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Opinion

Odio del fundamentalismo; horror.

Luis Froylán Castañeda | Domingo 17 Julio 2016 | 00:51 hrs

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La Política da Weba

El mundo camina hacia el abismo, a prisa y sin pausa. Lo que antes nos horrorizaba una vez cada dos, tres o cinco años, hoy son acontecimientos ordinarios, el diario de una sociedad perpetuamente asustada e impotente frente a las ideologías que alimentan la intolerancia extremista, cuyo objetivo es aniquilar al contrario.

La Aldea Global descrita a finales de los sesentas por Marshall McLuhan, el mayor teórico de la comunicación moderna, es cada vez más violenta, deshumanizada e insegura. Habría que revisar su concepto de “sociedad de la información”, hoy los hechos globales describen una sociedad dominada por el dios del odio y, paradójicamente, inspirada en doctrinas religiosas.

En Turquía una partida de militares radicales inspirados en Alá intentan un golpe de estado, dejando en el camino a 265 muertos y un número indeterminado de heridos. Contenido el alzamiento, el presidente Erdogan declara que “fue un regalo de Dios para nosotros –los turcos- porque el Ejercito será limpiado”. ¡Los muertos le parecen un regalo de Dios! ¡Es lo que esperaba con fines de justificar una campaña de asepsia militar!.

Horas antes en Niza, Francia, un tunecino de 31 años embiste con su camión a la multitud, matando a 84 personas, con cientos de heridos de un ambiente de familias que asistían al espectáculo de los fuegos artificiales con motivo del día de la Bastilla. El Estado Islámico, encarnación occidental del mal, revindica el atentado sin pensarlo.

Días antes en Dallas, Texas, un reservista negro dispara y asesina a cinco policías blancos, durante una manifestación por la muerte –a manos de agentes policiales- de dos afroamericanos. Después hacen circular en redes un video de la forma en que un policía asesina sin miramientos a un inocente desarmado.

Son los acontecimientos de la última semana, detallar los del mes, año o década, implicaría hacerlo por orden alfabético o agruparlos en razón de número de muertos y uso de instrumentos para ejecutarlos, a efecto de darles claridad didáctica. Son muchos y cada vez más.

El mundo se vuelve loco sin que nos demos cuenta. Una parte enorme de ciudadanos estadounidenses, principalmente los racistas blancos inspirados en sus pastores, están a punto poner en la presidencia del Gran Imperio, falso guardián de la democracia internacional, a un populista que construyó su historia política injuriando a las minorías étnicas: negros, latinos, musulmanes. En noviembre ese señor puede ser presidente de los Estados Unidos.

En julio de 2014, durante el último ataque israelí a Gaza, cuando murieron decenas de niños por bombas judías arrojadas sobre sus escuelas, la diputada del Parlamento Israelí, Ayelet Shaked, hizo una declaración paralizante. En su cuenta de Facebook escribió: “debemos matar a las madres de todos los terroristas, son víboras que engendran víboras. Tienen que morir y sus casas deben ser demolidas. Ellos son nuestros y nuestras enemigas”.

Si abogar por que maten a las madres no es un llamado al exterminio ¿Entonces que es? El gobierno judío no reconvino a su legisladora, ni la comunidad internacional se volcó con severas amonestaciones. Dejaron pasar el hecho como si fuese otra declaración cualquiera.

La locura está en todos los frentes, catalizada por extremismos ideológicos o religiosos cuyos efectos de intolerancia son cada vez más radicales y violentos. Todo se vale: encerrarse tras un muro como pretende Trump, ideal; bombardear escuelas para asesinar a futuros terroristas y a sus madres, necesario, muerto el perro se acabó la rabia; tomar un camión y matar al azar la mayor cantidad de inocentes, excelente; disparar contra policías en venganza de sus malos hábitos contra negros y latinos, heroico; destruir a todo un país para quedarse con su petróleo, democrático; arrasar a toda una sociedad en venganza por amenaza a mi padre, obligado; disparar contra editores infieles que denigran a Mahoma, obligación; publicar cuanta injuria se les ocurra contra las figuras más sagradas, libertad…

Causa horror lo que sucede, la mas famosa sentencia de Gandhi “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”, hoy parece la predicción del hombre que en el siglo pasado derrocó a un imperio sólo con su desnuda humanidad y la férrea voluntad de la desobediencia civil y pacífica como única respuesta a las injustas políticas imperialistas.

Hoy la humanidad es capaz de realizar las proezas tecnológicas jamás imaginadas. Comprendemos la evolución del universo. La relatividad general de Einstein y la mecánica cuántica de Niels Bohr, las dos grandes teorías de la física en el siglo pasado, nos acercan al Big Bang, lo que el Papa Juan Pablo II veía como el momento de la creación.

Los investigadores en nanotecnología construyen herramientas contra el cáncer, enfermedades neurodegenerativas, cardiovasculares. Hay experimentos avanzados para usar nanopartículas como vehículos liberadores de fármacos. Somos una sociedad tecnológicamente portentosa.

Esa capacidad tecnológica está en desfase con nuestros valores éticos, los valores universales de bueno, malo, tolerancia, aceptación, ya no hablemos de amor al prójimo o el más extremo: “ama a tus enemigos”, que nos enseña Jesús como base de una convivencia armónica y en paz.

Ratificamos, fehacientemente, que “el hombre es el lobo del hombre”, máxima popularizada en el siglo XV por uno de los mayores pensadores de la historia, el inglés Thomas Hobbes, autor del “Leviatán”, elaborados análisis sobre teoría política y del estado.

La máxima viene desde los romanos. Los historiadores la encuentran en varios textos latinos como “homo homini lupus”. Desde entonces algún pensador romano observó la proclividad humana de atacarse unos a otros, característica no vista en otras especias.

Dos mil años después conserva una vigencia aterradora. De nada nos han servido las enseñanzas del cristianismo basadas en el amor y el perdón ni los siglos de oraciones fervorosas en las mezquitas; seguimos anidando odios, rencores de raza, los musulmanes viviendo en la tradición tribal del siglo sexto, cuando Mahoma conquistó, en sangrientas batallas, La Meca.

Si usted pasea por las calles de una ciudad musulmana, pongamos Estambul, hoy en crisis, escuchará de tanto en tanto un ensordecedor llamado a la oración. En los minaretes de sus mezquitas, y son miles, colocan potentes bocinas para hacer el llamado. Si fuesen campanas de templos cristianos estarían sordos.

Esos llamados a la oración, que muchos hacen con sincera fe, sirven lo mismo que las misas católicas y las celebraciones cristianas de cualquier credo. Cuando los extremos de ambos lados se juntan e intentan destruirse entre sí, la fe de los más es insuficiente para detenerlos. Contra ellos no mueve montañas.

Desde luego que no todo musulmán es terrorista, como tampoco todos los jefes de estado en occidente se apellidan Bush, los aspirantes  Trump o los parlamentarios se llaman Ayelet. Pero sus fundamentalismos llevan a nuestras sociedades al punto de un colapso colectivo, pues no solo se destruyen unos a otros, en su locura despiadada se destruyen entre sí, como sucedió con el golpe de estado en Turquía y el intento de los racistas estadounidenses por llegar a la cima del poder.

No es de Weba, es desquiciante. Por eso, a riesgo de que las empoderadas pidan mi cabeza, igual que los hippies de los setentas, propongo que hagamos el amor y no la guerra. Podríamos empezar haciendo un intercambio femenino: nos mandan tantas, les enviamos tantas, así todos -y todas- felices y contentos.

Lavisiondeluisfroylan.com

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