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Deportes

El Barcelona vive por Messi

Tomada de El País | Sábado 15 Abril 2017 | 15:09 hrs

Agencias |

 

Barcelona.- A Leo Messi nunca le definirán sus palabras. Pero sí sus gestos. Cada vez que se daba la vuelta para ver lo que acontecía a su espalda, no podía más que poner los brazos en jarra y bajar la cabeza. Toda genialidad suya en el frente ofensivo venía acompañada de ese vulgar proceder con el que el Barcelona de Luis Enrique defiende su portería. ¿Se imaginan a Michael Jordan implorando a Harper, Pippen o Rodman que no despreciaran sus gestas? Suficiente hace Messi con conservar el ansia competitiva.

Ese Barcelona que se limita a correr con la lengua fuera por la Liga y al que se le exige remontar el próximo miércoles un 3-0 frente a la Juventus sólo encuentra argumentos en el caos. Frente al PSG, ese guión tan extremista le salió de fábula. Aunque a un equipo serio y con aspiraciones a conquistar títulos se le debería exigir una autoridad que Luis Enrique anda muy lejos de conseguir. Para muestra, el primer acto ante la Real Sociedad. Los azulgranas tomaron hasta tres goles gracias a la rabia de Messi y al notable encuentro de un Alcácer que reclama el puesto del sancionado Neymar en el Bernabéu. Mientras, los de Eusebio Sacristán, además de apuntarse dos tantos ante las alegrías defensivas de los locales, vieron cómo Oyarzabal se quedaba a un palmo de conseguir dos más. Una se la sacó Piqué bajo palos, y la otra, pese a rematar el jovenzuelo a un metro de la portería, la atrapó Ter Stegen.

La debacle de Turín invitaba a que Luis Enrique reaccionara, pese a que el técnico, orgulloso él, nunca se equivoque. El 3-4-3 volvió al baúl y el entrenador recuperó la ortodoxia del 4-3-3. Jordi Alba volvía al lateral izquierdo, André Gomes retomaba el camino de la indiferencia en ese puesto de titular que Andrés Iniesta deja cada tres días. Así, la única novedad relevante de la noche fue ver a Alcácer como falso extremo zurdo. Visto el resultado, su puesto en el clásico parece asegurado.

Ocho meses después, Alcácer parece haber perdido por fin el miedo al Camp Nou. Ya no paga las malas decisiones, sino que se crece, pide el balón y vuelve a intentarlo. Todo lo contrario que André Gomes, aterrorizado en toda maniobra con aroma a capital, incapaz siquiera de controlar al primer toque o de armar un disparo en el interior del área.

Venía esa estética Real Sociedad que tanto mima Eusebio Sacristán de errar un par de tantos cuando Alcácer encontró la luz tras el túnel. Logró colar la pelota entre las piernas de Navas para que fuera Suárez quien diera continuidad. Una vez el cuerpo llegó a los dominios de Messi, sólo hubo que esperar a que el argentino desatara toda su furia con un zurdazo imposible para Rulli. Ese disparo desde los 23 metros debía llevar consigo una liberación grupal. No fue así.

Y eso que Messi no iba a cerrar el primer actual sin alcanzar su segundo gol. Otra vez, tras la intervención de Alcácer -intuitivo en el tacón- y de Luis Suárez, a quien Rulli sacó un primer disparo tras la mala defensa de Zaldua.

Como tantas otras noches, era la pegada la que definía al Barcelona. Alcácer, de hecho, debía haber cerrado el entuerto con un gol que Messi vio antes que nadie. El juego de combinación, sin embargo, no ofrecía rédito alguno ante la presión donostiarra que ordenaba con tino Illarra. El área de Rulli se difuminaba en el horizonte. Y ante cada pérdida, el tembleque. No hubo más que ver cómo Iñigo Martínez se deshacía de André Gomes en el primer gol de la Real, que acabó por colarse Umtiti en propia meta. O la tranquilidad con la que Xabi Prieto encontró el 3-2. Nadie opuso resistencia ni a su avance ni a su delicioso golpeo tras un centro de Willian José.

Quizá no haya nadie más consciente de sus limitaciones que los propios futbolistas del Barcelona. Su comportamiento del segundo tiempo así lo evidenció, sin ánimo alguno de correr riesgos y sólo pendiente de retener la hoja de una guillotina que Yuri a punto estuvo de hacer caer en el ocaso. A estas alturas, a los de Luis Enrique ya les sobra con mantener intacto un día más el pescuezo.

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