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Opinion

El empoderamiento en acción; su proceso evolutivo

Luis Froylán Castañeda | Domingo 11 Marzo 2018 | 00:31 hrs

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Entre el profuso, variado y con frecuencia pícaro material que circula en whatsapp, el ocho de marzo recibió un video casero de 1.43 segundos. En un cuarto cualquiera que podría ser la trastienda de un modesto negocio familiar, un hombre está recargado con ambos manos sobre una especie de repisa, dejando vulnerable su trasero. Atrás una mujer de aspecto indígena, rechoncha y chaparra, de inexpresiva cara redonda y pelo negro anudado en doble trenza, vestida con pulcro sueter blanco de estambre y holgada falda azul que llega hasta los espinilla, a doble mano levanta una vara flexible pero maciza que bien podría ser de mimbre o sauz llorón y descarga sobre las expuestas nalgas del sujeto cuatro varazos bien puestos, antes de que éste recobre la vertical y, entre manifestaciones de dolor, pida tregua sin abrir la boca.

Fuera de cuadro una voz ordena: “Agáchate, agáchate” y amenazante pregunta ¿Le vas a seguir pegando a tu mujer o no – el hombre, que ahora sabemos es un marido golpeador, renuente se agacha otra vez sin responder-. “Listo, sigue, sigue, sigue” ordena la voz fuera de cuadro a doña Chole, como podría llamarse la mujer resuelta.

Juan –llamémosle así- intenta recomponerse, pero otra voz amenazante, también apartada de la escena, lo vuelve a posición: “si no dejas que te de ella, yo te los voy a dar”. Y continúa el sermón aleccionador de quién, evidentemente, tiene autoridad moral en la familia: “te está pegando tu esposa así como tu le has pegado a ella. Le has dado 21 patadas, ella te va a dar 21 pencazos, así duele cuando la pateas, así están las costillas de la señora, verdes como van a quedar tus nalgas, verdes”.

Para entonces la cuenta de varazos justicieros a la usanza “ojo por ojo” va en ocho y el golpeador golpeado cada vez es más renuente a inclinarse a exponerse su maltrecho trasero, por el castigo recibido.

Termina sin llegar a los 21 azotes, con la mujer levantando la vara, de la misma manera en que abrió. Debo confesar que me causó risa –cualquiera sucumbe al morbo- sobre todo en las parte donde el infeliz marido recibía cada varazo e intentaba reponerse para evitar el siguiente de forma consecutiva. Obvio, estaba desacostumbrado a recibir golpes, sus gestos eran los de un hombre con nalgas bien cuidadas.

El video muestra el empoderamiento femenino en acción, el proceso evolutivo hacia la igualdad de género, un proceso sin línea temporal, dirección o propósito específico. La vara en las manos de la humilde y decidida mujer, sin sobra de duda, es una acción afirmativa intentando revindicar al género.

Esa vez protegida por varones de la familia, pero sabiendo que también a su marido le duelen los golpes quizás mañana se defienda sola y se plante al tu por tu. Éntrale cabrón, aquí traigo mi vara de mimbre que se dobla pero no se rompe ¿Te acuerdos Juanito?.

No será el empoderamiento más glamuroso en la brigada mundial, sin embargo es un avance mayor en aquella comunidad que imagino remota, donde vengan así las afrentas de maridos golpeadores contra la frágil esposa.

Me pregunto que pensarían, si vieran el video, la empoderadas de pipa, guante y pasillos palaciegos ¿Aplauden? ¿Desaprueban el castigo por primario e inhumano? ¿Desearían que la mujer aprendiese a defenderse sola y que en lugar de una vara fuese una chicharra de 600 watts?

La única petición de la señora vengada y de quienes velaban su acción revindicadora, era que Juan no volverá a pegarle, pues de lo contrario conocía las consecuencias; lo agachaban sobre la repisa y a darle con una vara hasta dejarle las nalgas verdes.

Es un objetivo muy válido para una mujer golpeada, más cuando hay encopetadas con otros requerimientos: “amorcito, si me vas a pegar que no sea en la cara, te lo pido de favor, mañana filmamos el último capitulo del “Derecho a Vivir” ¿me compraste el abrigo que vimos ayer en Zara?. Y otras envían, muertas de risa, el viejo chiste de la gringa, la rusa y la mexicana: La gringa le dije a John, si me vuelves a pegar no haré comida. Pasó un día y no vi nada, pasaron dos días y no vi nada, pasó el tercer día y lo vi muy sexi con mi nuevo delantal. La rusa: le dije a Iván, que si me volvía a pegar jamás lavaría su ropa. Pasó un día y no vi nada, pasó otro día y no vi nada, pasó el tercer día y lo vi muy limpio y planchadito. La mexicana: le dije a Juan que si me volvía a pegar jamás habría cuchi cuchi. Pasó un día y no vi nada, pasó el otro día y no vi nade, pasó el tercer día y no vi nada, pero al cuarto día pude ver poquito con el ojo derecho. Desde entonces no hemos vuelta a discutir y viera que noches pasamos. Jaja jaja jaja ahí están, muertas de risa, las falsas empoderadas.

La mexicana, lista como todas las mujeres mexicanas, aprendió a la mala que hay peticiones impropias, hubiese dejado de hacer comida o de lavar y todo bien, pero negar el cuchi cuchi es otro casa. Si la gringa y la rusa presentaron sus condicionantes es por que ya tenían camino recorrido, sabían hasta donde podían llegar. Su aprendizaje fue duro como lo supo después la mexicana. El empoderamiento tiene sus límites, que se haga en los bueyes de mi comadre, dicen las más altas entre todas la empoderadas cuando pelean por el hueso.

Y es que la verdad hay muchas fanatizadas, para muchas capitanas del feminismo el proceso de empoderamiento es como el universo exterior: infinito. Dado que en política hay mitad hombres y mitad mujeres para todo, menos en los cargos ejecutivos, por obvias razones, pregunté a una de las más entusiastas con la equidad de género que para estar satisfechas con las leyes electorales debería legislarse a fin de que un sexenio fuese partido en dos y en la primer mitad gobernase una mujer y la otra mitad un hombre. Si, respondió resuelta ¿Importarían las habilidades de uno y otro para ejercer el mando? Eso nada tiene que ver, remató, debes entender que se trata de acciones afirmativas.

A su gusto las leyes electorales en materia de género están cortas, hay que partir en dos los cargos ejecutivos; presidente, gobernadores y alcaldes, para dejarlas satisfechas. Vayan preparando la reforma, señores legisladores o de lo contrario les mandan a doña Chole.

Al rato pedirán que los institutos de ciencia acepten por ley mitad y mitad, la Nasa empiece poniendo el ejemplo y los Nobel reconozca en el género premiando por igual a hombres y mujeres sin que importen méritos. Cómo no piden equidad de género en la obra o en el azadón, también batiendo mezcla y en la escarda se necesita la equidad de género.

Podrían sugerir, por ejemplo, una ley que de prerrogativas en impuestos a los constructore(a)s o empresario(a)s agrícolas que contratan mitad hombres y mitad mujeres, a condición única de que igualen salarios, demanda por la que murieron cientos de obreras textiles en las manifestaciones de Nueva York, en 1857.

Perdonen, señoras empoderadas, la irreverencia, suplico que no quemen en la plaza pública mi modesta participación dominical, ahora que regresó la censura y les da por enviar al fuego de la dignidad femenina la literatura incómoda.

Estoy, se los juro por las muertas más frescas de mi familia, a favor de la igualdad de género y tan lo estoy que ustedes han sido testigos que me atreví a dar un pasó más allá, llevando la campaña eterna hasta las labores como la obra y la escarda. Ahí también hace falta la presencia permanente del poder femenino.

Tengan piedad si por falta de capacidad o entendimiento no interpreto correctamente su lucha y me haga, por imbécil, merecedor a una visita inesperada de dona Chole blandiendo su vara de mimbre vengadora y escoltada por sus cómplices . Toco-Toc ¿Aquí vive un tal Froylán?.

A diferencia de Juan no aguanto ni el primer varazo: ¡Zaaaaaz. No se quiete rajado, pare bien las nalgas. Imagino y en mi mente corro despavorido sin detenerme hasta desfallecer, alejarme cien leguas de la ciudad o encontrar un oscuro rincón donde la ira de mujer empoderada jamás pueda encontrarme.

María, prepárate un clamato. ¿!Que qué!, escuché bien? No hay problema, ya sé, yo también tengo pies, manos y puedo encontrar el refrigerado, no necesitas recordármelo cada que te pido un favor, déjame por lo menos esa libertad, la libertad de imaginar. Maldita weba, no puede uno ni simular que manda en su casa. Sí, ya voy.

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