unido. En España, el suplemento cultural de ABC realizó un sondeo parecido. Hubo 9.320 encuestados y la obra de Tolkien obtuvo la séptima posición. Sin embargo, el cisma entre la crítica y los lectores quedó de manifiesto. «Es deprimente pensar que quienes han votado el mejor libro del siglo XX se encierran en un mundo inexistente», escribió Susan Jeffreys, articulista del Sunday Times. Pero también hubo reacciones positivas. Para el crítico literario Patrick Curry, «Tolkien habló de los temores de finales del siglo XX, y ofreció esperanza. ¿Quién vive en un mundo de fantasía? Los críticos de Tolkien, no sus lectores, han perdido el contacto con la realidad».

¿Qué ha provocado que El Señor de los Anillos haya sido leída por más de cien millones de personas en todo el mundo? Sin duda esas verdades trascendentes a las que aludíamos al principio. Por ejemplo, una amistad más grande que el amor, que tiene su símbolo en Sam, el escudero de Frodo, capaz del mayor de los sacrificios para que su amo cumpla su misión, la destrucción del Anillo Único que representa el mal absoluto. O una esperanza que emana de la obra entera: esperanza sin garantías, que nos exige luchar, ser inconformistas e insobornables para vencer a la muerte de cada día.

Peter Jackson se vio ante el reto de su vida: llevar al cine un libro imposible, inabarcable, que podría suponer su consagración o su tumba, pues no sólo debía rendir cuentas a los productores, sino a la legión de fans que no perdonarían un ultraje al espíritu de la novela. Jackson apostó al todo o nada: rodó la trilogía de un tirón en Nueva Zelanda, puso el talento de cientos de artistas al servicio de la historia y dosificó las entregas. En 2001 se estrenó La Comunidad del Anillo, y resultó un éxito aplastante de crítica y público. La película ganó 4 Oscar y multiplicó hasta el infinito la «tolkienmanía» en todo el planeta: miles de personas que no habían oído hablar de la Tierra Media se lanzaron hacia su origen, la literatura. Con la tercera parte, El Retorno del Rey, llegó la apoteosis: 11 Oscar y más de 1.100 millones de dólares de recaudación. El director neozelandés haría años más tarde una nueva trilogía cinematográfica con El Hobbit.

Sin duda, el viejo profesor se quedaría estupefacto al comprobar el impacto mediático de sus criaturas literarias en esta era de la globalización. «Creo que no le gustaría», ha confesado su hijo Christopher, a quien los aficionados deben la corrección y publicación de El Silmarillion, la obra en la que su padre trabajó toda su vida, otras novelas (como Los hijos de Húrin) y la revelación de abundante material de archivo en las series Historia de la Tierra Media e Historia de El Señor de los Anillos.

Tolkien murió en Oxford, a los 81 años, el 2 de septiembre de 1973, 21 meses después que su amada Edith. En el cementerio de Wolvercote, en el norte de la ciudad, hay una sencilla lápida con la siguiente inscripción:

Edith Mary Tolkien

Lúthien

1889-1971

John Ronald Reuel Tolkien

Beren

1892-1973

Como la de Beren y Lúthien, protagonistas de una de las más bellas leyendas de El Silmarillion, la de John y Edith fue, al principio, una historia de amores prohibidos, de dolorosas separaciones. Destino parejo también el de Aragorn y Arwen, cuya peripecia se cuenta en El Señor de los Anillos. Pero aún en el momento de la muerte, Tolkien hace un guiño a la esperanza. «Con tristeza hemos de separarnos, mas no con desesperación», se despide Aragorn de su amada. «¡Mira! No estamos sujetos para siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos. ¡Adiós!».

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