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Internacional

¿Los robots amenazan nuestros trabajos? La idea, antes absurda, parece factible

The New York Times | Viernes 17 Junio 2016 | 08:31 hrs

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Estados Unidos.- Remplazaron a los caballos, ¿verdad? Así respondió el gran economista, ya fallecido, Wassily Leontief hace 35 años a los que argumentaban que la tecnología realmente nunca remplazaría el trabajo de las personas.



Los caballos sobrevivieron por muchos años la competencia de las nuevas tecnologías de comunicación del siglo XIX, como el telégrafo y el ferrocarril: pues su trabajo aún era necesario para transportar cosas y personas por las granjas y las ciudades. Pero cuando llegó el motor de combustión interna, los caballos, como componentes fundamentales de la economía mundial, pasaron a mejor vida.

Reducirles la ración de avena podría haber postergado la expansión de los tractores, pero no la habría detenido. La única alternativa para mantener a 20 millones de caballos desempleados con vida sería ponerlos a pastar.

“Si los caballos hubieran tenido la oportunidad de votar e ingresar al Partido Republicano y al Partido Demócrata”, escribió Leontief, podrían haber sido capaces de recibir “las apropiaciones necesarias del congreso”.

La mayoría de los economistas todavía rechazan la analogía de Leontief, pero el consenso económico convencional está empezando a deshacerse. La cifras de productividad tal vez no lo reflejen aún, pero la nueva tecnología podría ser más desestabilizante que la del pasado. Los robots están aprendiendo por su cuenta. Los autos que se pueden manejar solos parecen estar muy cerca de estar transitando por las calles de nuestras ciudades.

Mientras asimilamos la idea de que los humanos, como los caballos, también podrían estar de salida, vale la pena hacernos una pregunta: ¿qué pasaría si el mercado laboral deja de proveer un ingreso para cientos de millones de personas? ¿Cómo repartiría el dinero la economía para que la gente pueda pagar la renta?

¿Qué pasaría si, digamos, la cuarta parte con menos educación de la población de Estados Unidos y Europa simplemente no pudiera encontrar un trabajo con un salario que cubriera el costo de la canasta básica? ¿Qué pasaría si las máquinas inteligentes y con gran capacidad de aprendizaje remplazaran a los abogados y banqueros? ¿O incluso, Dios no lo quiera, a los periodistas y economistas?

Si leyeron mi columna pasada, saben que no tengo mucha fe en la renta básica universal —un nivel mínimo de dinero que el Estado ofrece a cada ciudadano— como una herramienta para combatir la pobreza en un país como Estados Unidos, donde aún hay suficiente trabajo para la mayoría de la gente. Pagarlo requeriría destrozar la red de protección social como la conocemos hoy o aumentar los impuestos a niveles escandinavos.

Los suizos, aparentemente, están de acuerdo conmigo. Hace unas semanas, una mayoría abrumadora rechazó una propuesta para darle 2560 dólares al mes a cada adulto, sin importar su estatus laboral, y 640 dólares a cada niño menor de 18 años.

Pero ¿qué tal si no hubiera trabajo para alguno? ¿Y si el futuro nos depara una economía dominada por robots y desempleo masivo? Tal vez sea momento de empezar a pensar en una renta básica universal que no venga directamente del trabajo, como instrumento para distribuir ingresos.

Jeffrey D. Sachs, de la Universidad de Columbia, ha estado trabajando con unos colegas en un modelo económico de un mundo en el que la robotización aumenta tanto la producción económica como el número de trabajadores empobrecidos dada la pérdida gradual de sus empleos. No es una imposibilidad teórica.

“El punto es que estos dos escenarios —los robots que llevan al nirvana y al infierno— pueden pasar al mismo tiempo”, me dijo el profesor Sachs. “En general, el capital gana y los trabajadores pueden perder. Esto se manifiesta como una reducción en la fracción del ingreso nacional que le toca a los trabajadores”.

En ese caso, para prevenir la creación de una sociedad dinástica donde la desigualdad crece sin límite, sería necesaria una redistribución a gran escala que podría tomar la forma de una renta universal pagada con un considerable impuesto a las herencias. Se usarían parte de las inmensas ganancias de los dueños de los robots para financiar la vida de todos los demás.

No importaría que un cheque mensual reduzca el incentivo para trabajar, porque el trabajo remunerado sería irrelevante. La gente podría dedicarse a realizar labores creativas no remuneradas.

“No destruyan los robots”, dijo el profesor Sachs. Pero reconozcan que “las fuerzas del mercado no mejorarán las condiciones de vida de todo el mundo.Con una redistribución sí se puede mejorar la vida de todos”.

Muchos expertos no están convencidos. Por cada análisis como este —que predice que la nueva tecnología remplazará la mitad de los empleos en Estados Unidos—, hay otros que señalan que no hay evidencia de que la humanidad está al borde de la obsolescencia.

Un artículo publicado el mes pasado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico argumenta que incluso las ocupaciones que más corren riesgo de ser remplazadas por las máquinas, como el comercio al menudeo, incluyen muchas tareas que son difíciles de automatizar, como la interacción cara a cara con los clientes.

Los autores del estudio concluyen que solo nueve por ciento de los trabajadores estadounidenses corren un riesgo elevado de ser remplazados por un autómata. Los austriacos, alemanes y españoles son los más vulnerables, pero solo el 12 por ciento corre peligro de perder su trabajo por la tecnología de la información.

Desde que los luditas empezaron a destruir máquinas textiles en el siglo XIX, los trabajadores se han adaptado bastante bien a las nuevas tecnologías y han logrado reorganizarse para encontrar nuevos trabajos en otras industrias. Como lo dijo Kenneth S. Rogoff de Harvard hace unos años: parece poco probable que millones de trabajadores acaben como los caballos, desechados en una fábrica de pegamento.

Y, sin embargo, estos nuevos estudios, que cuentan pacientemente cuántos trabajos se pueden perder y cuántos pueden permanecer, indican lo mucho que ha evolucionado el pensar de los economistas, que hace no muchos años simplemente tachaban de absurdos los temores populares del desempleo tecnológico.

El pasado noviembre, Lawrence H. Summers —un exsecretario del Tesoro durante el gobierno del presidente Bill Clinton, uno de los principales asesores económicos en el primer periodo del presidente Obama y una de las personas más jóvenes en tener una plaza como profesor de Harvard— se subió al podio del Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington y admitió algo poco común: tal vez los economistas no siempre son los más listos.

Recordó sus días de licenciatura en MIT en la década de los años setenta, cuando el debate sobre la idea del desempleo tecnológico enfrentaba a las “personas inteligentes”, como el gran economista Robert Solow, con las “personas estúpidas”, caracterizadas “como un montón de sociólogos”.

Era estúpido pensar que el progreso tecnológico podría reducir el empleo. Si la tecnología aumentaba la productividad y permitía que las empresas y sus trabajadores hicieran más en menos tiempo, la gente obtendría más dinero para gastar en más cosas que se tendrían que producir y se crearían más empleos para otras personas.

Pero un buen día, Summers tuvo una epifanía: “De pronto se me ocurrió”, comentó. “Supongamos que las personas estúpidas tuvieran razón. ¿Cómo se verían las cosas?”. Y concluyó que las cosas se verían bastante parecidas al mundo que vemos hoy.

Los sueldos se han estancado durante muchos años para muchas categorías de trabajadores. Muchos están abandonando la fuerza laboral. En la década de los sesenta, uno de cada 20 hombres entre 25 y 54 años no trabajaba. Hoy son tres de cada 20. La población en general es más sana que en los sesenta; el trabajo es, sin duda, menos exigente. Sin embargo, más trabajadores están incapacitados, viviendo del seguro social.

“Tal vez las personas estúpidas no eran tan estúpidas como yo pensaba”, admitió Summers. “Esto es un asunto serio sobre el que debemos reflexionar”.

En un mundo en el que muchos estadounidenses no trabajan durante largos periodos de su vida, tal vez debamos concebir la seguridad social y la incapacidad de manera mucho más amplia de lo que lo hacemos hoy.

Eso, apuntó Summers, “podría empezar a parecerse a una renta universal”.

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