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Estado

Truncaron su vida pero no sus sueños

Luz del Carmen Sosa/El Diario de Juárez | Domingo 06 Agosto 2017 | 20:58 hrs

El Diario de Juárez |

Ciudad Juárez.- Con los documentos del SAT temblando entre sus manos, Edgar Hilario narra su visita a Hacienda para dar de baja a su hijo Bogar Hilario Chávez, de 24 años, como pequeño contribuyente.



La empresa que desde el 2011 arrancó el estudiante de la carrera de Ingeniería en Mecatrónica de la Universidad Autónoma de Ciudad (UACJ), hoy se tambalea tras su asesinato.

Dentro del closet de la oficina que Bogar ocupó hasta el fatídico lunes 24 de julio, cuelga la bata color azul marino que por meses usó el también músico y compositor.

Ese día se llevó el trabajo a casa, mientras parte de la familia se encontraba con parientes que los visitaban del estado de Texas.

Sin la certeza de saber qué pasó, el padre y la madre encontraron el cuerpo afuera de la vivienda sobre un charco de sangre tras recibir varios impactos de bala.

Han transcurrido 12 largos y tormentosos días. En la oficina de Bogar las cuatro paredes blancas carecen de fotografías. Sobre el escritorio está su computadora personal, varios documentos y sólo queda una réplica en plástico del casco de los Steelers de Pittsburgh, su equipo de futbol americano favorito, como único objeto personal que su padre dejó.

Ver ese espacio vacío, sin la presencia del ser tan amado, lo hace caer en crisis de llanto. El dolor, cada día es más profundo.

“No puedo seguir con el negocio, pero no puedo cerrar porque es el legado que dejó mi hijo”, dice confundido el padre del también deportista.

“Mi hijo fue asesinado cobardemente”, grita Hilario, desesperado y herido ante el evento violento que enluta a su familia.

Bogar fue atacado por personas desconocidas. Luego de su muerte, la Fiscalía General del Estado (FGE) carece de datos sobre él o los homicidas.

Como Bogar, otros 256 hombres fueron asesinados en esta ciudad con armas de fuego de enero a julio de este año; 96 de ellos tenían casi la misma edad del universitario, de 21 a 30 años, revelan las estadísticas oficiales.

Para Edgar, quien aún ve incierta la permanencia de él y su familia en Juárez, la situación de la inseguridad va en doloroso aumento y cree que la situación será peor.

Años atrás dice, se negaron a poner la razón social del negocio por temor a la violencia que se vivía, sin imaginar que sería afuera de su hogar donde la muerte los alcanzaría.

Creyó en el trabajo y la familia

Bogar no quería empezar su actividad profesional hasta el término de su carrera universitaria. Emprendedor por naturaleza y por necesidad, ya que era padre de dos hijos, creó la empresa de máquinas y herramientas y él estaba al frente del área de producción.

El negocio familiar permitió la generación de seis empleos directos y muchos más indirectos como proveedor de empresas maquiladoras.

“Es un negocio que nos permitió vivir bien, que nos permitió estudiar, yo también estudié una maestría para avanzar juntos y consolidad nuestro patrimonio”, dice.

El padre se encargaba de lo administrativo y el hijo de la producción, las ventas, la búsqueda de clientes y hasta del diseño del reciente logotipo del negocio.

Su trabajo lo combinaba con su labor de padre, esposo, sus estudios universitarios, sus clases de taekwondo, la guitarra, la composición de canciones y sus amigos.

Junto con su hermano, de apenas 10 años, asistía a clases de artes marciales para inculcarle ese deporte en el que alcanzó la cinta negra y quería que sus hijos de 4 y 2 años también amaran el taekwondo.

Ahora los sueños y anhelos de toda la familia están a la deriva, pues el miedo se ha apoderado de ellos y aunque se resisten a dejarse vencer, la impunidad y la inseguridad que priva en la ciudad complica que el futuro escenario del pequeño empresario y creyente católico.

“Fue un giro de 180 grados para mí, para nuestra familia. Todo cambió, mi hijo era todo”, lamenta el hombre que cuestionó y reclamó a Dios el haber permitido el ataque contra Bogar.

A su sepelio fue mucha gente que lo apreció. En la iglesia de San Judas Tadeo el coro cantó especialmente para él, pues Bogar también perteneció a ese grupo juvenil católico.

“Ahí le entregué a Dios a mi cachorrito, sólo le pedí tiempo para poder soltarlo, no puedo, no puedo”, dice mientras caen las lágrimas por su cara.

Toma su celular y muestra las fotos de la familia. Tiembla su voz, llora, grita.

Para su cumpleaños número 24, padre e hijo viajaron solos y eligieron como destino el mar.

Una noche frente a la plaza ambos tomaron unas botellas de vidrio y escribieron en hojas de papel la promesa de amarse y estar juntos por siempre y las lanzaron contra las olas. El padre dice que los dos mantiene esa promesa.

“Mi cachorrito”, se duele.

En un momento de debilidad el padre recuerda que se negó a ser buena persona en un acto de reclamo a Dios. No haría más actos de caridad, no haría más favores, no haría más trabajo comunitario.

“Un adulto mayor me daba indicaciones para estacionarme y yo me negué a darle dinero. No más, pero no pude, por Dios no pude. Así que me regresé y le di pedí disculpas y él me dijo ´Dios lo bendiga´ y yo lloré porque le juro que no soy mala persona, somos una familia honrada, modesta, jamás hicimos daño a nadie”, explica.

Por su hijo, afirma, no puede odiar a quien lo mató. “Al asesino, a él yo lo perdono, no sabe qué hizo”.

Lo que el padre no perdona es la inseguridad que vive Juárez otra vez.

“Nosotros nos queremos ir de la ciudad. Por qué en vez de un Juárez Iluminado no buscamos un Juárez Seguro, por qué estamos levantando firmas para un proyecto de iluminación y no mejor levantamos la mano y la voz para demandar una ciudad segura, porque no podemos trabajar a gusto, porque no podemos andar en las calles tranquilos”, cuestiona firme.

Dice que nadie de la familia está tranquilo y temen nuevas agresiones.

También dice que las maquilas han sido solidarias y le han dado tiempo para que aclare su mente.

El mejor amigo de Bogar y compañero de la UACJ se ofreció a trabajar con él y dejar su empleo en la maquila con tal de mantener el taller y sacar juntos el proyecto familiar.

Edgar ahora recuerda cómo su hijo le pedía que aprendiera a usar el Excel, que se adaptara a las nuevas tecnologías y lo enseñó a usar la computadora, a enviar correos electrónicos con las cotizaciones y hasta el WhatsApp.

“Mi hijo me preparó a mí para dejarme esta empresa como su herencia, debió ser al revés”, lamenta.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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