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Internacional

Trump-Obama: una transición al rojo vivo

El Mundo | Lunes 09 Enero 2017 | 20:10 hrs

Tomada de Internet |

Washington.- Cuando el 11 de noviembre Donald Trump se reunió con Barack Obama todo fueron sonrisas. Al menos, de cara a los medios de comunicación. Pero en la hora y media en la que no estuvo ningún observador externo presente, las conversaciones estuvieron marcadas por otros sentimientos. El propio Obama lo dijo pocos días después a David Remnick, el director de la revista New Yorker, uno de los medios que más le han apoyado: "Creo que no la podré definir sin que haya pasado una temporada y nos estemos tomando una cerveza, y en off-the-record, por supuesto".

Así que Obama sonrió y Trump hizo un llamamiento a la unidad. Y a continuación, empezó la guerra. Una guerra con fecha de caducidad: el 20 de enero a las 12 del mediodía. Y que en las próximas horas va a tener dos de sus últimas batallas. Primero, mañana, a las 3 de la madrugada, hora peninsular española, Barack Obama dirige su último discurso a su país. Lo hará en Chicago, la ciudad en la que forjó su futuro político, en un evento del Partido Demócrata, dividido y noqueado tras su múltiple derrota -en el Ejecutivo, el Legislativo, y en los Estados- en noviembre de la que aún no se ha recuperado.

Horas después, Trump llevará a cabo su primera rueda de prensadesde que en julio pidió a Rusia que hackeara los ordenadores de Hillary Clinton. Aunque Obama en teoría solo hablará de su legado, y Trump de su futuro -y de qué va a hacer con las 500 empresas que controla, y de las que se ha negado a ceder el control- va a ser, en la práctica, una especie de sesión de investidura informal y televisada, con réplica del jefe del Estado y del Gobierno saliente, y contrarréplica del que le reemplazará. Después de esta última escaramuza, la guerra de la sucesión debería quedar liquidada.

Ha sido una guerra en la que cada uno ha jugado sus propias bazas. Y, por eso, se ha convertido en un buen escaparate psicológico, político e ideológico de Obama y de Trump. Los dos empezaron sonriendo. Después, empezaron a actuar. Trump se arrogó la decisión de la empresa Carrier, propiedad del gigante industrial United Technologies, de dejar 700 puestos de trabajo en Indiana, el estado del que procede su vicepresidente, Mike Pence, y se atribuyó una decisión -que nunca había sido tomada- de Ford para mantener una línea de producción en Tennessee. Llamó a la presidenta de Taiwán, en un gesto que irritó a China. Y amenazó con lanzar una carrera de armamento nuclear. Todas esas iniciativas llevaron a parte de la prensa extranjera a referirse a Barack Obama como "presidente en funciones", pese a que en EEUU no existe esa figura, y el jefe del Estado y del Gobierno saliente lo es, con todos sus poderes, hasta que su sucesor jura el cargo.

Obama, fiel a su imagen cerebral, hizo lo contrario. Habló poco. Y actuó mucho. Se vengó del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que hizo campaña por Mitt Romney en 2008 y actúa como si su país fuera una superpotencia y EEUU quien recibe ayuda de él -y no al revés-, cuando rompió con tres décadas de tradición diplomática y no vetó una Resolución de la ONU condenando a ese país.

Fue como si la política exterior de EEUU regresa a la era de Ronald Reagan y George Bush padre, dos políticos que hoy no encajarían en el Partido Republicano por ser demasiado de izquierdas. Y un golpe a sionismo militante de Trump. Un sionismo que va en familia. Su yerno, Jared Kushner, que ayer fue nombrado asesor senior del presidente y que es el verdadero hombre fuerte del futuro Gobierno de EEUU, es un judío ortodoxo, que hizo que la hija de Trump, Ivanka, se convirtiera a esa religión para casarse con ella.

Obama no se limitó a Israel. Ha prohibido la exploración petrolífera en parte del Ártico y en el Océano Atlántico, ha ordenado el traslado de varios presos de Guantánamo a otros países, con lo que solo quedan en esa cárcel -que Trump prometió durante la campaña "llenar" - 55; ha dictado normas para garantizar el funcionamiento de Planned Parenthood, la principal organización que realiza abortos en EEUU; ha declarado zonas protegidas extensos territorios de Estados del Oeste; ha nombrado a más de 100 altos cargos, y ha conmutado las penas y concedido indultos a más de 300 presos. Todo ello por no hablar de la expulsión de 35 presuntos espías rusos y del cierre de dos instalaciones de ese país en EEUU.

Todas esas medidas han pillado con el pie cambiado a Trump. Y es que el futuro presidente es tan bueno manejando redes sociales como inexperto en el funcionamiento de la Administración Pública. Eso le hizo expresar su frustración en un tuit el 27 de diciembre: "Estoy haciendo todo lo que puedo para no prestar atención a los muchos obstáculos y declaraciones indignantes del presidente O. Pensaba que iba a ser una transición tranquila. ¡No!". Pocas horas después, y en su mejor estilo, Trump declaraba a la prensa que "la transición está siendo muy tranquila".

Muchas de las medidas de último minuto de Obama van a ser derogadas. Pero no todas. La declaración, a finales de diciembre, de 6.000 kilómetros cuadrados como espacios protegidos en Utah se basa en razones culturales, ya que las nuevas áreas tienen significación espiritual para las comunidades indígenas de ese estado. Eso va a dificultar que Trump pueda dar marcha atrás. Y parece improbable que Arabia Saudí vaya a devolver a Guantánamo los presos que va a recibir. Las escaramuzas entre Obama y Trump pueden, así pues, tener un efecto más duradero que el mero enfrentamiento personal.

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