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Internacional

Hillary no está segura

Agencias | Lunes 22 Agosto 2016 | 06:31 hrs

Agencias |

Ciudad de México.- Si las elecciones presidenciales estadunidenses ocurrieran esta semana, la demócrata Hillary Rodham Clinton ganaría la Casa Blanca, de acuerdo al menos con las encuestas de popularidad en cada uno de los cincuenta estados del pais.



Según estimaciones de Larry Sabato, director del Centro de Políticas de la Universidad de Virginia, Clinton habría superado ya la cifra de 270 votos electorales, o sea el mínimo necesario para obtener la Casa Blanca en el Colegio Electoral.

Pero eso es hoy. La realidad es que en el tiempo que falta para el 8 de noviembre, puede haber muchas fluctuaciones en las preferencias de los estadunidenses y aún la posibilidad de que el actual panorama se cierre tanto que el ganador del voto popular no sea el vencedor de la elección.

Peor aún, no sólo es posible que el vencedor en el voto popular no sea electo Presidente, como ocurrió en el año 2000 en la confrontación entre el republicano George W. Bush y el demócrata Al Gore –que ganó por medio millón de votos en números absolutos–, sino incluso que el Colegio Electoral decida otra cosa.

La aparente contradicción es fácilmente explicable y es resultado de un complicado proceso electoral, establecido por la Constitución a finales del siglo XVIII. Por un lado, la elección presidencial es la única que no se realiza por voto directo y, de hecho, en las primeras décadas de la Independencia, la responsabilidad recaía en el Congreso, constituido en el Colegio Electoral.

El celo tradicional por mantener la estructura federal y preservar los poderes estatales fue una determinante tradicional en la conformación de la política y la historia estadunidense, y eso se refleja en el estilo de elegir al Presidente y al vicepresidente.

Teóricamente además, al menos en forma legal, son dos elecciones separadas aunque encomendadas al mismo cuerpo.

Por un lado, cuando se habla de “las” elecciones el plural es correcto: la actual campaña presidencial se desarrolla en realidad en el conjunto de las 50 votaciones, una por estado, que se realizan conforme a las leyes, las prácticas y las características de cada uno de ellos.

Cierto que hay una considerable homogeneidad, pero la noche del día de la votación, la contabilidad no está encaminada tanto al número de votantes como a determinar cuántos votos electorales aporta cada estado y en qué momento un candidato supera el número necesario para hacerse de la Casa Blanca.

Peor aún, aunque la práctica señala que la persona que los medios reportan como triunfante el día de la votación, que en 2016 es el 8 de noviembre, la realidad es que cada estado elige a sus representantes al Colegio Electoral, y por eso es el énfasis en los números que acumulan los dos partidos.

La práctica ha hecho que los partidos designen a los representantes al Colegio Electoral, que son electos como consecuencia del voto por tal o cual fórmula presidencial, y que estos voten de acuerdo con la encomienda que recibieron.

Teóricamente, sin embargo, está en lo posible que los delegados al Colegio voten de otra forma, aunque eso en realidad no haya ocurrido en décadas, si no en siglos.

De cualquier manera, cada grupo de representantes al Colegio Electoral se reúne el segundo miércoles de diciembre en la capital del estado que los eligió, para emitir su voto y elegir al nuevo Presidente y al nuevo vicepresidente, en votaciones separadas. Está en lo posible que el voto se divida, pero no es lo usual y sólo ocurrió en los primeros años de vida de Estados Unidos.

La idea de cada partido es conseguir tantos votos electorales como sea posible.

La contabilidad es simple: el colegio electoral está constituido por 538 votos, o sea el equivalente del número de representantes (435) y senadores (100) en el Congreso Federal más tres representantes del Distrito de Columbia, donde se asienta Washington D.C., la capital federal.

Y cada estado tiene tantos delegados como legisladores. California, el estado más populoso del país, elige 55 miembros para el Colegio Electoral, o sea uno por cada uno de sus dos senadores y 53 diputados; Alaska, uno de los menos poblados, elige por su parte a tres: la contraparte de dos senadores y un diputado.

Sólo dos estados eligen representantes en manera proporcional al voto obtenido por republicanos o demócratas: Nebraska tiene tres delegados y es considerado como republicano, Maine cuatro y ha votado consistentemente por los demócratas.

El volumen y la necesidad de asegurar un cierto mínimo de votos que marca el proceso y la forma de hacer campaña. Mientras los estados que han votado por los demócratas los últimos 20 o 30 años son representados por costumbre como “azules”, los habitualmente republicanos son “rojos”.

De acuerdo con la empresa Gallup, hay en la actualidad 20 estados “rojos”, 12 sólidos y ocho con inclinación hacia los republicanos; en contraste, el número de estados “azules” era como sólo una docena “duros” y dos con inclinaciones.

El consuelo, sin embargo, es que los estados “azules” son los que tienen una mayor población, y por tanto un peso más grande en el Colegio Electoral.

Eso lleva a que las campañas presidenciales se desarrollen en etapas: la primera, en las primarias, es asegurar el voto de los leales del partido, que se logra en mayor o menor medida en el periodo que lleva a las convenciones.

La segunda etapa, ya en la campaña, es reciclar la estructura que cada candidato debió crear para apoyar sus ambiciones  de campaña y fortalecerla con respaldo de los recursos del partido nacional y los comités estatales para asegurar tanto la asistencia de voto como el trabajo en los alrededor de doce estados “bisagra”.

Esos estados “morados” –por la combinación de rojo azul– son los que hasta noviembre reciben una atención absoluta, con enormes volúmenes de publicidad y constantes visitas de los candidatos o sus principales voceros.

Iowa, Ohio, Nuevo México, Arizona, Pensilvania, Florida, Wisconsin, Michigan, Nevada, Colorado, Florida... de creer a la prensa política estadunidnese ahí se jugará el resultado de la elección.

Pero no ocurrirá si el habitualmente preciso Sabato tiene razón y sus estimaciones de esta semana se mantienen hasta el 8 de noviembre.

 

“Un títere del Kremlin”

Robby Mook, jefe de campaña de la candidata demócrata Hillary Clinton acusó ayer a su rival republicano Donald Trump de ser “un títere del Kremlin”.

En el programa de la cadena ABC This Week, Mook cuestionó las transacciones financieras de Trump y dijo que “se niega a revelar vínculos financieros profundos que alcanzan potencialmente al Kremlin, lo que podría influir en sus decisiones de política exterior”.

Señaló que hay “cuestionamientos verdaderos que se plantean sobre si el mismo Donald Trump es un títere del Kremlin”.

En ese sentido destacó la salida de Paul Manafort como su jefe de campaña, pero dijo que eso no quiere decir que “los rusos han sido puestos fuera de esta campaña”, apuntando a las críticas de la OTAN hacia Trump.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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