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Opinion

Cultura

Hesiquio Trevizo | Domingo 19 Marzo 2017 | 01:15 hrs
Palabra clave para comprender nuestra situación. Cultura, del latín cólere = cultivar; cultivar desde la tierra hasta al ser humano. Cólere Deum, = adorar a Dios, cultivar la relación con Él.  Se trata, pues, de la actividad mediante la cual el hombre «se cultiva así mismo» para alcanzar la verdadera y plena humanidad; con ella el hombre desarrolla sus facultades específicamente humanas, con un fuerte componente espiritual, y se realiza como persona, situándose, así, como un elemento nuevo y original ante los demás. Por su matriz puede ser 1) filosófica: liberal, materialista, atea, etc.; 2) por su contenido preponderante: humanista, religiosa, científica, tecnológica, etc.

La segunda forma se refiere al conjunto de datos que todo hombre recibe del ambiente en que está, por fuerza, inserto y, por ello, condicionado: esos datos son el lenguaje, el lugar de nacimiento, la raza, las estructuras reproductivas y los métodos educativos, organización de la producción y del consumo. Se trata del carácter pasivo de la cultura.

Esta forma de entender la cultura es la que tiene una gran incidencia en nuestra vida. Se trata de lo que «se bebe» ambientalmente, de todo aquello que se cultiva y se hace propio porque constituye el contexto vital en el que nos vamos desarrollando. Suele decirse que, “la educación se mama”; desde nuestra más tierna infancia se van modelando los hábitos. Se crea un “ambiente”.  La cultura acaba por modelarnos. Aquí aparece la importancia de la primera forma de entender la cultura. Si esta cultura es prácticamente atea, va a determinar cierta clase de individuos, si es de índole religiosa, donde existan perspectivas de trascendencia, se producirá otro tipo de persona. Entonces es la cultura la que determina en gran medida nuestro sistema de relación, nuestros valores, nuestra autocomprensión, nuestro sistema de navegación. ¿Qué es lo que social y humanamente hemos y estamos cultivando? Pues eso cosecharemos. Frente a una influencia ambiental determinada, debemos colocar otros cultivos, a fin de obtener otras cosechas.  Quien siembra vientos recoge tempestades, dice S. Pablo.

Un ejemplo: es inútil predicar la familia como lugar de fomento del amor, de la gratuidad, como la primerísima e insustituible escuela de humanidad, como comunidad íntima de vida y amor, como el santuario de la vida y formadora de personas, cuando el ambiente cultural hace imposible, psicológica o materialmente, una convivencia basada en la entrega recíproca de las personas; cuando el ambiente ridiculiza los valores de fidelidad, de sacrificio, de entrega, de perdón, de esfuerzo, que son los soportes del ente familiar.  Esta es la razón por la que muchos padres se sienten desconcertados cuando sus hijos hacen opciones de muerte. Nosotros no les dimos ese ejemplo, dicen desconsolados; lo que sucede es que ‘la cultura’ influye en los hijos más que la familia; influye más el ambiente de la calle, de la pandilla, ‘el cel’, el cine, etc. La familia tiende a desaparecer y ha perdido el protagonismo educativo. Esto es, pues, lo que significa un dato cultural.

Teniendo en cuenta estos datos de análisis social podemos entender, al menos en parte, muchas de las cosas que nos suceden. Cuando vemos la cantidad de jóvenes que se ven implicados en la delincuencia, en la pandilla, en el crimen organizado, que han hecho una opción por actividades tan terribles y deprimentes como el secuestro, el sicariato; cuando vemos la edad promedio de los que han asesinado o muerto en esta matazón sin sentido y sin grandeza, cuando vemos mujeres implicadas en negocio de secuestro y la droga, tenemos que hacernos la pregunta sobre el por qué nuestros jóvenes han hecho tales opciones; porqué la mujer, símbolo de ternura y maternidad, se liga al crimen en una de las peores vertientes. ¿Qué es lo que ha sucedido para que no se percibe que se trata de una opción de muerte? ¿Por qué es tan porosa nuestra sociedad?.

El discurso social-económico-político-religioso, se derrumba cuando vemos, incontenibles los abusos y asesinatos de bebés. Doloroso y terrible, absurdo; las fotos de Derek  que exhibe el PM, el niño dos años de edad, su madre, jovencita, el “compañero sentimental’’ muy joven, el niño muerto. (13 y  14 de Mar.) Antes, la mamá lo exhibe en ‘feis’ herido, buscando remedios para las cicatrices. ¿Cómo es que esto se hace fácil? ¿De qué progreso hablamos? Busquemos por el rumbo de la ‘cultura’.  Veracruz, un cementerio clandestino y la sensación es que donde le rasque salen.

Cultura o subcultura, es el narcotráfico. Resulta seductor porque el hecho no se analiza en su totalidad y se diluye en una cobertura que hace resaltar los lujos, los excesos, el poder, el dinero, el abuso, la fama. “¿Valió la pena? Pregunta angustiada, su esposa, a Pablo Escobar, al final del camino”.

Vi unos pocos episodios de “El patrón del mal”; perturbadores como un presagio maldito. Terrible cuando el espectador liga con el protagonista. La saga del padrino es para niños bien. Era romántica y había códigos. Terminó por producirse una cultura, un sistema de “valores”, música, comida, estilos de vida, arquitectura, es decir, se generó una cultura. La primacía del dinero, los lujos exóticos, las peores imaginaciones hechas realidad, todo publicitado, porque hay que informar; resultado, el mimetismo.

El mal viene de lejos, viaja como la peste, hay contagio, pandemias. Vargas Llosa publicó en El País, (13.08.13), un estupendo comentario sobre la serie “El patrón del mal”. Recalca “Cómo, (Pablo Escobar), creó millares de empleos —lícitos e ilícitos—, era pródigo y derrochador y encarnó la idea de que uno podía hacerse rico de la noche a la mañana pegando tiros, fue un ídolo en los barrios marginales de Medellín y por eso, a su muerte, millares de pobres lo lloraron, llamándolo un santo”.

Pero hay algo que impacta más: “Lo que produce escalofríos viendo esta serie es la impresión que deja en el espectador de que, si el poder y la fortuna de que disponía no lo hubieran empujado en los años finales de su vida a excesos patológicos y a malquistarse con sus propios socios, a los que extorsionaba y mandaba asesinar, y se hubiera resignado a un papel menos histriónico y exhibicionista, Pablo Escobar podría haber llegado a ser, hoy, presidente de Colombia, o, acaso, el dueño en la sombra de ese país. Lo perdió la soberbia…”.

“La muerte de Escobar, ese pionero de los tiempos heroicos, no acabó con la industria del narcotráfico. Ésta es en nuestros días mucho más moderna, sofisticada e invisible que entonces. Colombia ya no tiene la hegemonía de antaño. Se ha descentralizado y campea también en México, América Central, Venezuela, Brasil, y los que eran sólo países productores de pasta básica, como Perú, Bolivia y Ecuador ahora compiten asimismo en el refinado y la comercialización y, al igual que en Colombia, tienen guerrillas y ejércitos privados a su servicio. La fuente principal de la corrupción, en nuestros días la gran amenaza para el proceso de democratización política y modernización económica que vive América Latina, sigue siendo y lo será cada vez más el narcotráfico”. De hecho, en Colombia, en el 2016, se disparó la producción de coca a niveles sin precedentes.

De tal manera, pues, que el problema ya no es el narco en sí, sino la cultura, que se ha generado, el aspecto modélico que representa para amplios sectores sociales, ahí reside el problema. La cultura desarrollada en las zonas de pobreza espiritual y material, - lumpen humano -. Y la seducción del mal, tal el problema.  

La tarea que nos aguarda es la educación integral. La educación es el esfuerzo que realiza la persona para humanizarse plenamente, es decir, para conseguir ser hombre según la amplia gama de sus posibilidades. Ello exige ayudar a los hijos para que consigan, bajo la orientación de los padres y maestros, y con su esfuerzo, los hábitos, los valores los saberes y los comportamientos acordes con la dignidad de la persona. La disyuntiva no es, si aprendemos como los changos, haciendo, o si usamos el cerebro para aprender a pensar, a elegir, a distinguir lo falso de lo verdadero, el bien del mal. Suprema sabiduría.

La educación compromete, empeña y desarrolla toda la persona. Es decir, debe abarcar todas las áreas que le son propias y específicas, como la inteligencia, la voluntad, la sociabilidad y la moralidad. Una grave deficiencia antropológica es lo que se ve a simple vista en la última reforma educativa. En el fondo, una mutilación del hombre. El problema no es sólo el método, es el contenido, la orientación. Cierto, los mexicanos nos contentamos con poco, el gasolinazo ya pasó; ahora nos conforman con que un día cuesta un centavo menos y mañana dos centavos más.

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