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Violencia 'Mara' los obliga a huir

Salud Ochoa/El Diario | Miércoles 19 Julio 2017 | 10:00 hrs

Francisco López/El Diario |

Chihuahua.- Sentados, bajo el abrigo de un árbol que espera las primeras lluvias del verano chihuahuense, Martín y sus cuatro hijos esperan también. No saben si la espera es por el siguiente tren  o por una oportunidad que el destino les dé para continuar su vida.

En casi 70 días han recorrido más de 3 mil kilómetros desde el municipio Lourdes Colón del Departamento La Libertad en El Salvador hasta Chihuahua, a donde llegaron el pasado 13 de julio.

Martín y sus hijos Elías, Benahías, Gabriel y Josué –de 14, 13, 12 y 11 años de edad respectivamente- vivían en uno de los diversos cantones de La Libertad, donde el padre tenía un trabajo fijo en el área de mantenimiento en un almacén y a pesar de haberse quedado como único encargado de la familia, iban saliendo adelante.

“Hace cuatro años la madre de mis hijos nos abandonó y lo mismo hicieron sus abuelos. Nos dejaron solos y tuve que enfrentar la vida así. Lo hice y estaba sacando a mis hijos adelante”.

Sin embargo, fue la mano de la violencia y la fuerza “Mara” la que obligó a este hombre a tomar la decisión de abandonarlo todo y emigrar hacia el norte desconocido, sin rumbo definido ni apoyo alguno. Nadie se quedó atrás pero tampoco nadie los espera en alguna parte.

“Los Maras significan la muerte. Las pandillas reclutan a los niños y jóvenes para delinquir y si no quieres, te matan. A mis hijos mayores los intentaron reclutar pero no aceptaron, por eso tuvimos que irnos para que no les pasara nada. Emigrar o morir eran nuestras opciones. Opté por irnos porque quiero que ellos tengan una oportunidad de vida, son unos niños apenas”.

En mayo pasado, en la soledad de su casa en el pequeño poblado que apenas suma 84 kilómetros cuadrados, Martín tomó la decisión de marcharse llevándose a los menores a través de tierras de El Salvador, Guatemala y México con la esperanza de llegar a la frontera estadounidense y la confianza de que alguien los ayudará.

“No sabemos a dónde vamos, solo queremos cruzar, conseguir un trabajo y hacer una vida”.

El peregrinar de esta familia empezó en Colón, a 19 kilómetros de San Salvador. De allí partieron a Guatemala y luego al norte. No se dirigieron a Chiapas sino a Tabasco donde lograron ingresar a México. Los primeros pasos estaban dados pero faltaban aún muchos kilómetros que recorrer.

Fueron luego a Veracruz y de allí a Puebla, pasaron por estación “lechería”, Querétaro, y San Luis Potosí. Siempre montados en el tren y amarrados a este con una soga para evitar caerse.

Al llegar a Saltillo se toparon con la misma pesadilla “Mara” que los obligó a huir, amenazándolos de nueva cuenta con llevarse a los menores, solo que ahora en una tierra extraña y con el mote de “migrantes” en el pecho.

“Me dijeron que por qué yo viajaba con tantos niños, que si era un coyote o qué. Querían llevárselos pero los enfrenté y les dije que sabía que eran “mareros” y que no me los iban a quitar porque son mis hijos y no los voy a dejar”.

La urgencia y el desconocimiento los desvió a Monterrey donde se dieron cuenta que debían gresar al noroeste para poder llegar a Juárez, la frontera que durante meses han imaginado. Tomaron rumbo a Torreón y finalmente entraron a Chihuahua por Jiménez.

El recorrido se hacía menor pero el peligro no. Todos lo saben y se mantienen unidos.

“Sí es peligroso para ellos porque están más chicos, yo como quiera”, dice Martín y pregunta cuál es el punto fronterizo menos peligroso para cruzar a ese “otro lado” lejano e impreciso, donde los billetes verdes abundan y los sueños no siempre se cumplen.



La espera continúa y mientras beben agua y comen algo de pan, hablan de sus anhelos y sueños que aún se reflejan en las miradas infantiles. Elías dice que de grande quiere ser profesor, Benahías mecánico, Gabriel albañil y Josué abogado. Martín mira distinto, solo quiere llegar a algún lugar seguro. En Chihuahua tampoco los hay.

“Nos dijeron que fuéramos abajo del puente porque allí llevan comida y ayuda a los migrantes, pero llegamos y había grupos de personas que no parecían de fiar. No se veían bien pues, me dio miedo que les hicieran algo a mis hijos por eso mejor nos fuimos de allí”.

El clima de Chihuahua da una tregua a la familia, el calor disminuye un poco y aparecen las primeras nubes del día. Josué se preocupa porque necesita ir al baño y en el crucero no hay nada más que las vías, el asfalto y decenas de vehículos circulando.

“No quiero que me vean”, dice a su padre al oído.

Los otros, los oídos externos, permanecen sordos a una realidad avasallante en la que los  niños son los que más sufren.

La lluvia empieza a caer, Martín y sus hijos se despiden, tienen que  buscar un sitio donde refugiarse.



-Casi el 50% de los niños migrantes salen de su país por motivos de violencia

-Urge CNDH protección a menores migrantes ante violencia y desigualdad que les obliga a abandonar sus países de origen

De acuerdo con estudios realizados por la Comisión Nacional de Derechos Humanos –CNDH-  el 48 por ciento de los menores en contexto de migración que cruzan México rumbo a Estados Unidos, lo hacen por motivos de violencia; el 29% por razones económicas, desigualdad social y pobreza, y el 23 por ciento restante porque intentan reunirse con su familia. La mayoría de esos migrantes tienen edades entre los 12 y 17 años.

La estadística indica que en 2014 fueron detenidos en territorio mexicano 10 mil 943 menores de edad en condición de migración; en 2015 la cifra ascendió  a 20 mil 368, en 2016 se registraron 17 mil, y hasta el 31 de mayo del año en curso se habían registrado 2 mil 652.

Edgar Corzo Sosa, Quinto visitador de la CNDH señaló que el flujo migratorio de los niños se ha sostenido en los últimos años por lo que hizo un llamado a reconocer la obligación  de las instituciones de los Estados nacionales para asegurar que a las niñas, niños y adolescentes migrantes se les proporcionen cuidados, y asistencia especiales, fundamentales para su protección, desarrollo y supervivencia.

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