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Opinion

Imaginario colectivo: Llamadas

Renata Chapa | Domingo 15 Abril 2018 | 19:09 hrs
Primera llamada

En “Soledad, la plaga del siglo XXI”, su autor, el reportero Víctor Verdú, cierra con un trancazo de cita: “En el fondo, siempre estamos solos. (…) Proust escribía: ‘Nos comunica alguien su enfermedad o su revés económico, lo escuchamos, lo compadecemos, tratamos de reconfortarle y volvemos a nuestros asuntos. ¡Qué solas estamos las personas!’”(elpais.com).

Josefina Stegman, al igual que Verdú, también sacude al lector con el diagnóstico de un tercero: “La soledad ha sido ignorada incluso por los psiquiatras hasta hace unas cuatro décadas. Ahora, es objeto de estudio de muchas investigaciones, algunas de las cuales advierten de quela soledad puede llegar a convertirse en una epidemia hacia 2030. John Cacioppo, profesor de Psiquiatría y Psicología y director del Centro Cognitivo de Neurociencia Social de la Universidad de Chicago, señala que ‘la soledad o la percepción de estar aislado tiene consecuencias biológicas, cognitivas y de comportamiento llegando a aumentar la posibilidad de muerte prematura en un 26%’” (abc.es).

La primera ministra británica, Theresa May, inició el 2018 con acciones casi inauditas, pero necesarísimas, ante los cada vez más copiosos --y funestos-- reportes de salud pública, nada alejados de la realidad global: “May ha anunciado que nombrará a una secretaria de Estado que tratará el problema de las personas que están solas. La primera ministra ha afirmado que quería ‘tomar medidas contra la soledad que sufren las personas ancianas y aquéllos que han perdido a seres queridos, aquéllos que no tienen a nadie con quien hablar’. Según la Cruz Roja, la soledad afecta a más de 9 millones de personas en Reino Unido (de un total de 65,6 millones). Según una encuesta realizada por Age UK, una asociación que presta asistencia a los ancianos y las personas solas, en junio de 2016, casi 200 mil personas no habían hablado con nadie desde hacía más de un año” (lanacion.com.arg).



Segunda llamada

Desde el primer domingo que ya no estuve en casa con mis papás, 1986, ellos me dijeron que me llamarían siempre ese día de la semana, temprano, ya arrancada la mañana, para "saber de mí". Yo iba a vivir fuera de México por diez meses, era estudiante de intercambio, y eso de que me llamaran en un día y en una hora tan... rara, creo, me pareció incómodo. Estresante, también. Pero accedí sin más, como era habitual cuando ellos me daban una indicación determinante. Quién diría que esa práctica de la llamada dominical perduraría religiosamente por todo ese lapso de casi un año, por los cinco años y medio que estudié la carrera también fuera de casa, y por los poco más de veinte años que llevo viviendo lejos de Chihuahua, la tierra donde nací.

Hasta el último domingo que mi papá tuvo consciencia, yo recibí la clásica llamada telefónica junto con la voz de mi mamá; luego, ella sola, viuda, siguió el ritual. A mí me gustaba llamarle a mi mamá el día que fuera, a las horas menos esperadas. Sabía de su soledad. Sobre todo, me nacía marcarle cuando yo estaba en algún restaurante bonito, con comida rica, lleno de música que ella pudiera escuchar. Mi mamá decía "Bueno", escuchaba el alboroto y se alegraba, "¡Vaga! ¡Ya andas de fiesta! Dime, dime, dime dónde estás. ¡Ay, qué pediste de comer! ¡Cuéntame qué más viene en el menú! ¡Platícame cómo es el lugar". Se daba unas emocionadas bárbaras, casi como si ella estuviera al lado mío, gozando como yo. Cuando podía, le ponía a los cantantes por el teléfono para que le dieran gallo a distancia. Le cantaba sus boleros favoritos. "Te tomas una a mi salud" era la frase previa a la bendición de la despedida telefónica.

A veces se me olvida que mis papás me dejaron aquí, que los dos ya se me fueron, y los domingos por la mañana me encuentro diciéndome, "Ya van a llamar mis papás" o "Voy a hablarles a mis papás a Chihuahua". El 6144130626 lo tengo tatuado porque ha sido mi mismo teléfono desde que nací (el dichoso 30626) y porque, de la familia, creo que yo fui quien lo marcó más veces para buscar a mi papá y a mi mamá desde esas otras tantas casas alternas por las que he rodado.

Sé que hace apenas unas cuantas semanas atrás, el domingo que casualmente desayuné en el sitio que aparece en esta fotografía, a tres mil kilómetros de distancia de Chihuahua capital, estuve acompañada desde el cielo brillante, con el sol y el mar de comensales. La sensación de paz y alegría fue inmediata, total, como quien entra a su comedor y se sienta con toda la certeza de que su lugar está ahí, que no es otro más que ése, el de su mera casa.

La mesa estaba puesta para tres personas y así se quedó. Me senté viendo a aquel ventanal polarizado de frente y el hipnótico paisaje. Del menú pedí un desayuno con conocimiento de causa, es decir, con los antecedentes heredados de los años que pude pasar al lado de mis papás, consciente de que a ellos también les hubiera encantado muchísimo estar ahí conmigo, disfrutándonos, a risa y risa, con tres cafés bien servidos y nuestros sobrecitos de azúcar de dieta.

Por lejos que una esté, siempre, siempre regresa a casa. Al agua materna. Al calor del padre. Al sitio donde te resguarda su amor pleno. A las coordenadas donde tu alma siente, por fin, el necesario sosiego. Tal y como marca el domingo, séptimo e imperdible día de descanso espiritual. El Día de La Llamada.



Tercera llamada

La actual “Era de la información” es, desde otra óptica, la “Era del ahogamiento informativo”. La sistemática y frenética obtención de datos por medios virtuales, además de generar adicción, crean un contradictorio ambiente de seguridad-inseguridad, confort-disconfort, hiperconectividad-aislamiento, socialización-soledad. El teléfono de antes no es el mismo que el de 2018. Y menos lo será en doce años más: la soledad, detonante de cuadros múltiples de depresión y enfermedades crónicas, será el malestar público número uno. Más millones de muertos en vida de los que ya ahora deambulan.

Por fortuna, cada vez más neurocientíficos difunden la roja alerta de sobrevivir en solitario. Pero también, sin catastrofismos ni posturas melodramáticas, enlistan opciones para volver de la soledad un atractivo espacio para el reencuentro interno y la autoprocuración de la salud integral. De los investigadores con más difusión sobre el tema destacan los libros y videoconferencias del argentino Facundo Manes, presidente de la “World Federation of Neurology Research Group on Aphasia, Dementia and Cognitive Disorders” y fundador de los Institutos de Neurología Cognitiva (INECO) y de Neurociencias de la “Fundación Favaloro”.

“‘La soledad puede ser tan mortal como un accidente cerebrovascular. Sentirse solo es un mecanismo biológico como tener hambre o sed, pero la diferencia está en que una persona puede comer o beber y se acaban sus problemas, pero no puede salir a la calle y gritar ‘¡Quiero tener amigos!’, explicó durante la presentación de su libro Usar el Cerebro (Paidós), en el que el experto propone a sus lectores conocer más a fondo sus propias mentes para poder llevar una vida mejor y más plena” (facundomanes.com).  Manes, contundente, va a la raíz. Para la soledad y su alto riesgo de nocividad, sugiere el primer antídoto. Reorientar la mirada consciente al interior de cada quien, por tormentoso que sea en un inicio. Su prescripción médica es clara: marcar las veces necesarias los números del teléfono interior hasta descubrir la más gratificante y leal de las compañías: la propia. Y de ahí en adelante, en la medida de lo humanamente posible, en medio de la selva posmoderna, ganar, ganar. Sanar, sanar. Llamar, llamar y llamar.

@RenataChapa

centrosimago@yahoo.com.mx


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