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Opinion

Cocinar y amar

Alfredo Espinosa | Domingo 16 Julio 2017 | 00:58 hrs
Se llega al corazón por el atajo del estómago, y para que todo acto en la cocina se realice sin contratiempos y haga el milagro de retener al amado(a) al lado de un buen plato y de quien lo prepara, existen ritos y rezos a través de los cuales se convoca a las deidades. Nada mejor que decir en voz alta estos versos para que la leña se encienda bien y se otorgue el milagro y éste se muestre en todo lo que se cocine:

San Pascualito Bailón,

báilame en este fogón.

Yo te pongo un milagrito

y tú ponme la sazón

En la alcoba de los amantes, todo es signo de seducción; pero en la cocina se instrumenta el cortejo, el flirteo, la tentación…

Una mujer es capaz de dar con la sazón que otros paladares andan buscando. Ella prueba la lengua del amado para detectar con precisión la sazón que busca probar esa lengua. Quien cocina gusta gustar.

¿Y qué es el gusto? Es la excelsa función de la lengua que gusta y degusta, paladea y saborea; es también un atrevimiento, una pequeña transgresión para disfrutar algo que mereces. Te das un pequeño gusto; además, es una cualidad estética en la que se expresa con sutileza y elegancia tu capacidad para seducir y que te permite ofrecerte en tu mejor presentación y con el gusto de gustarle al otro (a).

La comida se prepara, se condimenta, se sazona, se acitrona, se mecha, para gustar y ser degustada con la misma devoción que una persona, sobre todo las mujeres, mientras se preparan para el encuentro con la pareja, se bañan, se encreman, se perfuman, se ponen lipstick para ofrecer una manzana púrpura a los besos, y se visten con apenas ropas sugerentes. Lo que han estado cocinado en las fraguas de tu fantasía, desean presentarlo en un platillo elegante pero atravesado por una sutil ráfaga selvática que lo haga irresistible.

Lo que quieres para ti, lo quieres para el otro.

Cocinar y amar

La buena cocina se parece más al taller de un artista que al laboratorio de algún científico. El científico sigue metódicamente las indicaciones de una receta; el artista, en contraste, se convierte en un instrumento de la libertad y la imaginación. Cocinar y amar, más que ciencias, son artes; y la sazón es la obra de esos artistas. Sus exposiciones más memorables suceden en la mesa y en el lecho.

La alcoba, puertas adentro, debe abrirse a un paisaje de luna en donde se pueda alular; en un lugar que permita los incendios, cuatro paredes que protejan la libertad y la entrega más plenas.

La buena cocina es ingenio y suculento hechizo; la alcoba, nido de la libertad y la entrega plenas. La sazón que sobre el mantel o la sábana se expresa es un arte que se nutre del cultivado sentido de la estética culinaria y erótica, la justa combinación de ingredientes, la magia en el uso de las especias y los besos, y un puñado de creatividad espolvoreada y unas caricias destinadas a que florezca en otra piel la música del amor.

El erotismo es la exuberancia de la vida; es la fusión con el otro y la supresión del límite, es el desenfreno, es el instante en que, unidas, las personas –seres discontinuos- logran darse continuidad como si fueran un solo cuerpo. El ser amado para el amante es la trasparencia del mundo, su parte buena, su lado solar.

La vida erótica es, después de los hijos, el patrimonio de mayor riqueza para la pareja.

Dos, fundidos en un abrazo, son la abundancia y la generosidad del amor libre y derramados sobre la sábana. La cama es el lugar donde se confiesan las pasiones, donde las fantasías logran su concreción, donde lo voluptuoso ya no se reprime sino se libera, donde el sátiro y la ninfa se encuentran en las selvas o los bosques penumbrosos de la alcoba desatando sus fogosos temperamentos, el lugar donde te libertas de los yugos morales, sociales, laborales, religiosos, en fin, la fortaleza en la que se cultiva la intimidad que los hará tener un mundo secreto y autosuficiente.

La mesa y la alcoba, hasta donde se pueda, deben ser generosas y diversas en sus propuestas. A la gastronomía se le describe como una flor exótica a la que no le gusta abrirse en medio de rigores económicos; para algunos otros es rito, drama cósmico, arte mayor, cuya muestra evidente del milagro es la sazón aquí en la mesa como en el lecho donde la lengua oficia sus liturgias: “en un universo de diálogos callados, de afectos recios y de pocas palabras, las voces del amor se escuchan con la lengua; a eso le llamamos la sazón” 

¿Qué es en realidad la sazón? Es un acto misterioso. Muchos pueden cocinar, pero son pocos quienes poseen la magia y el arte en sus manos.  Quizá quien es poseedor de ese don tiene un desarrollo especial del sentido del gusto, o tal vez la buena sazón tenga que ver con un paladar sensible y delicado que sabe detectar la mezcla exacta de ingredientes.  Un buen cocinero, como un buen amante, sabe combinar los ingredientes de manera armónica, como se mezclan en un lienzo los colores; no ignora que las sensaciones exuberantes florecen con una pizca de azúcar o una mirada envolvente, una hojita de laurel, o una ráfaga de clavo, un concierto de dos manos sobre una piel donde abundan las sedas turcas. Hay combinaciones temerarias, insólitas, que pueden llegar a ser una experiencia inolvidable para el sentido del gusto. Las especias contrastantes dan a la cocina el toque fino. La pimienta en los postres, la canela en el estofado, el estragón en el pollo.  Un buen gourmet debe tener un paladar dispuesto a experimentar nuevos mundos; un buen amante debe viajar por ese territorio de escalofríos y de suaves quejas que es el otro cuerpo y aventurarse en territorios vedados buscando novedades placenteras que logren expander el canon del gusto.

Seduce con la comida, utiliza tu propio cuerpo para probar toda clase de delicatessen: sobre el pecho, en el ombligo, en la boca, sobre las piernas... y en otras zonas más íntimas. Existe una conexión especial entre comer y hacer el amor. Todo aquello que agrada al cuerpo predispone al goce. Sólo se necesita abrir la mente al placer y disfrutar a la vez de la buena mesa y el mejor sexo. Pero no se trata de recurrir a recetas afrodísicas de dudosa eficacia, sino de cocinar y de comer pensando en el placer, de sentirlo y de transmitirlo.

Comer y amar están íntimamente relacionados con el contento del corazón.

*Este artículo es un fragmento de mi libro El mantel y la sábana. De venta en Librería  Kosmos (cerca de las fuentes Danzarinas)

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