Imaginario colectivo
Cuando Julio Aldama habla de su padre, el actor y director de la época de oro del cine mexicano don Julio Aldama (q.e.p.d), nos contagia de gozo. De risas. De imaginería. Pero también de esa nostalgia única que acompaña a los que sabemos qué significa haber despedido físicamente a nuestros papás.
Julio Aldama hijo fue mecido en la cuna de foros de cine, en numerosos sets naturales, entre directores, actrices, técnicos de iluminación, de sonido, extras. A sus diez años comenzó su trabajo en el cine. Fue “claquetero” en la película “Padre nuestro que estás en la tierra” que, precisamente, y a manera de augurio decisivo, fue dirigida por don Julio, su papá. Julio Aldama junior fue la persona en quien recayó la responsabilidad de decir en voz alta el número de escena y toma que se estaba filmando y luego, de dar el típico “clack” que suena cuando cierran las portezuelas de la claqueta cinematográfica.
Julio Aldama estudió la licenciatura en comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México. Con ello fortaleció su férrea vocación como defensor del cine mexicano y, de manera especial, del género western. Ha sido técnico, actor, guionista, director, productor en centenares de filmes que llevan el sello de “Hecho en México”. Su actual concepción del cine tiene décadas de experiencia como marco referencial.
Para Julio, el cine mexicano, pese a lo que muchos creen, se encuentra prácticamente muerto. “Son muchísimas las personas que quieren producir cine. Tienen un entusiasmo a prueba de balas, pero no conocen el camino a seguir para que su obra vaya más allá de la exposición casera. Es importante que quienes ya llevamos un camino recorrido en este negocio, al menos veamos algunas maneras de tener espacios de expresión para compartir lo que hemos tenido que pasar para difundir nuestro trabajo. Ellos y diferentes tipos de público merecen una guía más clara sobre lo que están produciendo”.
Lo enseñado en materia de preproducción, producción y posproducción cinematográfica en buena cantidad de aulas universitarias es un tema que también ocupa a Julio Aldama. “La historia recurrente es carreras que tiene que ver con el cine es la de un profesor que transmite conocimientos obtenidos en un libro y no de la práctica. Los estudiantes llevan a cabo una serie de ejercicios y con eso creen que saben principio y fin del cine. Egresan con esa idea y con una actitud de saberlo todo en materia del séptimo arte. Sin embargo, cuando esos mismos jóvenes ponen a prueba su entusiasmo y lo aprendido en las aulas, se dan un doloroso encontronazo con la realidad. Se desaniman bastante y lo que pudo haber sido una fructífera vocación en el cine se torna en amarga experiencia”.
Otro de los temas que Julio Aldama reclaca para quienes producen cine en México es el de las distribuidoras. “Si no tienes quien te distribuya tu trabajo, es literalmente imposible que vea la luz a nivel masivo. Las distribuidoras que se encuentran establecidas en nuestro país, la mayoría de ellas de origen extranjero, son demasiado selectivas. Obligan al interesado a pasar por un viacrucis bastante peculiar si es que quieren ganar una oportunidad. Existe lo típico, amiguismos, recomendados, dedazos, tratos preferenciales, negociaciones en lo oscurito. Esto provoca dos importantes problemas: que Estados Unidos siga coptando las carteleras a nivel nacional y que el cine hecho en México siga siendo aún más marginado. Una posible opción ante este panorama de suyo monopólico de las distribuidoras podría ser la producción de películas que traten temas que auguren bastante rentabilidad y que dichas obras cuenten con mercados emergentes como pude ser el hispano en el mismo Estados Unidos”.
A pesar de las adversidades, la trayectoria de Julio Aldama en el cine nacional ha dejado ya una huella. “No sé por qué, pero a mí me ha tocado estar en los lugares precisos con las personas precisas. Eso me ha ayudado mucho porque los personajes que he yo he querido interpretar y las historias que he escrito también las he podido producir con un significativo conocimiento de causa. Cuando quise interpretar a un boxeador, me tuve que subir al ring y para eso no tuve ningún problema porque me acerqué a los grandes para que me capacitaran, como fue el caso concreto de Rubén “El Púas” Olivares. Y cuando se trató de lucha libre, también me trepé al cuadrilátero para aprender de las leyendas y hasta tener el atrevimiento de luchar con ellos. Tuve mi máscara y mi propio traje de luchador. “Tinieblas” y “Mil máscaras” fueron dos de los grandes ídolos que me orientaron para aprender lo que debía de la lucha libre con la finalidad de llevarlo a la pantalla. Todo iba muy bien hasta el día en que prácticamente volé del ring a las filas de asientos del público y me reventé una rodilla. Eso fue el fin de mi carrera amateur en la lucha, pero no como cineasta. Siempre he sido y seré un aventurero. Mi pasión es meterme a fondo en mis personajes, en los escenarios que los cobijan, en los entornos que los ven crecer. Eso me ha ayudado, además, a escuchar al pueblo y a entender qué es lo que les gusta y no. Si de algo puedo presumir es que sé qué tipo de cine es rentable y cuál no, conforme a la realidad que manifiesta esta industria en México”.
Cuando Julio Aldama habla con tal certitud de su sensibilidad para conocer el gusto del público masivo en nuestro país, propone varios proyectos para potenciar la industria del cine.
“Estoy convencido de que el cine puede ser una valiosa alternativa si se lleva a los barrios, a los parques, a los ejidos, a las colonias violentas. Es un espacio de expresión válido y necesarísimo para el público de esos lugares. Mientras que el cine comercial es elitista y su oferta resulta costosa, los sesenta pesos de un boleto de entrada no cualquiera los puede pagar, el cine barrial bien puede ofrecerse a cinco pesos e intentar, así, el rescate de otras audiencias, las más numerosas, y luego, conforme se genera una cultura de atención al cine, se pueden ir diversificando los gustos”.
A pesar de las tantas adversidades en la industria del cine nacional, a Julio Aldama le fue enseñado a decir siempre que “sí se puede”. A trazarse metas, a visualizarlas en positivo y a dar todo por ello. “Mucho fue lo que mi padre me heredó con relación al cine nuestro, pero el cumplimiento de objetivos fue algo que me marcó y me sigue guiando hasta el día de hoy. Él me decía insistentemente que cuando terminaran sus días, su mayor anhelo era quedarse en el Popocatépetl. Y ésa, su meta, fue también la mía. Cuando el tristísimo día llegó y perdí la luz de mi muy amado papá, tomé sus cenizas y emprendí el camino. Me acuerdo que cuando llegué a la falda del volcán, lo veía extraordinariamente enorme. Pero no me rajé. Comencé a caminar. A caminar. Y a seguir caminando. Más de tres veces quise desisitir. Sólo quienes han estado cerca del Popo saben lo que digo en materia de la imponencia de este espacio. Sin embargo, cuando casi se me salía el corazón porque me faltaba el aire, tomaba con fuerza la urna que llevaba conmigo y recordaba el consejo de mi papá: jamás desistas. Tomaba más aire y seguía adelante. Cuando por fin estuve en la cima, y lo digo hoy con el mismo escalofrío que sentí entonces, no pude contener el llanto y dejé a mi padre donde él tanto quiso estar. Eso lo conseguí gracia a un inmenso amor y agradecimiento a sus enseñanzas. Por él y con su sabia ayuda, seguiré luchando por que el cine mexicano sea fortalecido, respetado y a todos, como a mí, nos colme de satisfacciones”.
centrosimago@yahoo.com.mx
@RenataChapa
|
|
Seguir a @diariochihuahua |







