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Opinion

Encuentro Chihuahua (dos)

Daniel García Monroy | Sábado 12 Agosto 2017 | 01:42 hrs
El elogiado ejecutivo estatal convocante y conductor del encuentro decide participar. Su ponencia es sobre más impuestos a los ricos ciclópeos y el aumento al salario mínimo para los pobres huérfanos de gobierno protector. Sus propuestas se basan en ideas del economista francés Thomas Piketty, el nuevo Marx. Si la  autoridad fiscal federal establece un 80 por ciento de impuesto sobre las ganancias líquidas de los empresarios mexicanos que acumulen más de un millón de dólares al año, o por lo menos 500 mil, la realidad cambia redistribuyendo mejor la riqueza nacional. (Justo en ese momento alguna de las cámaras de la transmisión en vivo debió haber enfocado a los Terrazas, los Elías, los Vallina, y demás multi-millonarios chihuahuenses asistentes al encuentro, nomás para ver qué cara pusieron).

Aunque el proponente, jocoso, delibera a la baja el porcentaje impositivo a los riquísimos, la propuesta es bienvenida. Se afectaría en México a unos cuantos cientos de familias y nada más. Pero para ejecutar esa iniciativa, el infranqueable problema tiene dos barreras de púas y minas explosivas. Primero: ¿Lo permitirían pacíficos y solidarios los empresarios afectados, a sabiendas que sus nuevos impuestos entregados pararían en las cuentas bancarias de los corruptos gobernantes en turno? ¡¿Qué, qué?! Ajá, sí como no. --¿Qué imposible colosal garantía anticorrupción exigirían?-- Primero quemarían sus propios kilos de billetes verdes en las chimeneas de sus mansiones, que aceptarlo decidieran, sin provocar la tercera revolución mexicana. Y segundo: es por demás evidente que esas decentes familias siempre han tenido, en la vida nacional, el sartén por el mango, y la guillotina; por lo menos el cinturón para disciplinar a todo aquel chamaco que se haga el gracioso con pretender quitarles sus ganancias indispensables para “reinvertir” en el desarrollo económico de la nación. (¡Gravar sus herencias! ¡Virgen María de Guadalupe! Mejor creer en el paraíso terrenal o celestial, que predican desde hace más de 300 años todas las sectas protestantes en el mundo, mejor).

Y un aumento del 50 ciento al salario mínimo por decreto populista, como en Venezuela, golpearía brutalmente a la pequeña y mediana industria, comercio y sector servicios del país (que le da trabajo a la mayor parte de la fuerza laboral de nuestro bendito México), por la sencilla razón que es la que paga el mínimo o lo más cercano a él. El ingente problema sería la lógica emocional de cualquier trabajador de esos negocios, sindicalizado o no, que establecería como reclamo: cómo que el de abajo ya gana lo mismo o más que yo. ¿Por qué yo y mi organización gremial no van a poder exigir más salario en el mismo porcentaje del aumento al mínimo por decreto presidencial? ¿Por qué? --Si hasta los políticos con sueldos de 30, 40 veces el mínimo diario, aseguran que están mal pagados por su enorme esfuerzo laboral no recompensado. La mayoría de políticos cobran en un día lo que millones de trabajadores de maquila ganan en un mes, y evadiendo impuestos; Piketty se asombraría--.

El efecto inflacionario en cadena de un incremento salarial nacional de esa dimensión, sin productividad tomada en cuenta, acabaría por ser contraproducente para todos, sin remedio. Las ideas realmente creativas y realistas para el mejoramiento social están en otro lado. Piensen un poco más.  

Si nuestra inteligencia nacional no puede separar el dinero en efectivo de salarios personales de la ficticia relación con el bien común, la estabilidad social y seguridad pública, mal, muy mal andamos en las propuestas innovadoras de soluciones reales. Si son solo promesas para embaucar a un pueblo con primero de secundaria como promedio educativo, bien; pero hasta esos engaños podrían ser un poquito más creíbles y sensatos.

Desde aquí una reconsideración necesaria a mi primer reconocimiento favorable al encuentro como evento nacional público. Porque es más que cierto que se realizó en día laboral para todos los asistentes funcionarios públicos del Gobierno del Estado. Mal, mal parada queda una administración que pidió y sigue pidiendo fe y confianza en una diferente forma de gobernar, y que todavía se ubica incorruptible. El acto fue sin duda político electoral, tan solo por la presencia de dos presidentes nacionales de partido que buscan respaldo a su frente único electoral, más el agresivo contenido contra el agotado régimen priísta. No es la estupidez de un dirigente tricolor que reclama el humo de un cigarro en una cena. Es la realidad de lo criticado por el propio gobernador convocante hace apenas unos años, contra lo semejante hecho por su antecesor fugitivo. ¿Para qué imitarlo? ¿Para comprobar en los hechos que el mayor ladrón no cometía felonía alguna cuando realizaba eventos políticos partidistas con cargo al erario público? ¿La diferencia entre corrupción y legalidad es solo el monto de los recursos utilizados?

Responde el señor Gustavo Madero, que están mal informados sus críticos, similares políticos, sobre lo que él labora diariamente por Chihuahua. Y que a pregunta expresa de la diputada reclamante, bien podría concederle la información de su megaquehacer, transparentando sus actividades cotidianas por las que cobra muy poco --en su descomunal parámetro, claro está-. No señor Madero, no es la diputada priísta la única que quiere saber, somos todos los chihuahuenses a los que usted debería informar sin pregunta expresa, para dar credibilidad al nuevo régimen amanecido, de que ahora existe un cambio honesto y verdadero en la administración estatal de Chihuahua.

La Fepade, bien podría intervenir, pero la evidencia amerita una disculpa pública sobre lo denunciado, junto al descuento salarial correspondiente para todos los funcionarios asistentes, y la promesa de que cualquier otro encuentro del mismo tipo se llevará a cabo en sábado o domingo, por lo menos. Si no ocurre tal, la esperanza azul irá degenerando cada vez más hacía el vil rojo sangre del prófugo remedado.

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