Somos famosos los mexicanos, aún entre nosotros mismos, por dejar las cosas para mañana. Pero esta vez sí importa. Si mañana dejamos para “mañana” (lunes, martes, noviembre,...) el reconocimiento de todo lo que ya sabemos con certeza, si dejamos para muchos “mañanas” el ejercicio del derecho que tenemos de hacer nuestra parte para salir de este caos nacional, de todos modos estaremos actuando.
México está ahogándose en el desempleo, la des-educación escolar, la corrupción, el nepotismo, la miseria que sí mata de hambre, la colonización económica, la sangre nacida de la violencia,... ahogándose en todo lo que nos afecta a todos. La macroeconomía, que va bien, no nos beneficia a todos.
Mañana puedes hacer algo: decidir y actuar. Decidir es el acto de la libertad. No tomar una decisión íntima, no pensar y juzgar con los propios parámetros y sin intervención externa, eso es ser libres. Lo opuesto, ser esclavos.
Al posponer una decisión, en realidad, tomamos una decisión: la de no decidir sobre un evento, el que sea. Si mañana fueras a votar sin saber realmente por qué votarás por un candidato y no por otro, estarás tomando la decisión de que otros decidan por ti. Quienes te hayan sembrado esa preferencia sin tu análisis, sin tu consentimiento, haciendo por ti el trabajo de pensar, saben que tu indecisión conduce a su impunidad.
¿Cuál es el problema central de México? ¿La violencia, la educación, la corrupción, el enriquecimiento ilícito, la manipulación de la sociedad? Hacemos leyes. Pero si se hacen dejando siempre una rendijita por la que los de siempre sigan saliéndose con la suya, o si de plano o no se cumplen, de nada sirven las leyes.
No se cumplen porque, de una manera o de otra, los infractores no son castigados. Ese es el problema básico, el que genera todos los demás: los monopolios, los contratos empobrecedores que firman los “servidores” públicos sobre lo que es de todos, los fraudes electorales, los topes rebasados en las campañas, todo es posible porque no se castiga a los infractores. Los jueces de nuestra Suprema Corte inventaron un dictamen que, si no fuera contra el pueblo, merecería un premio a la creatividad: “Hay responsabilidad imputable, pero no hay responsable”. Ese surrealismo dejó sin castigo a los Fox, Calderón, Echeverría y a algunos más.
Por supuesto que quienes han estado viviendo de los mexicanos, de nosotros (también tú), quienes dan 10 mil millones de dólares al Fondo Monetario Internacional para que declaren que nuestra economía va muy bien, quienes violan todos los preceptos que nos obligan a todos (también a ellos), lo que menos quieren es que desaparezca la impunidad.
No digo que seguir haciéndose como el Tío Lolo sea inútil, sino que es violentamente contraproducente. Un candidato sin iniciativa, ni memoria, ni cultura, ni otro apoyo que la campaña de mercado que le han armado para que luego obedezca a los de siempre, habla de una nueva forma de gobernar. Una candidata que pregona de que pondrá a Calderón Hinojosa de Procurador de ¡Justicia! (no quiere dejar sus juguetes de guerra), habla de un gobierno diferente. Ambos declaran de que es hora de cambiar de rumbo, pero sus hechos garantizan que no lo harán.
Cada decisión que tomamos cambia el desarrollo del resto de nuestra vida. Ninguna es reversible. Sexenio tras sexenio lo hemos comprobado. Cada vez que hemos permitido que la voluntad de unos poquísimos se imponga sobre los millones que somos, nos ha salido el tiro por la culata. El problema al que nos enfrentamos mañana es que, sinceramente, es difícil que el país aguante seis años más en este rumbo. El barranco al que nos dirigimos ya está peligrosamente cerca.
Todos los días tomamos decisiones, aunque sea la de posponerlas. Todos los días podemos cambiar el rumbo del resto de nuestra vida, cualquier día. Sobre todo mañana.
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