Vivimos en un país en el que todos tienen razón, en el que la tolerancia y la comprensión a los demás son cada vez más infrecuentes, y en el que el desprecio al voto y la opinión ajenos parecen la norma.
Esta semana las cosas no han mejorado. Las descalificaciones están a la orden del día, el tono de todos los actores políticos es cada vez más agresivo y estamos regresando a un punto de partida que algunos ilusos creíamos superado.
No pretendo ni me corresponde hacer un juicio acerca de la legalidad o legitimidad de las elecciones, pero sí poner en blanco y negro las dudas que me han surgido.
Vivimos una jornada electoral en la que las cosas se desarrollaron más o menos de acuerdo con las reglas del juego. Numerosas irregularidades, pero más bien producto del error humano o la trampa (o intento de trampa) aislada que de una maquinación perversa a nivel nacional. Las cifras están a la vista: los funcionarios de casilla, representantes de partidos y observadores electorales son ciudadanos a los que difícilmente podríamos imputar conspiración masiva.
Una vez que resultó imposible descalificar la jornada, la discusión se ha centrado en el gasto excesivo, la “manipulación” mediática, el manejo de las encuestas y la compra/coacción/inducción del voto.
Hay un error de origen: la legislación en México, aprobada por todos los partidos, crearon las condiciones para que se diera una contienda dispareja, en la que el peso específico de la publicidad encubierta, del dinero y de la manipulación de los votantes adquirieron un peso aun mayor al que estas deleznables prácticas tenían en el pasado.
El segundo error de origen es que todos los partidos incurrieron o intentaron al menos incurrir en las prácticas arriba señaladas. Unos con más dinero, influencia, o éxito, pero nadie está libre de culpa: no hay partido en México que pueda abrir sus manejos financieros al escrutinio de la sociedad, ya no digamos de la autoridad.
A mí no me gusta el sistema electoral mexicano, para nada. Lo he criticado abiertamente, creo que leyes y reglamentos son insuficientes, creo que el IFE hizo una muy pobre labor para comunicarnos a todos los mexicanos el cómo y los por qués de las reglas, y para generar confianza en el proceso.
Hubo abusos y excesos de todas las partes, y estoy convencido de que urge una nueva y definitiva reforma que cierre todos los agujeros de ésta, pero no me basta para descalificar todo el proceso del 2012. Los participantes conocían las reglas, los riesgos y las deficiencias, y aceptaron participar.
Finalmente, aun concediendo todas las deficiencias, no me parece lógico ni razonable que se pida la invalidación de una elección (la presidencial) dejando a un lado las demás. Tengo suficientes incomodidades con lo que todos hicieron como para aceptar que se repitiera el proceso todo, pero es incongruente que los quejosos sólo se fijen en la elección que perdieron.
Es momento de entender los agravios y de escuchar los argumentos de todos. Pero ya estuvo suave de sólo ver la compra en el ojo ajeno y no la despensa en el propio.
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