• Jueves 27 Julio 2017
  • 22:43:04
  • Tipo de Cambio $17.20 - $18.00
  • 25°C - 77°F
  1. Jueves 27 Julio 2017
  2. 22:43:04
  3. Tipo de Cambio $17.20 - $18.00
  4. 25°C - 77°F

Opinion

Arrugas viejas

Sergio Alberto Campos Chacón | Domingo 16 Julio 2017 | 01:05 hrs
El camión de volteo entró de reversa al gran patio del restaurante colonial, despacio, para no pegar a los albañiles.

Como granizada descargó la arena; aquéllos le abrieron un cráter, le vacían agua, cemento y mortero, se arrojan al montón, a paladas lo revuelven y revuelven hasta formar un sapo enorme, cenizo verde, lo descuartizan y escurriendo sangre gris, lo echan en pedazos a los botes que los ayudantes cargan y suben ligeros a los andamios, los vacían en las palanganas de los alarifes expertos que, en movimientos diestros de mano y cuchara, jalan los trozos del pobre sapo, los avientan con fuerza pegajosa y esparcen parejitos sobre los ladrillos; algunas trizas sobran, iguales que pellejos, en espera del sepulturero de escombros.

Así construyen los muros... altos y tiesos; los ladrillos ya puestos se miran aprisionados y empapados; ven a los trabajadores que van y vienen, todo el día, mañana los mojarán otra vez; ¿para qué tantas? – se preguntan-; de tierra buena los hombres los hicieron cuadrillos, metieron a la lumbre, medio quemaron y trajeron como redada de presos a sufrir, encimados e inmóviles, el cautiverio del tiempo.

No es cierto que las horas pasan, que se van; no, no es cierto, mientras se acaba, el tiempo las confiesa, descarna y traga, por la noche las regurgita para que en la mañana sigan arruinando a los hombres, en cuanto despierten, nadie se salva.

Sin hombre no hay tiempo; para buena o malaventura el hombre inventó su tiempo racional, cada hombre lo lleva consigo, como su matarife único, necio, paciente y certero.

Las horas conocen su destino, meterse en las rajas de las manos resecas del joven albañil que las compara con las manos de los comensales del restaurante y reclama –no sabe a quién- las vidas y farreadas desiguales, no son parejas –piensa-, pero olvida eso y lo cambia, a ojos discretos, por el deleite de la guapura de las mujeres que disfrutan del comedor.

Ha visto a muchas mujeres en ese lugar, unas cuantas le interesan; percibe el aroma de sus perfumes, nada parecido a su olor fatigado, feo y rancio por moldear y destrozar sapos a las sombras de la esplendorosa arboleda del patio enorme del restaurante que asoma a la avenida escandalosa.

¿Alguien sabe que muy arriba las horas revolotean con los vientos y los alborotan en torbellinos? Maléficas provocan malestares en las nubes obscuras grises, se abren en canal, avienten rayos y fuertes chorros de agua, como ese medio día, que hicieron bajar a los trabajadores de las armazones para escapar de la bañada.

El joven se metió corriendo en un cuartillo de maderos y láminas escuálidas de cartón, muy próximo al ventanal del salón principal del restaurante; se limpió el agua de su cara, la dejó corrida de manchas de cemento, porque es un hombre de cemento, lo sabe; se sentó para admirar el diluvio escurriendo por entre las ramas y los pliegues gruesos de la corteza abierta de los eucaliptos viejos, que sin pudor irremediable enseñan los años tercos.

La música y el jolgorio aumentaron en el salón, las atenciones de los meseros, que a las muchachas lindas, con disimulo observan complacidos; las conversaciones diligentes y el júbilo por el chaparrón.

El muchacho miró entre los laberintos de las mesas y a distancia descubrió a una joven singular, alta, piel del color de esos tabacos claros, ojos negros y enormes, maxilares fuertes pero finos, cuerpo inolvidable, cabello obscuro… distraída de la charla colectiva.

La observó con la astucia que a los zorros oculta, y se dio cuenta que a pesar de las atenciones del hombre que la acompañaba, apenas lo atendía y evadía gentil.

Las melodías estruendosas se emparejaron al chubasco, aumentó el entusiasmo, las chicas, como pajarillas bulliciosas cantarinas, se acercaron al ventanal de herrajes antiguos para contemplar las infinitas gotas del cielo y la ventisca feroz, obstinada en desmembrar los árboles, que se defendienden de las rachas endemoniadas.  

Pero ella apenas musita frases sueltas..., enviadas a alguien…, arraigado con fuego vigoroso en su leyenda emotiva, y mientras los demás conversan o cantan consecuentes, la mujer no cambia, el albañil entendió que por los recuerdos, aún amados, ahora sufridos, de tan remotos.

Para entrar en el sentimiento de esta gente, el joven aprendió a comparar los rostros con las fachadas de los edificios que, al final de la obra, al final, siempre resultan con quebraduras ocultas.

Estudiaba sus gestos, actitudes y vidas bisoñas, igual que la tersura de los árboles nuevos; ninguna huella en sus hojas tiernas… pocas grescas en la vida.

El hombre que hacía la corte a esa mujer pasaba de lo histriónico a la moderación, empeñado en agarrar el filamento que le permitiera fisgar, aunque fuera un poco, en sus íntimos ardores, lo cual, cavilaba el albañil, no conseguiría; su mente estaba en otra parte, muy lejos, con el autor de la austera actitud de la pretendida, mas el licencioso insistía como experto; al muchacho no le parecía que lo fuera. - Su cara está muy limpia, a ese tipo le falta vivir de a de veras- pensó.

Sintiendo inquina por el desairado, resolvió dormitar; el ensueño le platicó del amor de la mujer entregado con pasión de fasto, suelta sin recato; le chismorreó la muerte de la relación placentera, y que el engarce loco tasajeó su corazón, le dejó cicatrices pétreas, abominables, pero disimuladas, bien escondidas.

La tempestad con muecas sádicas se cortó burlona, excitada por dejar las flores de las buganvillas batidas de lodo en el suelo o raptadas por las corrientes a los resumideros de la avenida, hojas de jacarandas por doquier, el aire pulcro, la arena limpia y fresca, como doncella recién bañada...

En el salón concluyó el banquete, iniciaron las despedidas, los abrazos, los besos simulados, apenas en las mejillas; algunas mujeres regresan vistosas del tocador, ella, con astucia, no se aparta de sus amigas, que enteradas del torpe insistente la aíslan prudentes, liberan segura hasta su automóvil y la ven partir, sin lastre, a su libertad.

El pianista, substituto de la música de estrépito, pide a los martinetes que, como cascadas diminutas de agua apenas cayendo, las cuerdas canten tenues y espléndidas, acaricien y aplaquen el lugar.

Los meseros preparan el salón para la cena y la cantina para las libaciones mareadoras que vendrán con la noche cobijera.  

Mientras, el tiempo diurno se va tenaz a lo sombrío, aunque engulló a los minutos y las horas hasta donde le alcanzó la correría, el albañil se le mofa, porque nunca conocerá el alma de las personas como él sabe; domina su tiempo y espacio propios, para no marchitarse; antes que lo tale su tiempo mismo.

El joven frota sus manos rudas, admite que en cada afán, cemento y tiempo se enterraron en los carriles minúsculos de su piel, no los puede arrancar y entiende que los llevará mientras sea hombre de cemento.

La mujer excelente con su sola actitud le dijo muchas cosas, con la ventaja -pensó-  que ella va a dónde quiera, no como las jacarandas y los eucaliptos ancianos que allí seguirán y, a cada Sol, se ponen más escabrosos y les colgarán cáscaras seniles, pocos las ven, escasos se fijan como él lo hace, y a ella... muchas personas que, sin embargo, no apreciarán sus marcas; ella y el albañil saben que allí están.

Terminada la faena camino a su casa modesta en el barrio lejano, caminando cadencioso y confiado por la avenida, con las manos en los bolsillos del pantalón de mezclilla, escleroso... el albañil pensó: -... tiene arrugas viejas… secretas...-.

Cuentos de la péñola. 2010.

INDAUTOR-SEP: 03-2010-070612303100-14

[email protected]

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






Estás utilizando AdBlocker D: Quizás te interese este artículo