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Opinion

Nacho, el primero

Renata Chapa | Domingo 30 Julio 2017 | 11:08 hrs

Cortesía |

Una "Brownie" fue mi primera cámara fotográfica. Quizá tendría diez años, o menos, cuando la encontré por ahí, en una de mis tardes en soledad, en la constante búsqueda de puntadas.



Mi papá tenía dos oficinas: la de sus radiodifusoras en la calle Julián Carrillo 725, y otra, bastante genial, en casa. Era un lugar donde yo me sentía importante, llena de ideas. Como hija menor, y casi convertida en la sombra de mi padre, tenía derecho de picaporte para entrar en su espacio y husmear sin límites.



En la oficina casera había un librero de madera con las enciclopedias Salvat, Quillet, El tesoro de la juventud y similares. En su parte inferior tenía unas portezuelas corredizas donde siempre, según yo, me encontraba sorpresas distintas. Aquel día no fue la excepción.



Entre el proyector y sus carruseles de transparencias, las películas de cine enlatadas, montones de negativos color ámbar oscuro, flashes, cables y varios tantos de fotografías en blanco y negro, salió un aparatico a la medida de mi curiosidad. Con letra manuscrita tenía escrito por enfrente la palabra "Brownie". Ya desde ahí me ganó al cien. Era un nombre perfecto. Y luego, más abajo, veía estampada la marca "Kodak", que me dio otro abrazo al corazón.



Por más que le espulgué sus partes, no entendía qué era ese artefacto tan raro como simpático para mí. ¿Una máquina para tomar fotos, un visor para tomar película? No tenía pinta clara. Lo que manipulaba en mis pequeñas manos era algo así como una caja de cereal, como ésas que vendían en "six pack", de porción individual, para darnos vuelo ya fuera con los Corn Pops, los Choco Krispis, los Fruti Lupis, las Zucaritas, los Rice Krispies y hasta el aburrido Corn Flakes. La "Brownie", ya para ese momento “Mi Brownie", era negra y plateada, con una colgadera que parecía una larga cinta negra de tenis.



Cuando llegó mi papá del trabajo, luego de saltarle en abrazos, le pregunté lo urgente. Fue él quien le abrió la tapa del visor a la ahora sí revelada cámara fotográfica. Me la colgó con cuidado, la acomodó sobre mi panza chiquita y me pidió que agachara la vista. Ese momento lo tengo muy presente. Con toda claridad alcancé a ver las imágenes que registraba mi "Brownie" en su viewfinder tamaño familiar. Era un inventazo de primera línea, una joya del pasado, algo increíblemente maravilloso.



Con mi "Brownie" saqué no sé cuántas fotos. Persona que llegaba a la casa, modelo que pasaba por mis objetivos. A mis perros, mis juguetes, mis paisajes, sesiones enteras. El tiempo de revelado e impresión en la papelería "Newberry" lo esperaba con desespero.



Desde entonces hasta el hoy, casi cuarenta años después, jamás he perdido mi gusto por la fotografía. Tuve la suerte de practicar en varios tipos de cámaras: algunas “Instamatic”; una que sacaba las fotos ya impresas por su parte inferior; otra a la que había que mover como acordeón para que fuera caminando el rollo. Gozaba tomando mis fotos, pero nunca me dejó satisfecha el resultado. Veía que algo me faltaba para crear imágenes tan impactantes como las que admiraba impresas en ciertos libros y revistas. Ésas eran las que yo tanto deseaba crear y no sabía cómo lograrlo.



Los años pasaron y comencé mis estudios profesionales en comunicación. Arranqué convencida de mi pasión vocacional en el campus de la Universidad Iberoamericana ubicado en Torreón, Coahuila. Desde el primer semestre, mi percepción del entorno fue cambiando. Ponía quisquillosa atención a los mensajes de los medios masivos. Eran materia prima de constantes análisis, debates y producciones. Nombres, apellidos, contextos, líneas ideológicas, historias. Leer la cotidianidad ameritaba tener siempre limpia mi lupa crítica. Evaluar, proponer e intervenir en aras de una mejor calidad de vida.



Cerré con mucha motivación mi primer tranco semestral en La Laguna y regresé a Chihuahua. Fui a pasar mis primeras vacaciones como estudiante de carrera. Recuerdo cómo veía los canales de televisión locales, cómo escuchaba las estaciones de radio con voces familiares y cómo, sin falta, compartía la lectura diaria de periódicos citadinos y de circulación nacional, con mi padre. Internet no figuraba aún.



En cada medio de comunicación chihuahuense me veía trabajando a futuro. Las ideas para producir TV y radio o para publicar en prensa no me dejaban en paz. Traía un impulso creativo desbordado. Sentía una especial necesidad por integrarme a un ámbito que sentía muy mío, como mi casa: los medios de comunicación. Yo quería ser útil, aportar y transformar. Pero en uno de esos medios, específicamente en una de sus secciones, nada, ni un ápice, tenía yo qué cambiar. Nada por sugerir. Por el contrario: cada vez que yo veía ese mensaje icónico rubricado, guardaba especial silencio para admirar. Para aprender. Para aplaudir. Eran las fotografías en blanco y negro de Nacho Guerrero.



A primera vista, Nacho fue mi gran callado referente de la formación fotográfica que hasta ahora me acompaña. Yo no lo conocía y tampoco se me apareció alguna referencia de él en el resto del camino universitario. La verdad es que tampoco tuve inquietud por buscar algún encuentro. ¿Para qué? No tenía caso. Me bastaban, por mucho, sus resultados. En cada foto suya me sentía inmerecidamente orgullosa de su obra y de su persona. Su trabajo era la íntima reiteración de que sí era posible ser un profesional en el medio de la comunicación visual chihuahuense. Cada publicación de las fotos con la firma “Nacho Guerrero” definía la altura de las miras a la que debíamos aspirar tanto los productores de imágenes como sus receptores.



Resumo: en 1993, para obtener el grado de licenciada en comunicación, presenté una tesis que investigó a profundidad los procesos de enseñanza-aprendizaje del taller de fotografía de la Ibero Torreón y escribí, como resultado anexo a dicha indagación, un libro de texto, “Crestomatía fotográfica”, para la formación en fotografía y sintaxis de la imagen a nivel educativo superior. En 1996, llegó el gran día. Con emoción y gratitud desatadas, conocí a Nacho Guerrero. Tomó mis fotografías de boda y un estudio de fotos en teoría casuales, pero de una elegancia innegable, su especialidad.



Por lo hasta aquí explicado es justificable que yo no pueda, y ni quiera describir lo que ese encuentro me significó. Y ahora, 2017, es decir, 21 intensos años después, el reencuentro con Nacho tampoco es de narración sencilla. Quién sabe cómo se le hace por escrito para retratar a cabalidad sus retratos, para relatar sus relatos. Él ha vuelto a tomar fotografías mías mientras mi cabeza y alma pasaban como locas las hojas de nuestro álbum común.



En nuestra sesión de fotos, Nacho me platicó un poco de su historia. Aún sin mucha cordura, aquí me atrevo a compartir lo que de él fotografié con palabras. Reitero en este texto mi triple fortuna ante su espíritu artístico: admiración, aprendizaje y aplauso.



“Cuando aquella primera cámara fue puesta en manos de Nacho Guerrero, Chihuahua conquistó perpetuidad icónica. Recién comenzaban los setenta y en el entorno chihuahuense fluían relatos clave, vibraban estampas rebosadas de historia. Era ardiente el pálpito coyuntural. Sin casualidad alguna, el joven Ignacio Guerrero Olivares vio, como nadie antes, a su tierra de raíz; descifró, lo que nadie antes, en la paisajística urbana; captó, sin nadie antes, el referente rural. Gracias al primer disparo dado por Nacho en 1971, el camino hacia el boom fotográfico, identatario actual de nuestra ciudad de Chihuahua, quedó apasionadamente signado.



Ocho años después, luego de robustecer sus conocimientos y sensibilidad fotográficos en la Ciudad de México, Nacho regresó a casa. Fue el artífice de la primera exposición fotográfica montada en la capital del estado grande. Amén de compartir su bárbara capacidad como artista de la imagen, al presentar sus fotografías al público, asumió de manera implícita la responsabilidad de ser nuestro maestro: el formador de un criterio visual colectivo de frente a la fotografía.



Ese mirar lo que otros no miran, ese percibir como otros no perciben, catapultó a Nacho en otros dos sensibles y desafiantes ámbitos. Abrió el vanguardista restaurante, ‘La hostería’ donde lo gastronómico fue mancuerna de una ambientación espacial en aquel entonces sui generis. Deshechos, basura y un sinnúmero de ‘materiales estorbo’, otra vez llegaron a las manos de Nacho para ser transformados en límpida realidad. La cultura del reciclaje en la arquitectura, en el diseño de interiores y en la fotografía tuvo como sede el alma reconciliadora de nuestro artista chihuahuense. Fue ‘La hostería’ una escuela multisensorial de menú extendido.



Nacho ha montado exposiciones locales, nacionales e internacionales. Cuenta con un impecable archivo histórico de su trabajo, resguardado con disciplina y pulcritud en la ‘Galería Nacho Guerrero’, su actual laboratorio creativo y búnker espiritual. Su estudio fotográfico va interseccionado con el área de exhibición de los muebles diseñados por Nacho y armados a detalle en su taller. Cada pieza es simbiosis de lo vetusto y lo moderno. Del desuso y lo utilitario. Del óxido y el terciopelo. De lo marginal y la inclusión. Es el llamado respetuoso de Nacho para reconciliar al ser humano con la Madre Naturaleza a través del arte.



Nacho Guerrero: artista indispensable 'e irrepetible' tanto para su familia editorial como para las tantas generaciones de chihuahuenses que hemos vuelto de su obra nuestro entrañable patrimonio cultural. Nuestro asidero de memorables emociones”.



@RenataChapa

centrosimago@yahoo.com.mx

 

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