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Opinion

¿Por qué no?

María Amparo Casar | Jueves 28 Diciembre 2017 | 00:08 hrs
Ni cómo negarlo. El 2017 fue un año lleno de adversidades. Tuvimos calamidades sobre las que no había control posible. La llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos y la instalación de la barbarie en su política hacia el mundo y muy particularmente hacia México estuvo fuera de nuestras manos. Lo mismo pasó con los sismos del 7 y el 19 de septiembre.

Eventos imprevisibles que trajeron enormes daños a una población ya de por sí lastimada. Ante estos acontecimientos, a México no le quedaba más que reaccionar. A veces lo hizo mejor y a veces peor. Pero hubo fatalidades que provocamos. Podían haberse evitado porque alertas hubo a montón. Unas fueron por acción y otras por omisión. El socavón del Paso Exprés de Cuernavaca, el desvío de recursos que reveló la Estafa Maestra, las redes de corrupción operadas por los gobernadores de varios estados, 36 asesinatos de periodistas, el descabezamiento de las instituciones de procuración de justicia, la promulgación de una Ley de Seguridad Interior repudiada urbi et orbi, el deshonroso primer lugar de obesidad infantil. Todas éstas eran evitables.

Otras calamidades más, podían haberse aminorado de no haber sido omisos o de haber tomado medidas más acertadas. El crecimiento de los homicidios dolosos hasta llegar a más de nueve mil en el acumulado anual y más de 38 mil en el sexenal fue, al menos en parte, producto de la persistencia de una estrategia que no ha dado resultados ni los dará.

La baja tasa de crecimiento se debe en buena parte a que la falta de inversión pública en infraestructura haya sido la más baja en seis años. La pérdida de más de 253 mil hectáreas de bosque y selva denota una política de desprecio al medio ambiente.

Se dice que “para afrontar la adversidad, salir adelante y superarla se requiere de paciencia, esfuerzo, optimismo, esperanza, fortaleza, valor y temple para no rendirse, dejar de lado las lamentaciones, superar el mal momento, aprender de ello y centrarse en reconstruir, otra vez, la vida”.

Es el momento. Aunque ya hace algunos meses no se piensa más que en las elecciones, el 2018 tendrá, como todos los años, 12 meses. 11 de ellos seguirá gobernando Peña Nieto. Como todo presidente, le quedará debiendo al país. Los problemas de una nación no pueden encontrar solución en seis años. Pero tiene casi todo el año si no para saldar su deuda, sí para rebajarla y dejársela renegociada al nuevo gobierno. Lo mismo puede decirse de los legisladores. Les quedan ocho meses para sacar de la congeladora varias iniciativas como la de Propaganda Gubernamental o la Ley de Adquisiciones y Obra Pública y los nombramientos que ya hace tiempo caducaron: el procurador y el fiscal general, el auditor superior, el fiscal anticorrupción, los 18 magistrados del Tribunal de Justicia Administrativa y otras cinco decenas que incluyen magistrados electorales e integrantes del IFT, Cofece, Inegi, Inai...

El partido en el gobierno ya tiene candidato. Los partidos de oposición también. La elección se perfila a tercios y la moneda está en el aire. Se sabe que no hay nada más difícil que hacer acuerdos en plena campaña. Pero si de soñar y tener propósitos de año nuevo se trata, valdría la pena intentarlo. En atención a las adversidades, los políticos que todavía ocupan puestos en la administración, en el Congreso y en otras dependencias cuyos titulares cambiarán irremediablemente al final del sexenio, pueden darle la vuelta a la lógica electoral y entregar un país mejor a quien quiera que vaya a gobernar un país que se torna ingobernable. A quien quiera que gane le convendría.

Pensar fuera de los marcos establecidos. Romper el mito de que una vez que arrancó la carrera presidencial no hay posibilidad de acuerdos y que lo que toca es pelear, destruir, obstaculizar y hasta destazar al contrincante. Poner la voluntad de cambio por delante.

Tres tareas. En el Pacto por México una de las promesas más sonadas y aplaudidas fue la de la seguridad social universal. Se avanzó casi nada. Para implementarla ya no hay tiempo, pero sí lo hay para dejar sentadas sus bases.

Hacer realidad que los servicios a los que todo mexicano tiene derecho no dependan de la condición laboral en la que se encuentran. Es la gran reforma estructural faltante. Otra más fue el compromiso de frenar la corrupción. Tampoco se avanzó, se agravó. Ésta no se reduce al gobierno federal, está en todas partes y no hay candidato cuyo partido resista la prueba de la corrupción. Pueden terminar con el pacto de impunidad que se construyeron entre todos. La tercera es todavía más ingenua, pero se puede. Frenar el dinero ilegal de las campañas.

Las elecciones no pueden quedar presas, otra vez, del desvío de recursos públicos ni del dinero de privados que se ganan la voluntad de los futuros gobernantes y de futuros gobernantes que empeñan sus administraciones aún antes de empezar porque tomaron dinero a cambio de promesas de contratos de obras y de contratos. Sé que es mucho pedir, pero ¿por qué no? Lo contrario de la adversidad es la felicidad, la prosperidad, la buena fortuna. Es lo que le deseo a México y a los mexicanos. Ninguna de ellas viene sola. Se tienen que procurar.

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