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Opinion

¿Hay guerra limpia?

Luis Froylán Castañeda | Domingo 29 Mayo 2016 | 00:24 hrs

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La política da Weba

Se trata de ganar y en el caso de la política ganar la gubernatura, la alcaldía, la presidencia una diputación, es decir no son peras ni manzanas las que están en juego, tampoco el honor de ganar un campeonato mundial.

Con  frecuencia me preguntan que pienso de la guerra sucia en campañas, es una pregunta recurrente que por lo mismo suelo tomar a la ligera. Me parece tan superficial plantearse el tema que prefiero ignorarlo.

Sin embargo entiendo que la gente quiere comprender el motivo por el cual los candidatos apelan a ella. Les llama la atención que lleguen a los grados de meterse con sus propias familias, recuperar hechos del pasado que resultan deshonrosos.

No comprenden por qué los políticos se despedazan entre sí, siendo que en teoría las ofensas denigran lo mismo al objeto de tales o cuales ataques como al que los provoca. La gente intenta entender si los “ataques” dejan beneficio o no a quienes la promueven.

Invariablemente respondo lo que todo mundo sabe, en la guerra como en el amor todo se vale. Lo que nos parece mala onda es lo mismo que cada persona hace, según sus propios alcances. Hermanos pelean contra hermanos, hijos contra padres, es una condición humana, la manera en que se ha construido la historia.

Pongala usted a la inversa y pregúntese ¿Hay guerra limpia? Manejar ese concepto hasta suena contradictorio, es algo extraño, porque en la guerra nadie espera que se gane con besos, abrazos o buenas intenciones. Pase usted primero, por favor, mire que me convenció tanto su propuesta que votaré por usted, a pesar de que mi hermano es el candidato. Suena ridículo.

Desde luego que no, la guerra no es sucia, ni limpia, ni gris ni blanca o negra, es simplemente guerra, la confrontación despiadada entre dos o más personas que persiguen un mismo fin y por el cual están dispuestos a despedazarse entre sí.

En consecuencia todo se vale, hay que recurrir a las armas disponibles, licitas o no, para posicionar el proyecto personal o desacreditar al contrario. Las reglas son lo de menos, hay una y mil formas de burlarlas sin que impacten negativamente en los promotores, es decir en las personas que las ponen en práctica.

Las sutilezas quedan para el estudio de los teóricos o quienes apelan a la piedad y las buenas costumbres. Para los que defienden las leyes, los árbitros de la contienda. Ellos tienen obligación de sacar la tarjeta roja a quienes se pesan de la raya, amonestar o descalificarlos hasta sacarlos del juego.

Se trata de ganar y en el caso de la política ganar la gubernatura, la alcaldía, la presidencia una diputación, es decir no son peras ni manzanas las que están en juego, tampoco el honor de ganar un campeonato mundial. Es el Poder, el mando, la disposición de miles y miles de millones, por lo tanto hay que ganar a cualquier precio, sin importar las formas o los modos.

En esa pretensión unos son más recatados que otros, hay quienes observan escrúpulos y respeto por las reglas y el adversario, pero en ninguno de los casos hay límites para el triunfo. El límite lo ponen ellos mismos, no las reglas.

Los políticos son tan competitivos como los deportistas, quieren invariablemente ganar, ya sea por el glamur del cargo, el dinero que pueden obtener indirectamente, o simple y sencillamente el amor propio.

Su inspiración es más que un objetivo de vida o el deseo de servir a la gente, como suelen justificar sus afanes. Por lo regular los mueve su ego personal, es una especie de adicción que los vuelve locos y sin la cual no pueden vivir, por eso la buscan con desesperación. Es su dosis de poder.

Pensar en que se detendrán para observar buena conducta y respeto por las reglas es una tontería reconocida sólo en las leyes electorales. Hasta en el deporte promoción el fair play, sin que los equipos se ocupen por acatarlo. En el discurso todos están de acuerdo, a sabiendas que no pretenden respetarlo.

Es lo mismo que sucede con las leyes electorales. Son un conjunto de disposiciones hechas a efecto de “vestir” una idea de democracia, sin que ninguno de los signantes esté dispuesto a respetarlas. Las firman, sí, pero en cuanto pueden buscan la forma de darles la vuelta. Todos quieren ganar y se valen de lo que tengan a la mano para lograr su objetivo, sin preguntarse si es limpio o no.

La definición de lo que llaman guerra sucia se reduce a un ejercicio de rentabilidad electoral. Los que van arriba pretenden que el estado de ánimo en los electores se mantenga sin alteraciones, es lo que les beneficia; los que van abajo intentan dar un golpe sobre la mesa a efecto de recuperar opciones de triunfo.

Viéndose en desventaja, sintiendo la proximidad del día más importante para muchos de ellos, es decir el día de las elecciones, no les importan los modos, se concentran simplemente en ganar. Se visualizan perdidos o ganados y la adrenalina estimula su cerebro hacía el triunfo.

No se trata de posicionarse en los méritos propios, eso lo hacen desde un principio y podría ser lo que se llama “guerra limpia”, aceptado el termino con todas las observaciones hechas anteriormente. Es decir la promoción de sus atributos personales, su capacidad de propuesta, su credibilidad social.

Una vez agotado ese procedimiento, es decir la promoción personal, se concentran en el adversario, en sacarle sus trapitos. Todos los tienen, es imposible alcanzar niveles importantes en la vida pública, sin dejar muertitos en el camino.

Está claro, entonces, que si la promoción personal, es decir la promulgación de los activos propios, les resulta insuficiente, la alternativa radica en denostar al contrario, sin importar que lo dicho o hecho corresponda a la vedad.

Se trata de repartir lodo, después averiguan, lo importante en el momento es someter al adversario, de cualquier manera, el caso es ganar sin que importe el precio, como tampoco los modos o las formas.

En un mundo ideal, sin llegar a la utopía de Tomas Moro, deberíamos elegir entre los mejores, las personas más calificadas para encabezar el gobierno de cualquier comunidad, llámese país, estado o ciudad.

Y teóricamente es lo que hacemos, pero en la realidad esos cargos no se ganan con buenos propósitos o campañas de “propuestas”, se ganan o se pierden en razón de la capacidad que cada quien tenga de “sacarle” sus trapitos al adversario.

Y en términos generales eso es muy bueno, pues es la única forma que los ciudadanos tienen para conocer a sus gobernantes, quienes con frecuencia se maquillan con sonrisas bonitas para dar su mejor rostro, cuando en realidad están podridos por dentro.

Bienvenida y siempre bienvenida la guerra sucia, los que no quieran verse expuestos que no salgan de noche.

Lavisiondeluisfroylan.com

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