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Internacional

Nos mandaron cuatro carros bomba; el último me 'pegó'

The New York Times | Jueves 27 Octubre 2016 | 15:42 hrs

The New York Times |

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Bartella, Irak— Nuestro convoy ya había sido ya blanco de carros bombas detonados por suicidas tres veces durante un largo día en el que estuvimos bajo fuego.



Así pues, las fuerzas iraquíes habían traído ya un tanque y su cañón escaneaba el camino hacia Mosul.

Pero los disparos comenzaron a llegar no del frente, sino desde atrás y, cuando volteé a ver, lo supe en ese instante: había una cuarta bomba que parecía salida de la nada. Para cuando lo vi, el carro bomba estaba a escasos 21 metros.

Estábamos con un escuadrón de élite de las fuerzas antiterroristas iraquíes que el jueves por la mañana realizaban los primeros movimientos del operativo para recuperar Mosul, que estaba ocupado por el Estado Islámico.

El primer objetivo de del comando era la rendición y desalojo de Bartella, un poblado bajo el control de los milicianos, a alrededor de seis millas hacia el este de Mosul. La salida fue de una base iraquí, aproximadamente a las 5:00 de la mañana, cuando las tropas comenzaron a avanzar por la carretera principal que une a la capital de la región kurda, Erbil, con Mosul.

En tiempos de paz, el trayecto tomaría una hora y media, pero a la unidad con la que estábamos le tomaría casi todo un día avanzar sólo tres millas dentro de territorio controlado por el Estado Islámico hacia el oeste de la periferia de Bartella, donde las tropas fueron confrontadas por combatientes yihadistas apostados en el poblado, con la misión de reforzar sus posiciones. Había explosivos por todo el camino y casi en cada en cada aldea a lo largo de la carretera.

Un reportero iraquí que trabaja para The Times y yo viajábamos con una cuadrilla de empleados del servicio de noticias británico ITN. Subimos a un enorme vehículo resistente a campos minados (MRAP, por sus siglas en inglés) que iba a la mitad del convoy que se preparaba para dejar Bartella.

Yo estaba nervioso, pero no había tiempo para detenernos y ver la manera de cambiarnos a los otros vehículos de atrás. No habíamos llegado muy lejos, pero ya estábamos recibiendo disparos de diferentes direcciones.

Luego de que el convoy cortara camino por el sur, ahora en compañía de un tanque M1A1 del ejército iraquí, se dirigía por un camino alterno en la relativa seguridad de los campos abiertos, con la expectativa de que habría menos minas y aparatos 'hechizos' (IED, por sus siglas en inglés).

Mientras nos movíamos a cinco millas por hora, al pasar una aldea pequeña al acercarnos a Bartella, nos encontramos bajo fuego de posiciones ocultas de Estado Islámico. Las balas levantaban polvo alrededor de nuestro convoy y rebotaban en el exterior blindado y sus vidrios, mostraban ya cuarteaduras en forma de araña en las ventanas.

Descargas de proyectiles de morteros nos pegaban, con los combatientes en un intento por colocarse en rango de disparo entre las líneas de sus vehículos, aunque nunca con éxito.

El comandante del vehículo, el teniente Mohamed Altimimi, señaló en varias ocasiones edificios sospechosos y las sombras escurridizas de los militantes de Estado Islámico moviéndose entre varios puntos para encubrirse, lo que obligó al tanque Abrams y a un bulldozer a abrirnos paso.

El primer momento de tensión ocurrió cuando nos acercábamos a una aldea a un poco más de 180 metros camino arriba. Parecía ser un punto ideal para tal vehículo, pensé. Nuestra unidad cruzó el trecho sin incidentes, aunque pronto nos quedamos varados en un campo, y solicitamos la ayuda del bulldozer de nuevo para cubrir una zanja que bloqueaba nuestro camino, cavado por Estado Islámico para tal motivo.

La llegada del primer carro bomba fue anunciada por el sonido de armas de fuego y granadas lanzadas en modo automático desde vehículos. Aún a la espera de que el bulldozer terminara su labor, nos detuvimos en un páramo, a más de 270 metros de cualquier edificio.

El carro bomba aumentó su velocidad al bajar de una pendiente de la aldea que lució peligrosamente cercano, e intentó maniobrar fuera de su camino hacia un grupo de vehículos detrás nuestro. Reforzado en acero laminado pintado de verde militar y café, y por su carga explosiva, el vehículo parecía avanzar a tumbos, cayendo en un socavón y lo que provocó su volcadura.

Tomé fotos mientras los iraquíes disparaban al vehículo, como una tortuga bocarriba, hasta que surgió una enorme explosión, que levantó polvo a su alrededor.

Luego de que se cubriera la zanja, proseguimos nuestro camino, doblando a la derecha y con rumbo al norte con el objetivo del comando: el extremo poniente de Bartella, y una autopista de cuatro carriles que conecta a Erbil con Mosul.

En cuanto lo logramos, el convoy recibió otra ráfaga de disparos con mayor intensidad. Las balas rebotaban de nuevo del vehículo, y los morteros enviaban plumas de polvo alrededor nuestro. La llanta frontal de nuestro MRAP fue atacada, pero el equipo logró seguir avanzado, con el trastabilleo de la unidad cada vez más pronunciado al avanzar a tumbos por el terreno irregular.

El teniente Altimimi les dijo a todos en el vehículo, incluyendo a los periodistas, que miraran por las ventanas en busca de más autos bomba suicidas. Gritando por el radio, indicó que la parte trasera del convoy había destruido otro vehículo suicida, y una empinada estela de humo y polvo pendía del cielo a menos de una milla de distancia.

De pronto, un vehículo distinto, ataviado con una improvisada armadura, salió por detrás de los edificios, girando hacia la izquierda mientras intentaba aproximarse hacia nosotros a gran velocidad.

El conductor del MRAP entró en pánico mientras intentaba maniobrar nuestro dañado vehículo hacia atrás, atizando el motor y finalmente encontrando algo de tracción mientras el auto bomba suicida intentaba abandonar el camino.

Debido a la limitada visibilidad en la parte de atrás de nuestro rápido y turbulento vehículo, pude sólo captar un vistazo del auto bomba cuando pareció quedarse estancado en una pequeña zanja, quizás a unas 45 ó 54 metros de donde estábamos nosotros. El tanque iraquí se había movido hacia un lado de nosotros y aprovechó una abertura para disparar su enorme cañón. El vehículo suicida estalló en mil pedazos, mientras una contusa ola por el estallido cimbraba nuestro vehículo.

Todos adentro irrumpieron en aplausos. Ese había estado cerca.

Con la llanta delantera de la derecha casi deshecha, apenas nos podíamos mover a paso lento. Los técnicos de extracción por ordenanza trabajaban delante de nosotros, en coordinación con la excavadora, el tanque y unos cuantos Humvees. En tan sólo unos cuantos metros de camino, se deshicieron de cuatro IED, mientras que combatientes del Estado Islámico continuaban disparándole al convoy.

Los iraquíes respondieron con lanzagranadas MK-19 y otras armas montadas en los vehículos.

No había mucho que nosotros pudiéramos hacer aparte de esperar dentro de la relativa seguridad del vehículo, mientras que las fuerzas iraquíes trabajaban para despejar el área y establecer un perímetro de seguridad a manera que el sol de la tarde descendía en el horizonte.

Pensamos que el momento había llegado cuando un oficial tocó en las puertas de atrás, y habiéndose quitado su chaleco anti-balas, nos invitó a salir del MRAP.

Pareció ser un momento razonable para fotografiar la columna y los alrededores del área desde afuera del vehículo, mientras los soldados se desplazaban en todas direcciones y comenzaban a revisar los edificios que probablemente ocuparían esa noche.

Me bajé y comencé a tomar fotografías, asegurándome de mantenerme en movimiento y cerca de un lugar donde poder cubrirme, en caso de que hubiera francotiradores en el área.

Caminaba de regreso al vehículo cuando alguien gritó en árabe, “¡Carro bomba!” Cuando voltee, lo vi, como un armadillo cubierto en placas de metal, desplazándose hacia nosotros desde un angosto callejón a las orillas de aquel poblado. Estaba a unos 21 ó 24 metros de distancia, y comenzó a virar lentamente hacia la izquierda, como si estuviera intentando tomar un carril de la avenida.

Cuando todos comenzaron a correr, y los soldados abrieron fuego contra el vehículo, lo único que pensé fue tirarme al suelo y encontrar donde cubrirme. Intenté ponerme detrás del Humvee que tenía más cerca, lo más pronto que pudiera correr agachado.

Quedé al descubierto quizás por unos cuatro o cinco segundos, pero pareció una eternidad.

La explosión fue enorme, y sentí que algo me golpeó en mi muñeca izquierda. De cierta manera, no sentí el dolor de inmediato —en ese momento de hecho fue como si un maestro me hubiera golpeado en la muñeca con una regla. Es difícil de explicar.

Me detuve por detrás del Humvee que había buscado para refugiarme, junto con dos soldados iraquíes frente a mí. Uno de ellos gritaba, revisando su cuerpo en busca de heridas y en completo estado de pánico.

Miré mi muñeca y brevemente podía ver el hueso a través de una profunda herida antes de que se llenara de sangre.

Puse mi mano sobre la herida para aplicar presión. Una parte de mí insistía en mover los dedos y revisar si podía mover la muñeca, mientras lo demás de mi ser estaba preocupado en torno a la posibilidad de que hubiera otro ataque.

Otro soldado iraquí se me acercó, saliendo de entre el polvo y el humo. Jaló de uno de los torniquetes que yo traía en mi chaleco anti-balas e intentó aplicarlo en mi brazo, le hice señas de que no lo hiciera —no había señales de que hubiera un sangrado arterial.

Encontré mi camino de regreso al MRAP, donde uno de los periodistas de ITN me ayudó a aplicarme un vendaje de compresión. Fui puesto en la plataforma de un Humvee con soldados iraquíes que también habían resultado heridos, y fuimos transportados de regreso al cuartel.

Fui increíblemente afortunado, y la herida parecía ser peor de lo que realmente era. No había ninguna esquirla alojada en mi muñeca, ningún ligamento o tendón desgarrado, y los rayos x que me sacaron posteriormente esa noche en el hospital en Erbil no mostraban señales de huesos fracturados.

Sin embargo, fue difícil no pensar en lo que pudo haber pasado. Incluso si hubiera sido una alternativa un poco peor, eso lo habría cambiado todo: Si la esquirla me hubiera golpeado sólo una pulgada más hacia la izquierda, podría haber perdido mi mano derecha, o el uso de la misma.

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