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Internacional

Guerra de traficantes causa matanzas en penales brasileños

Associated Press | Miércoles 22 Febrero 2017 | 11:41 hrs

Agencias |

Brasil.- Poco después de la medianoche en la víspera de año nuevo, cientos de reos observaron fuegos artificiales desde el patio de la prisión de Manaus, pagados por capos de bandas que dominan el sistema carcelario.

La fiesta continuó hasta el día siguiente y los reos festejaron con sus esposas y novias. Pero de repente los guardias notaron algo raro: Los presos les pedían a sus amigos y parientes que se fuesen. "Ya está bien. Váyanse", les oyeron decir. El ultimo visitante salió a las 16.09 (poco después de las cuatro de la tarde) del 1ro de enero.

Lo que pasó después va más allá de cualquier desastre imaginable, una ola de extrema brutalidad que desnudó las fallas del sistema carcelario brasileño y una guerra entre bandas que generó el peor baño de sangre que registra una cárcel brasileña en 25 años.

La Associated Press logró acceso exclusivo al Complexo Penitenciario Anisio Jobim. Lo que sigue se basa en esa visita, en imágenes difundidas por los reos en teléfonos celulares, en informes forenses conseguidos por la AP y en más de una docena de entrevistas con familiares de las víctimas, funcionarios, abogados, guardias, jueces, directores de prisiones e investigadores.

"Fue algo sin precedentes", afirmó Carlos Procopio dos Reis, a cargo de la unidad de médicos forenses de Manaus. "Todavía sueño que estoy en un camión tirando cabezas humanas para que las ataje la gente".

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Conocida por su acrónimo en portugués, Compaj, la cárcel de Manaus se adentra en la jungla amazónica. Las familias deben hacer viajes en autobús de al menos una hora para llegar al aislado penal. Tiene capacidad para 592 reos, pero albergaba a 1.224 el día de año nuevo.

Manaus es una ciudad violenta de 2 millones de habitantes, punto de ingreso a la Amazonia y centro importante del comercio de drogas en el norte de Brasil. Las drogas llegan desde Perú y Colombia por el río Solimoes y siguen rumbo a Belem, un puerto sobre el Atlántico. El control de esa vía da acceso al lucrativo mercado europeo.

Desde prisiones como Compaj de todo el país, los líderes de las principales bandas dirigen un negocio enorme. Por años, las bandas brasileñas respetaron un pacto de no agresión. Pero esa tregua se rompió en octubre, por razones que los expertos todavía no tienen muy claras, y eso dio paso a las rebeliones en varias cárceles. Al menos 130 reos fueron asesinados en distintos penales desde el 1ro de enero.

En el complejo carcelario de Manaus reinó la algarabía en los festejos de año nuevo y los reclusos bailaron con sus esposas y novias al ritmo de música funk rodeados de muros de seis metros (20 pies). Al día siguiente, cuando todos los visitantes ya se habían ido, hubo momentos de tensión al llegar la hora de encerrar nuevamente a los reos.

Eso nunca pasó. Reclusos ligados a la banda Familia del Norte rodearon a un guardia y lo tomaron como rehén, colocándole una navaja en el cuello. Acto seguido dejaron saber cuáles eran sus intenciones: deshacerse de todos los miembros del PCC, como se conoce a su principal rival, el Primer Comando de la Capital.

"Sacaremos a patadas a todo líder del PCC", gritó un reo de la Familia del Norte hacia una de las cámaras de Compaj.

Ese fue uno de los últimos momentos captados por las cámaras del sistema de seguridad del penal. Poco después los reos comenzaron a destruir las cámaras y tomaron el control de la prisión. "Es toda nuestra", gritó uno.

Los únicos relatos de lo que sucedió después son de testigos e imágenes captadas por los teléfonos celulares que habían sido ingresados a escondidas.

La Familia del Norte actuó con rapidez. Armados con navajas, punzones e incluso algunas pistolas, los reclusos llevaron al primer rehén al patio interior. Allí tomaron como rehenes a 14 guardias más y otro personal, incluidos un cocinero y una enfermera. Las autoridades dicen que los reclusos ingresaron revólveres y navajas a través de túneles y tal vez de agujeros en las paredes.

Si bien el principal objetivo era la banda rival, los alzados también querían ajustar cuentas con el ex policía Moacir Jorge Pessoa da Costa, que estaba preso por matar a traficantes. A las 16.17, los alzados anunciaron que Costa sería la primera víctima.

Los reos querían decapitarlo y descuartizarlo, pero les costó romper el candado de su celda. Optaron entonces por prenderle fuego a un colchón desde afuera de la celda y quemarlo vivo. Violadores del mismo pabellón corrieron la misma suerte.

A las 16.30 los presos de la Familia del Norte ingresaron al sector donde estaban alojados los miembros del PCC.

"¡Vai morrer!", gritaron frente a una celda con capacidad para ocho personas pero que alojaba al menos a 27. "¡Vas a morir!".

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La batalla entre la Familia del Norte y el PCC gira en torno a las rutas de la droga en el norte de Brasil. La disputa se agravó el año pasado, cuando la Familia del Norte se asoció con el Comando Vermelho de Río de Janeiro, la segunda banda más grande de Brasil. Esa alianza se refleja en pintadas de algunos muros del Compaj, que muestran los acrónimos FDN y CV.

Del otro lado de la contienda está el poderoso Primer Comando, basado en Sao Paulo y que es la banda más rica y organizada del país. El PCC tiene su origen en la matanza más grande jamás ocurrida en un centro carcelario de Brasil, cuando la policía militar mató a al menos 111 reclusos al sofocar una rebelión en 1992. La banda se ha estado expandiendo hacia el norte y ahora quiere sacarle el control del río Solimoes a sus rivales.

Los líderes locales de la Familia del Norte --gente con apodos como "Maraba", "Caroco", "Demetrio", "Garrote", "Rivellino" y "Maguila"-- dirigieron el ataque. Las autoridades todavía no saben si la matanza fue ordenada desde afuera por los capos máximos de la banda, que están recluidos en cárceles de máxima seguridad lejos de Manaus.

Atocigados en sus celdas, muchos reos del PCC no tenían adónde escapar ni recursos para resistir el ataque. En los siguientes 15 minutos varios fueron baleados y/o apuñalados. Los gritos de terror y de dolor se escucharon en todo el penal.

Algunos miembros del PCC lograron esconderse en el techo de sus celdas. Al menos tres saltaron a las alcantarillas y pasaron medio día bañados en excrementos y orina. Un grupo de reclusos evangélicos imploró a los alzados que dejasen de matar gente, pero estaban encerrados en sus celdas.

Ningún guardia trató de intervenir, ya que varios habían sido tomados como rehenes. Pero el penal fue rodeado por una unidad especial de la policía para evitar que los reos se escapasen por un agujero en las paredes.

En los 30 minutos siguientes, con la policía parada afuera, los alzados arrastraron decenas de cadáveres hacia un sector denominado Pabellón 3. Miembros de la Familia del Norte y otro reos obligados a colaborar comenzaron a cortar cabezas. Cuando terminaron, había 39 cabezas en el piso.

También tiraron otros miembros, incluso de cadáveres que estaban carbonizados. Sacaron 13 ojos y dos corazones, y los usaron para aterrorizar a los demás. Un guardia fue obligado a comer un globo ocular. Una travesti fue obligada a morder un corazón. Mientras lo hacía, vomitó.

Mientras tanto, los presos usaron sus teléfonos celulares para tomar fotos y filmar videos de ellos mismos con la bandera de la Familia del Norte de fondo. En determinado momento aparece un cuerpo decapitado. En otro, un reo levanta la mano de un muerto y mirando a la cámara dice, "está saludando".

Pero la Familia del Norte no se daba por satisfecha. Había otros 200 miembros del PCC en otros sectores del penal.

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Las negociaciones comenzaron a las 18.30 (seis y media de la tarde), cuando activistas de los derechos humanos y el abogado Epitacio Almeida, que conocía a la mayoría de los reos por sus nombres, les hablaron por una radio. Las conversaciones se complicaron cuando los reos le dispararon a un policía en un brazo.

Hacia las 18.45 fueron liberados los primeros rehenes para que recibiesen atención médica. A las nueve de la noche la policía antimotines le disparó a unos 225 reclusos que intentaron escapar, algunos trepando paredes. No está claro cuántos murieron. Familiares y guardias del penal creen que todavía debe haber cadáveres en la selva, no muy lejos del penal.

El secretario de seguridad pública del Amazonas Sergio Fontes llamó al juez estatal Luis Carlos Valois para que haga de mediador y le dio un chaleco a prueba de balas. A las diez de la noche, los dos pasaron entre decenas de desesperados familiares frente al portón principal del penal para negociar por radio.

En un gesto de buena voluntad, los reos liberaron a tres rehenes. Pero todavía no había solución a la vista.

"Se podía cortar la tensión en el aire con una navaja", dijo el guardia y líder sindical Rocinaldo Silva. "Temíamos por nuestros colegas de adentro, pero también que otros penales enfrentasen el mismo problema tras oír las noticias".

Fontes y Valois necesitaban rueunirse con los líderes de la Familia del Norte cara a cara. Les tomó tres horas, pero a la una de la mañana aparecieron "Maraba" y "Maguila" con una lista de demandas.

A esa altura, el olor de decenas de cadáveres invadía todo el complejo. Los reos pidieron que personal de la unidad forense se llevasen las cabezas y miembros que había en el piso. Se usaron los mismos carros donde se lleva la comida para sacar los restos.

A las tres de la mañana, después de una ronda de negociaciones que Fontes describió como "surrealistas", se llegó a un acuerdo. Los reos negociaron visitas regulares de familiares y novias, tiempo afuera de las celdas y que se llevasen los cadáveres. A cambio liberarían los 12 rehenes que conservaban y entregarían armas y teléfonos celulares.

Cuando Valois les dijo a los líderes de la rebelión que no podía evitar el ingreso de la policía antimotines ni transferencias futuras a otros penales, los reos se molestaron. El juez y el secretario de seguridad pública se pusieron firmes y dijeron que si no se ponía fin de inmediato al alzamiento, la policía lo sofocaría por la fuerza.

Alrededor de las siete de la mañana llegaron a la oficina del médico forense, en el centro de Manaus, las primeras 39 cabezas. En total fueron asesinados 57 reos. Temiendo lo peor, decenas de familias de amontonaron frente al edificio.

A las siete y media, más de 15 horas después de que comenzase la rebelión, fueron liberados los últimos rehenes. Sobrevivientes que se habían escondido comenzaron a asomar sus cabezas.

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La matanza devastó numerosas familias. A María Angelina Muniz le mataron dos hijos en Compaj, Antonio, de 20 años, y Antony, de 27, quienes llevaban diez días presos. Antonio por robo y Antony por tráfico de drogas. Ninguno de los dos había sido juzgado.

Muniz dijo que su familia le ha impedido conocer los detalles de sus muertes. Los féretros estuvieron cerrados durante el funeral.

"Sabíamos que estaban en deuda con la sociedad, y la estaban pagando", dijo Muniz. "Pero ahora mi vida ha sido destruida por esta guerra".

Diecisiete reos fueron juzgados y enviados a cárceles federales de máxima seguridad. El director del penal José Carvalho da Silva, que se sospecha permitió el ingreso de armas y teléfonos a cambio de dinero, perdió su puesto. Da Silva niega haber cometido irregularidad alguna.

El ex secretario de prisiones del Amazonas Pedro Florencio, un respetado policía federal retirado, fue también despedido porque la matanza ocurrió bajo su gestión.

"Todavía cierro los ojos y veo partes de cadáveres de reos por todos lados", declaró Florencio. "Para mí, el día de año nuevo jamás terminará".

Días después de la matanza estallaron alzamientos parecidos aunque de menor escala en otros penales del norte. Y es previsible que las matanzas continúen.

Hablando con la AP a través de activistas de los derechos humanos, reos de la Familia del Norte dijeron que una canción reciente describe lo que hicieron y asegura que no han terminado. Indicaron que le enviaron la letra a un artista de música funk, que colgó la canción en YouTube.

"La Familia del Norte está ganando fuerza", dice el tema. "No tenemos la menor duda de que esta guerra apenas empieza".

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