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Internacional

Deportan a adoptados por familias estadounidenses

The New York Times | Miércoles 05 Julio 2017 | 09:50 hrs

Agencias |

Seúl— Phillip Clay fue adoptado por una familia estadounidense de Filadelfia cuando tenía ocho años de edad. Veintinueve años después, en 2012, después de muchos arrestos y con problemas de drogadicción, lo deportaron a su país de origen, Corea del Sur. No sabía hablar el idioma, no conocía a nadie y no recibió el apoyo necesario para tratar sus problemas de salud mental, que incluían un desorden bipolar y el abuso de drogas y alcohol.





Clay se suicidó el 21 de mayo, al saltar del piso 14 de un edificio de departamentos al norte de Seúl. Tenía 42 años de edad.



Para los defensores de los derechos de los adoptados en el extranjero, su suicidio fue un doloroso recordatorio de un problema que Estados Unidos necesita solucionar urgentemente: los adoptados en el extranjero que nunca obtuvieron la ciudadanía estadounidense. La Campaña por los Derechos de los Adoptados, un grupo de activistas, estima que 35 mil adultos adoptados en Estados Unidos podrían carecer de ciudadanía porque antes del año 2000 no se otorgaba automáticamente durante el proceso de adopción.



Se cree que Clay era solo una de las decenas de personas que fueron adoptadas legalmente durante su infancia por familias estadounidenses y que han sido deportadas a sus países de origen, o que están en riesgo de ser expulsadas del país después de haber sido condenadas por cometer algún crimen durante su adultez. Algunos ni siquiera sabían que no eran ciudadanos estadounidenses y se enteraron cuando se les ordenó abandonar el país.



Personas adoptadas de otros países como Vietnam, Tailandia y Brasil también han sido deportadas. Sin embargo, el gran número de niños adoptados de Corea del Sur, que en algún momento fue uno de los principales países que daban niños en adopción al extranjero, ha sido el ejemplo más claro del problema y de los enormes retos que los repatriados enfrentan una vez que intentan adaptarse de nuevo a una cultura extranjera, pero esta vez con muy poca o ninguna ayuda.



Muchos no tienen adónde ir por lo que a menudo viven en las calles. En Corea del Sur, un deportado cumplió una condena en prisión por robar un banco con una pistola de juguete. Otro, que como Clay tenía problemas de salud mental, ha sido condenado dos veces por asalto.



“La deportación es como una sentencia de muerte para ellos”, dijo Hellen-Ko, consejera en jefe en la oficina gubernamental de Servicios de Adopción de Corea y trabajadora social que monitoreó a Clay. “Les costó mucho trabajo adaptarse a la vida en Estados Unidos y es mucho más difícil regresar a este país”.



“Solo tenía 20 dólares, no sabía dónde estaba”, dijo Monte Haines, al recordar el día que aterrizó en el aeropuerto de Seúl después de ser deportado en 2009, más de 30 años después de que una familia estadounidense lo adoptara. “No tenía a nadie con quien hablar”.



Los estadounidenses han adoptado a más de 350 mil niños del extranjero desde la década de 1940, según informes de la Campaña por los Derechos de los Adoptados, y Estados Unidos dejó que los padres se hicieran cargo de los trámites de ciudadanía de sus hijos.



Sin embargo, algunos no entendieron que sus hijos no adquirirían la ciudadanía automáticamente una vez que los trámites de adopción terminaran. Otros adoptados cuentan que sus padres se desalentaban por los costos y los trámites del proceso de ciudadanía, o que simplemente los abandonaron.



En el año 2000, el congreso aprobó la Ley de Ciudadanía para los Niños, que les otorga la ciudadanía automáticamente a los niños extranjeros adoptados por ciudadanos estadounidenses. Sin embargo, la ley no benefició de manera retroactiva a los adoptados que ya eran adultos.



“Cuando era niño, no pedí que me mandaran a Estados Unidos, no pedí aprender inglés. No pedí ser educado en la cultura estadounidense”, dice Adam Crapser, deportado a Corea del Sur el año pasado, a los 41 años de edad, después de pasar 38 años en Estados Unidos. “Y ahora, me obligaron a regresar a Corea y perdí a mi familia estadounidense”.



Crapser, que dejó a su esposa y a sus tres hijas en Estados Unidos, fue abandonado por sus primeros padres adoptivos y violentado por los segundos. Acumuló antecedentes penales durante varios años, incluyendo una condena por robo.



Sin embargo, en los últimos años, comenzó a enderezar su vida y solicitó un permiso de residente en 2012. Esto ocasionó la revisión de su historial, lo que terminó en un proceso de deportación que trastornó su vida. “Se esperaron a que tuviera una familia, a que tuviera hijos”, dijo. “Esperaron a que tuviera algo que perder”.



Crapser, que nunca viajó al extranjero mientras vivió en Estados Unidos, dijo que “no podía ni siquiera leer un letrero” cuando llegó al aeropuerto Incheon en las afueras de Seúl. Dijo que el lenguaje y los rostros coreanos que revoloteaban a su alrededor le causaron una “conmoción”.



Su deportación le ocasionó problemas con su esposa en Estados Unidos y no ha visto a sus hijas durante 15 meses. Vive con sus maletas en un estudio diminuto en Seúl. Crapser explica que le ha costado mucho trabajo mantenerse ocupado para evitar la depresión y que sus oportunidades de trabajo son extremadamente limitadas. “El idioma es la barrera más grande, pues regresé muy tarde a Corea”, dijo.

 

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