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Nacional

Madres, crean y educan

Excélsior | Martes 10 Mayo 2016 | 07:09 hrs

Agencias |

Ciudad de México.- “La bendición de tener un hijo no frena ni el éxito ni la realización de ninguna mujer, al contrario, lo fortalece y enriquece y eso nos permite seguir adelante”, afirma sin dudar la bailarina mexicana Elisa Carrillo Cabrera.



La primera bailarina de ballet de la Ópera de Berlín (Staatsballet Berlín), quien considera que la maternidad “es la mayor bendición que Dios y la vida nos da a las mujeres”, se acaba de estrenar como madre de la pequeña Maya Elisa Kaniskina Carrillo el pasado 16 de abril.

Orgullosa y feliz, la egresada de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBA y de The English National Ballet School, de Londres, comenta vía correo electrónico desde Berlín que ninguna profesionista debe temerle a la maternidad.

“La maternidad no sólo nos permite realizarnos biológicamente para dejar descendencia, sino también desarrollar sensaciones y sentimientos que sólo se expresan y los percibes cuando tienes un hijo o adoptas uno. Es cierto que implica mucha responsabilidad porque, aunque leas mucho, en el momento en que tu hijo tiene algún problema de salud te bloqueas y no sabes qué hacer; pero, vale la pena ser madre, claro, si eso es uno de tus sueños”, agrega.

Para la primera mexicana en alcanzar en Europa el nivel de Prima Ballerina, el hecho de estar embarazada no obstaculizó sus entrenamientos y ensayos. “Seguí haciendo clase hasta una semana antes del parto”.

Quien también ha bailado en el Stuttgart Ballet de Alemania confiesa que, aunque fue un parto natural, “y eso es una gran ventaja”, debe trabajar con disciplina para recuperar su elasticidad y figura. “Como todas las bailarinas debo superar ese reto, pues tengo una gala muy importante aquí en Europa en julio y en la primera quincena de agosto estaré en mi país para la quinta edición de las Galas Elisa y Amigos 2016, así que es un reto muy importante en mi vida profesional”.

La maestra de Ballet acepta que a su regreso a los escenarios será difícil compaginar la maternidad con su carrera artística. “Sobre todo el separarme de mi hija y dejarla en manos de profesionales, pero sin el cariño y el amor que le daría mi familia, por estar tan lejos de ellos. Pero no soy la única primera bailarina que tiene la fortuna de ser madre y, como ellas, saldré adelante sin descuidar ninguna de las dos cosas tan importantes de mi vida”.

La intérprete admite que aún existen  prejuicios, sobre la capacidad de las madres profesionistas, que hay que vencer.

 

Apostó por buen consorte

Sí existe un secreto para alcanzar el equilibrio entre la maternidad y el desarrollo profesional, reconoce la soprano Rebeca Olvera Rosano (Puebla, 1979), quien desde hace cuatro años divide su tiempo entre el escenario y la felicidad de Mónica (cuatro años) y Sandra (dos años). “Mira, el secreto es la elección meticulosa del consorte”, dice la integrante de la Ópera de Zúrich, que ríe, bromea, pero no cambia de idea.



“Puedo decirte que tras formalizar la relación con mi prometido –el actor Federico Ituarte–, pusimos las cartas sobre la mesa y cada quien dijo lo que esperaba de la relación. Desde entonces estuvimos conscientes de que queríamos hijos, pero no para que los cuidara la baby-sitter, sino para cuidarlos nosotros”, expresa vía telefónica desde Zúrich.

Esa reflexión estuvo acompañada de una premisa simple: buscar el equilibrio entre el tiempo libre de Rebeca Olvera y su marido para que uno de los dos siempre esté con sus hijas. “Debo decir que el marido que me conseguí ha hecho posible ese equilibrio entre el trabajo y la vida familiar porque cuando me voy a trabajar sé que mis hijas se quedan con los mejores cuidados de papá, que es mi otro yo, y cuando yo estoy libre papá también tiene la oportunidad de ir a trabajar”.

Esta fórmula simple es lo que ha permitido el desarrollo profesional de Rebeca como soprano y de Federico como actor en la Ópera de Zúrich. A esto se suma el hecho de que la soprano pertenece a una casa de ópera que le da la oportunidad de trabajar sin tener que vivir ocho horas al día entre ensayos y compromisos en otros teatros.

El momento más ilustrativo para la maternidad le llegó en 2011, cuando Mónica cumplió un año. Entonces la soprano tuvo que separarse de su hija por dos semanas. Ella pensó que todo estaría bien. Pero cuatro días después la tristeza y la angustia la invadieron.

“Y no  porque extrañara los desvelos, sino que ahí me di cuenta que necesitaba a mi familia. Desde entonces supe que tenía prioridades; y aunque mi carrera es muy importante en mi vida…  sobre mi carrera siempre estarán mis hijas y mi esposo. Ahora tomo decisiones con base en eso. Un ejemplo: si me surgen dos compromisos y puedo elegir uno, siempre elegiré aquel que me permita estar el mayor tiempo con ellas”.

Por ahora Rebeca Olvera –que vive en Europa desde hace 11 años– se prepara para interpretar el papel de Despina en la ópera Così Fan tutte en Zúrich.

Ser madre, ancla al presente

Fermento de emociones y afectos, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, una tarea fácil, es para la fotógrafa Ana Casas Broda el papel de ser madre y artista a la vez. “Como autora la maternidad me ha convertido en otra persona, me ha anclado en el presente, en algo esencialmente humano, intangible, efímero, que me hace más fuerte y más frágil a la vez”.



“El afecto, la inmensidad de las emociones que nacen cotidianamente de tener hijos me hacen mejor persona, pero a la vez, mucho más consciente de mi fragilidad, de la muerte y del paso del tiempo. Sin embargo, combinar el trabajo cotidiano con tener hijos es una lucha difícil”, dice la autora, quien hizo de la maternidad su materia prima durante siete años.

Hay una suerte de ambivalencia en la concepción de un hijo para Casas. Con la vida profesional surge una especie de egoísmo producido por la necesidad de concentrar al cien por ciento, los esfuerzos del trabajo con el de la vida materna.

“Para crear y para trabajar hace falta poder dedicarse enteramente a una actividad. Y tener hijos también requiere de tiempo, atención. Y ese balance es muy difícil. Casi todas las personas que conozco les parece muy complicado lograrlo. Hay una culpa constante que debo vencer para no sentir que mi pasión por el trabajo me impide disfrutar una etapa irrepetible de mis hijos, y que los estoy privando de algo. Siento una constante nostalgia de un presente que pareciera escapárseme. Pero a la vez, es esta conciencia la que hace todo más intenso y hermoso”, explica.

Casas nació en Granada, en 1965, de madre austriaca y padre español, llegó a vivir a la Ciudad de México en 1974. Desde su primer trabajo Álbum, se interesó por explorar el pasado, sus orígenes. En 2003 nació su primer hijo, Martín, y en 2008, Lucio. Su búsqueda creativa viró hacia la experiencia de convertirse en madre, a la de enfrentarse con la medicina de fertilidad asistida como método para lograrlo. Así aparecieron temas como el cuerpo de la mujer, la forma en la que la medicina lo disloca, la fertilidad como campo de experimentación, o las “tremendas” implicaciones sicológicas de la infertilidad a edad avanzada. En la fotografía encontró la manera de abordarlo.

“Trabajé sin descanso en mi proyecto Kinderwunsch (en alemán las palabras niños y deseo). Iniciando en los procesos de fertilidad, Kinderwunsch se convirtió en un libro de textos e imágenes que trata del proceso mismo de transformación en madre tanto física como mentalmente, así como del proceso de creación mismo”.

La serie muestra el encuentro de sentimientos que produce la maternidad: la madre desnuda, con los rastros del embarazo sobre el cuerpo (estrías, músculos flácidos), duerme agotada mientras los pequeños juegan sobre ella, se entretienen con el juego de video o tratan de distraerse en solitario. Hay también rastros de ternura: la pequeña mano del bebé bajo un chorro de agua detenido o ella besando a uno de ellos, justo en el siguiente instante en que lo ha parido.

Ser madre y artista necesariamente ofrece dos caras para Casas. “Para tener una carrera artística ahora es necesario trabajar mucho, dedicar tiempo a la producción, eso es algo complicado con niños pequeños. Ir a residencias artísticas, viajar, concentrarse plenamente en un proyecto no es posible sin ayuda y sin dejar de lado aspectos centrales de la convivencia con los hijos. Me cuestiono la noción de ‘artista profesional’ que se ha establecido, como aquel que debe producir constantemente, esa noción de la sociedad por convertir al arte en una labor que deba medirse y calificarse en términos cuantitativos. El arte que más me interesa surge de otros aspectos del ser humano, de lo impredecible y de lo imperiosamente necesario. Y en ese sentido, la maternidad es medular a ese proceso”, afirma.

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