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Opinion

Seáñez se las jugó y ni cuenta se dieron

| Miércoles 31 Agosto 2016 | 00:12 hrs

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Unanimidad en la UACH,  milagro de Juanga

El decálogo universitario de Javier Corral

Corrupción inutiliza emergencia del 911

 S
i Javier Corral hubiese intervenido decididamente en elección de rector, habría sacado a cualquiera, así su candidato se llamase Juan Pérez. Dicen que propuso a Javier Martínez pero reculó un día antes de la elección, pensando que habría insubordinación de los directores. Improbable que cambiara de parecer a media elección, no es de los que se asusta con un espanta suegras.

Más bien parece que dejó la elección en manos del rector Seáñez y éste les jugó el dedo en la boca a los directores, distrayéndolos con Martínez mientras tejía para Fierro, quien hace tiempo ocupa en su corazón el lugar que dejó "Jano" González. Se las hizo frente a su ojos y los directores ni cuenta se dieron.

El primer día de Consejo Carrete y los cinco insubordinados seguían valentones, hasta que se vieron desprotegidos y solitos se arrodillaron. Juan Gabriel hizo el primer milagro, de esa manera, amarrando unanimidad en la elección de rector.

Patéticos los esfuerzos de Liliana Álvarez, Benavides, la "Polla" Flores, Escárcega, Eloy Díaz y el propio Carrete, intentando imponer su candidato por voluntad de los derrotados. En cuanto termina la sesión de Consejo salen corriendo a la Casa de Gobierno, con la esperanza de que Duarte les completara los diez votos que les hacían falta para ganar en segunda ronda.

Imagine el diálogo: Claro que sí, habría dicho el gobernador, díganle a Enrique de mi parte que necesitamos los votos de Química e Ingeniería, además que –sin pretexto ni excusa- Fierro renuncie a sus aspiraciones. ¡Vayan a decírselos claramente!.

Se habrán volteado a ver unos a otros mientras, atolondrados, respondían en automático: “si señor”. Después salieron corriendo a intentar vender los votos que a esas alturas a nadie interesaban, la oferta cerró al mismo tiempo que la sesión del lunes.

Pretender que Duarte sacara esa elección es el mayor de los sinsentidos, el hombre ya no quiere más queso, sino dejar la ratonera. Pero ahí están los insurrectos, aferrados a un imposible, para recordar a Juan Gabriel. Hay que tener una alta dosis de ingenuidad. Rompieron el medidor de la escasa capacidad, algunos le llaman “pendejómetro”.

Los “externos” siguen esperando el amparo, concluida la elección de nada les sirve, de llegar la suspensión sería para “dejar las cosas como están” y ya están hechas. No obstante muchos de sus reclamos tienen pertinencia, la universidad necesita reformas importantes, sobre todo poner fin al pequeño coto de los directores que tanto atrasan académica y culturalmente.

Así lo entiende el gobernador electo. Ayer que Javier Corral felicitó por escrito a Luis Fierro, expuso su decálogo para las reformas universitarias: Defender la autonomía, libertad para elegir sus órganos de gobierno, transparencia, respetar la libertad de cátedra, preservar los derechos laborales, amparar el debido proceso, evitar practicas partidistas, salvaguardar la evaluación de estudiantes y docentes.

El “Decálogo Corral” para las reformas en la Ley Orgánica de la UACJ, debe ser motivo de amplia discusión y análisis de los universitarios. Quizás sea tiempo de que la Universidad tome la decisión de dar el paso que le han negado los grupos de poder al interior de cada facultad. Es el mayor reto de Luis Fierro; lo demás llega por añadidura.

El presidente Peña Nieto presidió ayer el Consejo Nacional de Seguridad. Ahí anunció acciones en las cincuenta ciudades donde se cometen el 42 por ciento de los homicidios dolosos el país. Entre las medidas destacan la implementación del 911 como número único de emergencia.

Maravilloso, desde ahora si usted está en problemas marca el 911 y en segundos, como en las películas, llegarán los servicios de auxilio, sean policías o ambulancias. Casi lo plantean discursivamente de esa manera, sabiendo que la corrupta realidad de los cuerpos policiacos del país –en todos sus niveles- inutiliza el número de emergencia.

Dos ejemplos no considerados de alto impacto. En un fraccionamiento al norte de la ciudad –GPS tiene los datos específicos- robaron una casa. El ladrón resultó ser novio de la señora que ayudaba en el servicio. Los señores de la casa descubrieron y entregaron a los policías del grupo antirrobos boletas de empeño como evidencia. ¿Qué hicieron los ministeriales? Se quedaron con las boletas, las reclamaron y bloquearon la investigación.

Misma colonia y misma calle, anteayer otra familia sufre de madrugada un asalto en su domicilio. Rompen la puerta principal, ingresan a la vivienda, encañonan al padre de familia, amedrentan a su esposa e hijas y se llevan lo que les viene en gana. ¿Por qué lo hacen? Porque pueden, la corrupción policial los protege, les brinda inmunidad impune.

Si la gente de González Nicolás quiere los datos, aunque difícilmente estarán interesados en “minucias”, es cosa de que pregunte.

En un despliegue de soberbia intelectual: Nicolás Alvarado, director de T.V. UNAM, cargó pesado contra Juan Gabriel, llamándolo un de los “letristas más torpes y chambones en la historia de la música popular” y luego justifica los motivos de su desagrado: “me irritan sus lentejuelas, no por jotas sino por nacas, su histeria no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria sino por iletrada”.

No es intolerancia la que exhibe Alvarado: lo que exuda por todos sus poros es envidia, pues no es aceptación del “ser gay”; lo que manifiesta es una tolerancia arrogante; no es cultura lo que intenta defender, sino el rechazo a quienes lloran y ríen con la música popular que considera inferior.

El infeliz culterano causa pena, ya que la genialidad de Juan Gabriel radica en todo lo que, delirante, rechaza. Es leyenda por su conocimiento del sentir popular expresado en la capacidad creativa de una persona sin estudios; la identificación plena con la gente, cuajada en la letra de sus canciones convertidas en himnos; el embrujo de los auditorios a través de su histrionismo innato.

El derecho al disenso y la crítica es primero: se respeta el sentir de Alvarado, aunque hubiese sido mejor decirlo en vida de Juan Gabriel, así habría podido defenderse y vaya que sabía hacerlo. Su critica a un difunto es, además de impertinente, engreída y arrogante.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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