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Opinion

Bienvenido, Mr. Trump

Daniel García Monroy | Viernes 20 Enero 2017 | 00:24 hrs
Llegó la hora de su asunción. La realidad se impuso a la ficción, aunque no la superó. El multimillonario Donald Trump, el misógino amo de las leyendas sexuales, el ''bully'' (abusador) de los minusválidos, el gringo antimexicano ha llegado por fin a la posición ejecutiva más poderosa del mundo. Señor presidente número 45 de los Estados Unidos, sea usted bienvenido a la realidad real de las decisiones que construyen o destruyen el futuro de millones de seres humanos. Bienvenido al quehacer, Mr. Trump.

Su llegada al poder tiene su razón de ser.  El neopopulismo, que es hijo putativo del fascismo y el nazismo, tiene en él un ejemplo cristalino de lo que se puede edificar con base en las promesas falsas, en la postverdad, en el reino de la voluntad sometiendo a la inteligencia y la razón. La manipulación de la masa como objetivo puntal para alcanzar los objetivos personales del líder carismático.

Pero, si más vale viejo por conocido que nuevo por conocer, con Trump tenemos suerte. Ya sabemos lo que pretende hacer y de qué pata cojea. Ostenta un brutal sentimiento de inferioridad. Ni el gigantesco poder económico le compensó, por eso buscó el poder político. Alguien  que pretende ocultar sus defectos físicos de manera tan ridícula --como esa rubia ardilla aplastada que se coloca en la cabeza--, es un enfermo sicológico mal tratado. Un protestante presbiteriano que recela de las mujeres exitosas, excepto las que utiliza para la diversión de su descontrolada libido --ésa que lo tendría agarrado de sus glándulas sexuales, de ser ciertas las grabaciones de sus orgías que presumiblemente tienen en su poder los rusos--.

También le conocemos su aberrante actitud antimigrante. Los mexicanos no le caemos bien, y nos va a separar y contener mediante un muro de 3 mil kilómetros. Su trauma de pequeñez le impulsa a crear obras majestuosas. Ha llegado el nuevo mandarín constructor de la muralla “Mexa”, la más grande del mundo postmoderno. (Qué pequeño se vería el muro de Berlín ante la enormidad del despropósito prometido). Y como buen empresario no lo va a pagar él, ni sus empleados gobernados, claro. Lo va a pagar su queridísimo y respetado socio comercial: México. Ah, qué caray.

En paralelo viene la deportación masiva de extranjeros ilegales de su propiedad-país. Otra obra monumental para compensar su complejo de inferioridad: sacar a 13 millones de seres humanos de su territorio, como un acto mágico de poder absoluto. Si llegase a correr a un millón de trabajadores migrantes la economía estadounidense se colapsa. Él lo sabe, pero cree en su desmesurada irracionalidad como vértigo de audacia y de valor.

Y la cereza en su pastel es sin duda la cancelación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Por lo menos renegociación. Dice el diablo creador del TLCAN, Carlos Salinas de Gortari --que se aparece de vez en cuando, ya en los funerales de Fidel Castro, ya en la nueva televisión digital--, que justa y necesaria es una revisión del tal acuerdo, después de 23 años de operado. Adecuarlo a los nuevos tiempos, desde una posición equilibrada de poder trinacional. Bien, que así sea, pues más sabe el diablo por viejo que por diablo.   

En la tesis explicativa del nacionalismo, la razón que busca la verdad no existe. Todo es cuestión de la voluntad imparable del líder que guía y controla a la masa; del héroe admirado y bien amado que arrastra a la acción inhumana para desembocar siempre en violencia y guerra “justificada”.

Si el mal en el ser humano es un niño desproporcionadamente grandote entre sus iguales, Donald Trump es el prototipo perfecto de tan acertada analogía. Chivo en cristalería. El desafiante infante con todo y sus berrinches y pataleos reflejados sin vergüenza en sus twiters. Un niño gigante que quiere dar manotazos para desestabilizar la región, el continente, el mundo. Una especie de ratoncito inocentemente ignorante, pero malévolo y poderoso; (¿qué vamos a hacer esta noche, Cerebro? Lo mismo que hacemos todas las noches: tratar de conquistar al mundo).

Trump ha dado buenos ejemplos de cómo se puede crear una guerra comercial. Ha convocado a sus compatriotas a empuñar el arma del ¡BOICOT! contra las empresas que decidan seguir invirtiendo industrialmente en México. Aleluya, hermano. Qué mejor ejemplo de lo que México entero debe hacer para parar su irracional lucha contra el libre comercio. Que la Ford deja de invertir en nuestro país y cierra fábricas de este lado del Bravo, pues que ningún mexicano le vuelva a comprar un solo vehículo de esa marca. Que la General Motors hace lo mismo, pues igual. Los Nissan, los Toyota, los Renault, son más bonitos y eficientes. Si el grande niño torpe convoca al boicot allá, les va a ir muy, pero muy mal de este lado a todas las empresas que lo acompañen en su desastrosa aventura.

Donald Trump es un mito. Es un tigre de papel. Primero es dejar de temerle. Después afianzar las ventajas de un enemigo único. Donald Trumpo sin proponérselo puede ser el mejor factor de unidad nacional mexicana para someterlo a la razón. Bienvenido, Mr. Trump. Llegado el momento le podríamos construir una estatua en el inicio del muro que unificó a nuestra nación.

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