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Espectaculos

RHCP se lleva la tercera noche del Lollapalooza

Excélsior | Lunes 01 Agosto 2016 | 08:41 hrs

Agencias |

Chicago.- ¿Cuándo es la edad necesaria para comenzar a ser fanático de la música? ¿Cuándo se considera que alguien es rockero? La respuesta en Grand Park podría ser “lo antes posible”.

Y es que, en la tercera jornada de esta edición de aniversario del Festival Lollapalooza, los niños son protagonistas. Contra la idea de que un concierto de rock es agresivo o violento, las nuevas generaciones de asistentes —y los organizadores— de este tipo de festivales han visto en la asistencia infantil un camino adecuado y acertado para adentrar a las generaciones más jóvenes al género.

Por ello, los pasillos y centros de reunión de esta edición de Lolla tienen infantes de diversas edades, predominantemente bebés que se mueven, saltan y son seducidos por el espectáculo de luz y sonido de las bandas seleccionadas.

Nothing But Thieves es una de ellas, de las primeras en tocar en esta jornada. Energía y actitud para iniciar las cosas y, sí, vaya forma.

Viejos conocidos son Chairlift, quienes aún no superan el empujón que, hace casi una década, les dio Steve Jobs cuando seleccionó una de sus canciones para los anuncios de iPod. Caso parecido los X Ambassadors que resuenan a comercial, con todo y Tom Morello.

La cosa cambia a medida que atardece. El Rhytm and Blues propone y convoca a miles para un uno-dos singular. Nathaniel Rateliff demuestra su idea de manera sorprendente. Ataca y convence. Deja la vara muy alta para Leon Bridges que, en un movimiento, la supera y conmueve. La intensidad acaba con Chris Stapleton. Genio y figura hasta la sepultura, pero la voz o falla o reafirma la expectativa. Stapleton hace lo segundo y hace admirarlo.

Jack Garrat es hombre orquesta: canta y toca batería y teclados de manera individual, casi egoísta para no compartir el aplauso. Garrat se basa en la tecnología pero, obvio, primero en su talento. Múltiple, generoso.

Caso contrario a Frankie. Fanática de los éxitos de los noventas, se adentra a lo peor de la época y rehace a Hanson sin éxito y sin futuro. Un poco de vergüenza que eso suene en Lollapalooza cuando, 25 años antes, comenzaron a rodar para combatirlo.

Si no puedes vencerlos, úneteles, parece el lema que Perry Farrel supo leer y carcajearse de sus detractores; 25 años después, su banda está en el escenario de su festival. Jane’s Addiction llena de feromonas el ambiente donde, vestido en color palo de rosa, Farrel se ríe del pasado desafortunado y anuncia —cierto— un nuevo festival que despegue de la historia de Lollapalooza. La agrupación se añade hits con Morello y Jimmy Chamberlin, de calabazo pasado.

A propósito, Farrel ha renegado —vaya hora— del escenario Perry’s, especializado en música electrónica y, más específicamente, en EDM. El músico desprecia el género por barato y desechable. Tiene razón, en Chicago —cuna del house— el EDM suena hasta grosero. No obstante, el escenario siempre está lleno, atiborrado, con una audiencia poco sofisticada, pero que busca pura diversión.

Aun así, habrá quien falle. Hardwell patina en el Perry’s y deseará estar en otra situación para un futuro. Mala tarde.

Two Door Cinema Club cumple a secas, toca y se acabó. Su apuesta en Vive Latino tuvo mejor recibimiento y entrada que la de este día en Estados Unidos. Probablemente, la variedad ha matado su naturalidad.

El final de la jornada se acerca con Grimes. La cantante Claire Elize Boucher se deja llevar por su propuesta de vanguardia, pero su intensidad —a la Björk pero más acá— la hace desconectarse del público. Explicaciones sobre su rebeldía hacia lo exacto y su viaje hasta el Ave María no le dictan mejores resultados. De hecho, logra tener una presencia interesante más por la audiencia que se acomoda para el siguiente acto que por méritos propios.

Red Hot Chili Peppers estrena disco y guitarrista. Frusciante quedó en el pasado y muchos de los seguidores tienen la duda si el reemplazo podrá llenar el hueco. Klinghoffer sigue la regla pero no la leyenda. Eso hace que la banda tenga una actuación larga, esperada y coreada, pero regular. No se puede jugar con la historia y eso lo entiende más el público que Flea.

Aun así, los niños atiborran la zona. Con audífonos y sin ellos, en carriolas o los brazos de sus padres. Algunos más, en los hombros para no perder detalle. Camino, sin duda, a nuevos gustos musicales. Aplausos.

Del otro lado, Disclosure batalla ante el peso de la ciudad y su música. Los millennials bailan y se divierten con la banda y ambos discos, pero no pasa de ahí. Sábado tibio, como la temperatura.

Para mañana, cuarto y último día de la celebración de aniversario, el plato fuerte —de hecho, de todo el festival— es la banda de un individuo llamado James Murphy que se fue hace pocos años por hartazgo y, ahora, regresan a ver qué más pueden hacer. LCD Soundsystem llega a Lollapalooza para cerrar el festival.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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