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Opinion

Crimen: un Estado sobre otro Estado

Luis Froylán Castañeda | Domingo 12 Noviembre 2017 | 00:18 hrs

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Mínimos apuntes históricos y conclusión desesperanzadora

La historia del narcotráfico en México es reciente, su proyección como crimen organizado parte de los altos sesentas con Pedro Avilés como su primer gran capo. Desde luego originario de Badirahuato, Sinaloa. Su éxito fue sistematizar la siembra, cultivo y tráfico de marihuana.

Lo asesinó el Ejército en septiembre del 78, víctima de una supuesta traición quedó tendido en el camino a la famosa “Y”. Libros, crónicas periodísticas y corridos dan cuenta del asesinato. Hoy es una leyenda.

A su muerte Miguel Ángel Félix Gallardo tomó el control de la organización, convirtiéndose en el “jefe de jefes”. Ejercía mando sobre personajes como Amado Carrillo, “el señor de los cielos”; Ismael Esparragoza, “el Azul”; Ismael Zambada, “el mayo”; Rafael Caro Quintero; Ernesto Fonseca, “don neto”, Héctor Palma, “el güero”; Rafael Aguilar Guajardo, los hermanos Arellano.

Félix Gallardo es considerado el fundador de Cartel Guadalajara, emporio que construyó desde la muerte de Pedro Avilés hasta que la Policía Federal lo detuvo, en abril de 1989. A él le atribuyen la creación de una red internacional de trasiego de cocaína, en complicidad con Pablo Escobar de Colombia y Ramón Matta Ballesteros, de Honduras.

En esa época se consolidó la organización criminal dedicada al tráfico de drogas en nuestro país; cocaína, heroína, marihuana. Pero ninguno de los criminales osó ponerse por encima de Félix gallardo y éste jamás pretendió imponerse sobre el Estado Mexicano. Eran valores entendidos; trabajas en paz, no hay problema sólo recuerda quién manda. Los pocos que olvidaban esas recomendaciones sentían la fuerza del Estado.

Así permanecieron hasta la primer fisura en 1985, cuando Caro Quintero cometió el imperdonable error de dar muerte a un agente de la engreída DEA, Carlos Camarena, y a su piloto mexicano. Lo asesinó en represalia por arruinarle el negocio de marihuana en Búfalo, Chihuahua, cuando el Ejército destruyó la mayor cantidad de yerba en la historia mundial del crimen, cientos de toneladas.

Me contó un personaje de la época que aún así hubo acuerdos para recuperar la mayor cantidad posible. Pagaron un millón de dólares por una gracia de 24 horas y consiguieron sacar decenas de camiones “rabones”, cuya seña para dejarlos pasar es que iban cubiertos con lona azul.

Tres años después, Salinas tenia sólo seis meses en el poder, agentes federales detuvieron a Miguel Ángel Félix Gallardo. Error estratégico motivado, probablemente, por la necesidad de mandar señal de fuerza al submundo del crimen. Lo mismo que hizo, diferentes motivos, con la detención del poderoso líder petrolero, Joaquín Hernández, la quina, y la destitución de Jongitud Barrios del SNTE.

La caída de La Quina no tuvo consecuencias, la de Jongitud resultó traumática para el PRI, con el arribo a la dirigencia magisterial de Elba Esther Gordillo. Nada que ver con el encarcelamiento de Félix Gallardo, sentó las bases para el peor capítulo de sangre en el país, desde la Revolución Mexicana, sin que hasta la fecha logren cerrarlo.

Preso y aislado el gran jefe, se desmoronó el cartel Guadalajara y en su lugar surgieron diversas organizaciones dominadas por antiguos lugartenientes: Amado Carrillo en Juárez, los violentos hermanos Arellano en Tijuana, Juan García Ábrego en el Golfo, Ismael Zambada y el “Azul” en Sinaloa. Todos protegiendo sus territorios con importantes capos regionales.

No obstante la división, el Estado Mexicano seguía ejerciendo “la rectoría del crimen” –pongámoslo así- pues ninguno de los nuevos varones autónomos pretendió imponerse sobre las fuerzas federales. Había ajusticiamientos y la permanente rivalidad entre los grupos, pero ninguno desafiaba al gobierno.

En Chihuahua, de los pocos estados donde la autoridad local tenía injerencia directa en esa actividad criminal, gobernaba Fernando Baeza. Entendía la lógica de los criminales, pues estaba formado en las altas esferas de la PGR, donde se desempeñó como Oficial Mayor cuando Oscar Flores era Procurador y llegó a ser subprocurador general con Sergio García Ramírez.

Baeza impuso orden a través de el mítico Elías Ramírez, enérgico gatillero de Parral con fama de poner la bala donde ponía el ojo. Lo conoció en la PGR, pues Elías llegó a ser guardaespaldas –hoy les llaman escoltas- de otro histórico, Oscar Flores, a quién le fue fiel incluso después de su muerte. Sin tener relación laboral con la familia Flores, Elías atendía personalmente a la viuda del exgobernador, cada que venía a Chihuahua.

En aquel tiempo Elías Ramírez era delegado de la PGR y Javier Coello Trejo, su viejo amigo y conocido, subprocurador de la PGR, donde ambos se conocieron y fincaron amistad duradera. Entonces la Policía Federal imponía respeto entre los maleantes, nadie se movía sin autorización del “jefe Elías”.

El director de la Policía Estatal era Raúl, hijo de Elías, y el primer comandante de la Federal Vicente González. Un día que los tres visitaron al gobernador Baeza en la oficina de Palacio, al salir del encuentro caminaban presurosos por el pasillo del primer piso. Los seguí con el fin de entrevistar a Elías, iba molestísimo: “recuerden bien, hijos de la chingada, aquí el único jefe soy yo”, bramó sin ninguna sutiliza. Con sólo escucharlo perdí el afán de reportero novato por conseguir la nota.

En aquella época hubo innumerables denuncias de abusos policiacos, una muy sonada de cierto maleante que “intentó” saltar del segundo piso del único hotel en Guadalupe y Calvo, atado de pies y manos.

Eran otros tiempos, pero Chihuahua jamás vivió las épocas de angustia social con la violencia incontenida que sucedería años después, tras la declaratoria de guerra de Felipe Calderón al crimen organizado. No tengo añoranza por aquellos tiempos autoritarios, si por la tranquilidad social.

El episodio de Calderón y su guerra es otro punto de quiebre en la historia del crimen. Dicen que todo empezó con la desidia de Vicente Fox, quién optó por no “meterse” en ese tema, dejando a las corruptas agencias de seguridad manejarlo a su antojo.

Ahora los capitanes del mal estaban en complicidad con el gobierno, no sujetos a él, inaugurando otra negra etapa: la narco-política. Protegidos con sus nuevos asociados siguieron fortaleciéndose mientras ganaban poder y perdían respeto por la autoridad. Cada vez eran más osados y desafiantes.

Calderón se percata del enorme poder corruptor y los vastos recursos económicos de los carteles y decido declararles la guerra. Aconsejado por Genaro García Luna y animado por el gobierno norteamericano emprendí esa cruzada suponiendo que sería sencillo regresar a la época de un gran capo que se hiciera cargo del oscuro tráfico.

Anabel Hernández, en su libro “Los Señores del Narco”, proporciona una serie de argumentos y datos que dejan poca duda sobre la estrategia de García Luna en convertir a Joaquín Guzmán en único jefe de una Confederación de carteles. Buscaban un jefe único con el cual negociar y consiguieron el efecto contrario, fraccionaron e hicieron más violentas a las bandas.

Salinas quiso mostrar fuerza deteniendo a Félix Gallardo. Palomita en su ego, sólo que acabó con la época de un solo supercartel, el de Guadalajara; la incompetencia y superficialidad de Fox dejó crecer a los criminales y Calderón los fraccionó en bandas violentísimas e incontrolables en perpetua guerra entre ellas por los mejores territorios para el trasiego, venta y cultivo de la droga.

El gobierno pudo hacer poco para frenarlos, para entonces hombres claves en las instituciones creadas para garantizar la seguridad del país ya no sólo eran socios de los capos, se habían puesto a su servicio. Eran sus empleados.

Como usted puede observar, la evolución del crimen en nuestro país es una historia de cálculos presidenciales desacertados, catalizada por la rivalidad entre los capos que se combaten unos a otros por rencillas familiares –muchos están emparentados entre si- y el afán de apoderarse de nuevos territorios.

En Chihuahua la peor época fue entre 2007 y 2010, durante el gobierno de Reyes Baeza y en la cúspide de la guerra emprendida por Felipe Calderón. Asesinatos de policías, abogados, periodistas, una era de terror cuya cresta alcanzó a un hombre probo sin mancha de antecedentes criminales como Miguel Etzel Maldonado.

Sus efectos sociales: gente atemorizada sabiendo que cualquier vida costaba mil pesos, que sudaba frío cuando un vehículo lo emparejaba en la fila del semáforo. La pandillas de barrio pedían cuota hasta los humildes tenderos de la esquina. Extorsiones, secuestros, asesinatos, asaltos a negocios, casas particulares, dejaban los autos sobre cuatro maderos en cocheras cerradas, pistola en mano bajaban a las señoras de sus autos. El terror.

El crimen no nació ni terminará con Javier Corral, corta pero hay historia. Le choca que durante el gobierno del “vulgar ladrón” hubo un respiro, negociado o como haya sido, pero la violencia bajó. El asunto de la corrupción y los excesos es aparte, con Duarte hubo paz.

Ahora es Corral quién tiene la responsabilidad de asumir las tareas de seguridad y Jamás restituirá el orden minimizándola, responsabilizando a la Federación o desautorizando a los medios que registran los hechos.

Ensúciense las manos, den resultados. ¿Cómo y a qué precio? Como sea y lo que cueste. Chihuahua está a medio paso de la peor época, de seguir como van, pensando en que otros tienen la culpa o escondidos en que antes era igual, sólo que los medios corruptos ignoraban las matanzas, nada conseguirán.

Es de weba, da la impresión que puede colapsar el estado y en vez de atender la crisis intentan resolverla con mensajitos o haciendo que nada pasa.

Lavisiondechihuahua.com

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