Como si se tratara del ensayo de una obra de teatro, los acontecimientos electorales del pasado domingo se fueron desarrollando uno tras otro: primero, la divulgación de los resultados de las encuestas de salida; enseguida, el apresurado reconocimiento de Josefina de los resultados adversos de la votación; luego, la difusión de los resultados del conteo rápido, en voz del Consejero Presidente del IFE; y casi inmediatamente después, la aceptación oficial de las tendencias electorales por el Presidente Felipe Calderón, así como su anticipada felicitación al contendiente electoral triunfador.
El cierre del telón, le correspondió a AMLO con su actitud de no aceptar los resultados de las encuestas de salida ni el conteo rápido del IFE. Y si bien es cierto, que en esta ocasión no fue un rechazo rotundo, de su declaración se desprende la previsible decisión de impugnar la elección presidencial. Lo cual, ya fue oficializado el día de ayer.
Ahora bien, en esta ocasión, corresponde destacar algunas de las frases vertidas por Peña Nieto, así como su correspondiente análisis, dada cuenta que existe la ‘duda razonable’ de que serán una de las tantas promesas de campaña que, muy seguramente, no se concretarán en el próximo sexenio.
La primera de ellas: “Es momento de alentar la reconciliación nacional y de ver hacia adelante, en plena normalidad democrática. Hoy los mexicanos han elegido una nueva alternancia… somos una nueva generación, no hay regreso al pasado”.
¿Reconciliación nacional? ¿De quiénes? ¿Entre quiénes? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Acaso la ‘década pérdida’ no fue consecuencia del chantaje político de esa nueva generación del priismo, que dice representar? ¿Qué debemos entender por ‘normalidad democrática’?
Y lo digo, sin ánimo de reproche, sino más bien de sana crítica; porque, ¿quien sería capaz de negar que algunas de las reformas estructurales que requiere con urgencia nuestro país, promovidas por los gobiernos panistas, fueron bloqueadas, reiteradamente, por la ‘oposición responsable’ del PRI?
Por otra parte, debo advertir a los lectores que la presente colaboración editorial (como otras tantas que habré de redactar para cuestionar y/o apoyar las acciones que se adopten al respecto) tiene sustento en el compromiso expresado por el propio Enrique Peña Nieto, en el sentido de que ejercerá una “Presidencia moderna, responsable, abierta a la crítica y dispuesta a tomar en cuenta a todos”.
Reza un dicho popular: “la burra no era arisca…” Y a mí no se me olvida el llamado “error de diciembre” (1994) que constituye para muchos la peor crisis económica en la historia de México, porque afectó seriamente las finanzas del Gobierno Federal y dejó en la miseria a millones de ciudadanos que se encontraban endeudados, ya sea con deudas en dólares; lo cual, materialmente, los imposibilitó para pagarlas.
No olvidemos que para los gobiernos priistas de antaño, la ‘normalidad democrática’ era sinónimo de opacidad, inestabilidad financiera, autoritarismo y paternalismo político.
Por último, cabe destacar la pretensión de Peña Nieto de que durante el tiempo que resta para asumir el poder, presentará los proyectos de las reformas estructurales que requiere nuestro país. En este tópico, resulta prudente concederle el beneficio de la duda, toda vez que su propuesta de gobierno (inserta en su libro “México, La Gran Esperanza: Un Estado Eficaz para una Democracia de Resultados”), refiere las siguientes:
a) Una reforma fiscal integral y en la transformación de Pemex a fin de obtener mayores recursos que permitan las grandes reformas; b) un proyecto integral de seguridad y justicia enfocado en disminuir la violencia y a profesionalizar y mejorar la eficacia del sistema de justicia; c) lograr un nuevo pacto social a fin de llegar al “Estado Eficaz” que permita esta libertad social; d) una reforma hacendaria integral guiada por cinco principios: ampliar la base tributaria, reducir al máximo las exenciones fiscales, simplificar el sistema fiscal, ejercer un gasto público eficaz y transparente, y redefinir las facultades tributarias entre los tres órdenes de gobierno.
En materia política, dudo que el virtual candidato electo se atreva a apoyar una reforma al Pacto Federal tendiente a incrementar el umbral mínimo al 5% para que los partidos políticos tengan acceso al financiamiento público; así como desterrar el dispendio de éste. Parodiando sus propias palabras, diría que “cualquier propuesta que no tenga un respaldo real de la ciudadanía, es demagogia pura”. Estaremos atentos.
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