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Sobrevive a ataque por cuestiones religiosas
Associated Press | 14 de Julio del 2012 | 17:55 hrs
 

Houston— Tenía 16 años y trabajaba como operadora en una diminuta oficina pública de llamadas en Pakistán, cuando entró un hombre y vio la cruz plateada que le colgaba al cuello.
Le preguntó tres veces: “¿eres cristiana?”
Julie Aftab contestó, “sí, señor”, las primeras dos y luego se sintió frustrada.
“¿Que no me oyó?” preguntó.
Discutieron, y el hombre abandonó repentinamente la oficinita, regresando 30 o 40 minutos después con una botella color turquesa. Aftab intentó bloquear el chorro del ácido, pero le derritió gran parte del lado derecho de su cara y la dejó con quemaduras que alcanzaron sus huesos en pecho y brazos. Corrió hacia la puerta, pero un segundo hombre la sujetó del cabello, y ambos le vertieron el ácido por la garganta, quemándole el esófago.
Diez años y 31 cirugías más tarde, Aftab estudia contabilidad en la Universidad de Houston y posee una melódica risa. Cuando llegó a Houston en el 2004 no hablaba nada de inglés, pero está decidida a hacer este mes su examen de ciudadanía.
Médicos de Houston han donado su tiempo para reconstruir cuidadosamente la mejilla, nariz y labio superior de Aftab, así como para cambiarle los párpados. Eventualmente, las cicatrices han pasado de un tono vino profundo a color café mocha.
Y, con el tiempo, dijo la mujer de 26 años, ha aprendido a perdonar.
“Estas personas, creo que me hicieron algo malo, pero me acercaron a Dios”, dijo Aftab. “Me ayudaron a cumplir mis sueños. Nunca me imaginé que pudiera ser la persona que soy hoy en día”.
Aftab nació en Faisalabad, Pakistán, como la mayor de los siete hijos de una familia cristiana de clase trabajadora.
Soñaba con ser doctora, pero a los 12 años abandonó la escuela para trabajar en una fábrica de costura cuando su padre, un chofer de autobús y el único sostén de la familia, se quebró la espalda durante un accidente. Luego de que la fábrica cerró cuando Aftab tenía 16, se colocó como operadora telefónica ayudando a la gente a hacer llamadas desde la pequeña oficina situada en el centro de la ciudad.
Era el 15 de junio del 2002, en la segunda semana de la joven en su nuevo trabajo, cuando el cliente distinguió la cruz plateada, regalo del padrino de Aftab. La usaba a pesar de saber que la identificaba como cristiana, diminuta minoría en el país de mayoría musulmán.
Cuando por fin pudo separarse de los hombres, con el ácido quemándole piel y garganta, salió corriendo por la calle. Mientras gritaba, los dientes se le cayeron y fueron a dar al suelo.
Una mujer la oyó gritar y le lanzó su velo para poder tocarla sin quemarse. La mujer llevó a Aftab a su casa y le echó agua. Eventualmente llegaron más personas y la trasladaron a un hospital.
Los vecinos sometieron a los dos hombres que la atacaron hasta que llegó la policía.
¿Por qué hicieron eso?, les preguntaron.
Dijeron que Aftab había insultado al islam, que había dicho que los musulmanes están viviendo en la oscuridad y van a ir al infierno.
La gente dijo que iba a incendiar el hospital si la atendían.
La policía dejó libres a los dos hombres, sin hacer siquiera el reporte oficial sobre el ataque hasta que los líderes cristianos se quejaron, dijo Aftab.
La familia de Aftab fue rechazada en un hospital, y luego en otro. Su madre rogó a un doctor de un tercer hospital que la atendiera, y él cedió.
Aftab no podía hablar ni mover los brazos. Los médicos dijeron que se le había quemado el 67 por ciento del esófago. Le faltaban un ojo y los párpados. Los dientes que le quedaban podían verse a través de la mejilla desaparecida. Los doctores pronosticaron que pronto moriría.
Aftab pasó un año en el hospital. Pero pronto se dio cuenta de que en su colonia era una paria. Perseguían a su familia, quemaron su casa.
Un obispo le consiguió tratamiento en el hospital Shriners de Houston.
Le dio un consejo antes de que partiera de Pakistán: “si los perdonas”, dijo, “sanarás sin medicinas. Puedes sanar de adentro para afuera”.
La familia que ofreció recibirla en su casa enseñó a leer y escribir a la tímida joven.
Aftab se inscribió en preparatoria y soportó cirugía tras cirugía. Atribuye a los médicos la esmerada reconstrucción de su cara, su cuello y orejas.
“Para mí, ellos me dieron una vida”, dijo
Ya dejó de vestirse toda de negro, y ahora se refiere a sus cicatrices como “mi joya, mi regalo de Dios”.
Aftab trabaja en Lowe’s por las mañanas y toma clases en la universidad en las tardes. Planea llegar a ser pastora, y recuda fondos para un refugio para niñas perseguidas en Pakistán.
“Dios me dio la vida por una razón”, dijo. “No quiero perderme ni un segundo”.
 



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El Diario de Chihuahua