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Delicias

CONFLICTOS ELECTORALES HISTÓRICOS

Mizael Sánchez Barajas | Domingo 15 Abril 2018 | 14:08 hrs

 

CONFLICTOS ELECTORALES HISTÓRICOS

“Los malos ejemplos son más dañinos que los crímenes”.

Montesquieu.

La memoria histórica nos acusa a los mexicanos de amnesia y falta de sensibilidad para aprender sobre amargas y dolorosas experiencias pasadas, que llevaron al país en distintas épocas a la confrontación, la guerra civil, el encono y la bancarrota nacional; nada nuevo en esta tierra de desasosiego y frustración (por lo menos para la mayoría de la gente).

Los conflictos electorales han sido la constante en el devenir de la historia patria; el siglo XIX fue una fuente inagotable de luchas intestinas; primero entre españoles peninsulares y criollos, posteriormente la contienda se trasladó a liberales y conservadores hasta bien entrada esa primer centuria de independencia; se transitó al periodo porfirista, prevaleciendo un gobierno de iluminados terrenales denominados los científicos, en tanto, la oposición liberal deambulaba en la clandestinidad y el destierro hasta la primera década del pasado siglo; el germen revolucionario aglutinó al inicio del movimiento armado de 1910, tanto a liberales republicanos como a conservadores, afines al antiguo régimen, ahora enquistados en las huestes revolucionarias (Madero y Carranza por citar a los más emblemáticos).

Llegada la corriente revolucionaria de 1910, los conflictos electorales afloraron en el escenario político nacional, surgiendo corrientes francamente liberales encabezadas por los Flores Magón, Luís Cabrera, Soto y Gama; los caudillistas fueron abanderados por Villa en el norte y Zapata en el centro-sur; por parte de los antirreelecccionistas se formaban Madero y Carranza, sin que faltara el ingrediente militar encabezado por Victoriano Huerta y Félix Díaz; excelente coctel molotov para arrastrar al país a un estallido belicoso que costó la vida de un millón de mexicanos; los conflictos electorales en las primeras dos décadas de revolución se resolvieron con golpes de estado, asonadas, cuartelazos, ejecuciones sumarias; de proceso civilizado, que no democrático pudiéramos mencionar la Convención de Aguascalientes y el Congreso Constituyente de 1917; la revolución mexicana hecha a sangre y fuego, traiciones, alejadas de la emisión del sufragio enmarcado en un ambiente democrático civilizado, sustentado en el estado de derecho y materializado por instituciones públicas; quienes gestionaron la vida pública nacional fueron los hombres fuertes, desde Carranza hasta Lázaro Cárdenas, pasando por Obregón y Calles (de triste recuerdo con eso de la fundación del PNR).

Los conflictos electorales han sido la constante en la pobre vida democrática de este país; a partir de Cárdenas, en 1940, la sucesión presidencial se ha desarrollado sin violencia, pero sí con crispaciones soterradas entre los factores reales de poder; Cárdenas pretendía heredar el poder a Francisco J. Mújica; los poderosos se impusieron con la candidatura de Manuel Ávila Camacho; Andrew Almazán y Enríquez Guzmán no pudieron acceder a la silla presidencial que ocuparon Miguel Alemán y Adolfo Ruíz Cortines; lo ocurrido en esas sucesiones no constituyeron conflictos electorales al interior de PRM y PRI, sino purgas y negociaciones palaciegas dirimidas por los poderes fácticos, dígase capital, militares y clero católico, sin faltar desde luego, el beneplácito y la bendición de Washington.

En los últimos sesenta años, las elecciones presidenciales se dirimieron por la vía de las elecciones; a partir de 1988, las urnas fueron vulneradas por el régimen priista con la complacencia y conveniencia de los opositores del Frente Democrático, que transitó con el paso de los años y sexenios al PRD y su trasmutación a Morena.

Posicionados en el 2018, parece vislumbrarse un escenario, si no propicio, si necesario para elegir una opción política distanciada del sistema político que llevó las riendas del país más de ochenta años; el candidato oficial no despierta inquietudes y menos motivación en la gente; el candidato conservador pudiera ser la carta fuerte del anquilosado sistema, que finalmente no ata ni desata (lenguaje coloquial aplicable a la realidad).

Generar conflictos electorales desde la presidencia de la República, sería una sentencia funesta para el país, aún y cuando el triunfador puede ser un opositor acérrimo al sistema; los conflictos electorales enrarecen el ambiente y no abona al clima democrático que debe prevalecer en el ámbito de las instituciones.

Mizael Sánchez Barajas.

 

 

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