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Nacional

Se queja El Chapo por condiciones carcelarias

The New York Times | Lunes 24 Abril 2017 | 09:12 hrs

Agencias |

Nueva York— Las condiciones en 10 South son inhóspitas. Las luces no se apagan en la media decena de celdas, las cuales son continuamente monitoreadas por cámaras. Los presos nunca salen al aire libre.





En general, tienen una hora para estar en una sala pequeña de “recreación” con una caminadora, una bicicleta fija, una televisión y una ventana que ofrece aire fresco y una vista a la zona baja de Manhattan. A muchos no se les permite hablar entre sí, pero eso no importa porque rara vez se encuentran cara a cara.



10 South, el ala más segura del Centro Correccional Metropolitano, la cárcel federal en Manhattan, es tan austera que un mafioso de alto rango que pasó varios años allí una vez lo describió como “una cámara de tortura”. La unidad ha albergado a algunos de los acusados más notorios de Estados Unidos, desde agentes de Al Qaeda hasta por lo menos un famoso traficante de armas extranjero… todos fueron sometidos a su rigor antes de ser condenados por un crimen.



El preso más reciente —y tal vez el de más renombre— es Joaquín Guzmán Loera, el capo mexicano de la droga conocido como el Chapo. En enero, Guzmán fue llevado de forma repentina en un avión policial mexicano a un aeropuerto de Long Island; luego fue transportado en auto a la cárcel en una caravana armada. Desde entonces, ha estado quejándose por sus condiciones de confinamiento y ha asumido un improbable papel como defensor de la reforma carcelaria.



En una serie de documentos judiciales, los abogados de Guzmán se han quejado en su nombre de que, desde el momento en que llegó a 10 South, ha permanecido encerrado en su celda durante 23 horas al día, excepto cuando lo visitan abogados, y se le ha negado todo contacto con su familia y los medios. Los abogados afirman que es el recluso más vigilado en Estados Unidos y que los términos de su encarcelamiento han impedido que se prepare para el juicio. Le han pedido al juez Brian Cogan del Tribunal Federal del Distrito de Brooklyn que suavice las restricciones que enfrenta e incluso han solicitado que se permita la entrada de un investigador de Amnistía Internacional en 10 South para analizar las condiciones.



Es un giro inesperado el que Guzmán, quien ha escapado varias veces de prisión y es acusado de matar a miles de personas en México, haya adoptado un papel de superioridad moral como crítico del sistema penal. Después de todo, escapó en dos ocasiones de edificios penitenciarios de alta seguridad en México, primero en un carro de lavandería y luego por un túnel de un kilómetro y medio excavado por cómplices en la ducha de su celda. Dado su historial, los fiscales federales han defendido las restricciones como una medida necesaria, pues argumentan que Guzmán mantiene “conexiones sin precedentes” con sus asociados en el Cartel de Sinaloa, y que tiene una “historia probada” de asesinar a sus enemigos mientras está en la cárcel.



Aunque está en un ambiente prohibitivo, algunos de los reclamos que ha interpuesto a los funcionarios de la cárcel —hubo por lo menos once en marzo— han sido decididamente de poca importancia. En una moción, los abogados de Guzmán alegaron que el agua del grifo le había afectado la garganta, por lo que pidió agua embotellada. También dijeron que su cliente dijo temer estar escuchando voces, aunque el gobierno estadounidense sostiene que simplemente oía los sonidos de una radio que se encontraba cerca.



Dicho eso, las restricciones en 10 South sí son severas. Pocos reclusos han pasado tanto tiempo en 10 South como Vincent Basciano, señalado por los fiscales de ser un exjefe de la banda criminal de los Bonanno. Según su abogado, Mathew J. Mari, Basciano describió una vez a 10 South como “una cámara de tortura que el gobierno usa para tratar de hacer que un acusado coopere”. Basciano, quien cumple una condena de por vida bajo cargos de extorsión, después fue trasladado del ala solitaria del Centro Correccional de Manhattan a la prisión federal más segura de Estados Unidos, la llamada Supermax en Florence, Colorado. La describió como “un hotel de cinco estrellas en comparación con el 10 South”, según Mari.



La Oficina de Prisiones se negó a identificar a los reclusos que ahora están alojados en 10 South. Sin embargo, entrevistas con abogados y una revisión de documentos judiciales indican que los vecinos de Guzmán incluyen a Muhanad Mahmoud al Farekh, un texano acusado de ser comandante de Al Qaeda y a quien el gobierno estadounidense consideró matar mediante un ataque con drones en Pakistán; y a Maalik Jones, un hombre de Maryland acusado de luchar junto al grupo militante Shabab en Somalia.



Los fiscales dicen que Guzmán tiene la celda más grande del ala y que los funcionarios de la prisión han solucionado adecuadamente algunas de sus quejas. Por ejemplo, ahora recibe seis botellas de agua cada dos semanas, según los documentos de la corte. Los fiscales también señalan que tiene una radio y que se le permitió comprar un reloj en la comisaría de la prisión. Aunque le quitaron ese reloj unos días después de que lo había comprado —“sin explicación y sin reembolso”, afirman sus abogados— recientemente lo recuperó.



Como medida de seguridad adicional, el gobierno le ha negado las visitas familiares a Guzmán, incluyendo las de su esposa, Emma Coronel Aispuro, una ex reina de belleza cuyo padre, dicen las autoridades, cultivaba amapolas y marihuana para uno de los principales lugartenientes de su marido. Los abogados de Guzmán —por el momento son defensores públicos— afirman que mantenerlo alejado de su esposa ha afectado su capacidad de pedir consejo para decidir sobre la contratación de asesoría privada.



La fiscalía en Nueva York ha buscado examinar a los integrantes no estadounidenses en el equipo legal de Guzmán, ante la preocupación de que pueda infiltrarse un espía del cartel. En cuanto a su solicitud de una investigación de Amnistía Internacional, los fiscales recientemente pidieron al juez Cogan que la niegue, pues dijeron que el grupo no tenía “autoridad de supervisión” en la prisión y que “no formaba parte de esta acusación”.



Sin embargo, incluso con estas restricciones, Guzmán tiene visitas casi diarias de un pequeño ejército de abogados, asistentes legales, investigadores e intérpretes… un privilegio inusual para un preso del 10 South. De acuerdo con documentos de la corte, el Chapo pasa un promedio de veintiuna horas a la semana con su equipo de defensa, lo cual sugiere que su aislamiento es considerablemente menos severo que el de otros presos.



No obstante, parece que las indignidades de la vida tras las rejas han llegado a afectarlo. A principios de abril, sus abogados presentaron una moción en la que señalan que, aunque se le permite ver la televisión en la sala de recreo, el equipo no es visible desde la bicicleta de ejercicio, lo que le obligó a elegir entre ver la televisión y ejercitarse. Esto, señalaron los abogados, fue uno de los “obstáculos absurdos” que “contribuyeron al sentimiento de frustración y aislamiento de Guzmán”.



Tampoco se le permite elegir el canal, ya que los funcionarios de 10 South han “impuesto algún tipo de limitación de la programación” a Guzmán, dijeron sus abogados. Entre los pocos programas que Guzmán ha podido ver está un “programa de naturaleza acerca de un rinoceronte” que, dijeron, ha sido “repetido varias veces”.

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