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Nacional

Creativo hasta su último día; Teodoro González de León

Excélsior | Sábado 17 Septiembre 2016 | 06:45 hrs

Agencias |

Ciudad de México.-  “Acabo de nadar; estoy a toda madre”, le dijo Teodoro González de León a su hija Sofía el pasado 15 de septiembre. El arquitecto le había dado el día libre al resto de los compañeros en su despacho. Tenaz, como siempre, con sus nueve décadas encima, él decidió trabajar en un día en el que todos los mexicanos aspiran a terminar su jornada lo más pronto posible. Así, activo, se despidió de este mundo.

Ayer por la mañana la noticia de su muerte circuló deprisa en un día de asueto. González de León, el artista del concreto, el creador de muchos de los edificios más emblemáticos de la capital mexicana, el trabajador incansable que se formó ni más y ni menos que con el suizo-francés Le Corbusier, falleció a los 90 años en su casa de la Ciudad de México, a consecuencia de un paro cardiaco.

“Siempre estuvo trabajando hasta el final. Yo hablé con él ayer, no había secretarias en su despacho, me contestó su chofer y le pregunté: ‘¿no está, verdad?’. ‘El arquitecto sí está’, me dijo”. Sofía quería saber cómo estaba su padre, quien había tenido pequeños problemas gastrointestinales días antes. “El señor estaba muy bien y me dijo: ‘acabo de nadar, estoy a toda madre, perfecto’. Así se fue, en paz, tuvo una vida plena, lúcido, creativo hasta el último instante”, agregó su hija en el Panteón Francés, donde fue velado.

Para el arquitecto, que nació el 26 de mayo de 1926 en la Ciudad de México, no había descanso. Mucho menos pensaba en el retiro: “Esa es una palabra prohibida”, le dijo a Excélsior en 2011. “La arquitectura para mí es una forma de vida, no es una profesión, no es un empleo”. González de León pasaba más tiempo trabajando en su despacho de la calle Ámsterdam, en la colonia Condesa, que descansando. Aunque también adoraba viajar y visitar edificios por todo el mundo.

Apenas ayer asistiría a un acto público. También seguía trabajando en la Torre Manacar, de 140 metros, y había preparado la primera parte del proyecto de ampliación del estacionamiento del Auditorio Nacional, una de sus obras más emblemáticas. Teodoro “configuró en buena medida la transformación de nuestras ciudades”, opinó ayer Miquel Adrià, el arquitecto español con el que el mexicano compartió gran amistad.

La obra de González de León casi resulta inabarcable, su Obra reunida (Conaculta/Arquine, 2010) es un grueso volumen de más de 450 páginas. Su sello siempre es distinguible por la ciudad en el uso que dio al concreto, en las planchas que abarcan sus edificios y que remiten a las grandes plataformas prehispánicas, en los patios entremetidos que parecen ser una prolongación de la calle y ya, en su última etapa, en la importancia que dio al vidrio en proyectos como Reforma 222 o el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (Muac).

“Teodoro es uno de los arquitectos más importantes que ha tenido México, en todos los tiempos; su trabajo ha sido determinante. El concreto aparente remite a esa fusión que hace de la arquitectura moderna por un lado; por el otro, de algo muy mexicano, enraizado con los orígenes prehispánicos”, recordó Adrià, a quien González de León alguna vez repitió lo que le dijo Le Corbousier: que en arquitectura no hay Mozarts, no hay precoces y lo que importa es forjar una larga trayectoria. La de él fue de 74 años, comenzó en 1942 cuando ingresó a la Escuela Nacional de Arquitectura.

PENSAR EN FUTURO

Adrià recuerda que González de León siempre estaba inquieto. Siempre al pendiente de unos libros que estaban por llegar, de leer novedades y preguntar a sus conocidos si ya las habían leído para comentarlas, de escuchar música, de conocer una obra en alguna parte del mundo. “Siempre estaba viendo al futuro. No distinguía entre trabajo y placer, era arquitecto las 24 horas del día, no había ese momento en que terminaba el día. La vida era para él, otra formas de hacer arquitectura”, dice.

Y como siempre veía hacia enfrente, “le chocaban los temas relacionados con la muerte, con los homenajes, no le gustaba nada pensar en su posible deterioro”. Los homenajes trató de recibirlos aún viviendo: en marzo pasado inauguró una muestra de sus maquetas en el Museo de la Ciudad de México y con motivo de su cumpleaños 90 se anunciaron actividades a nivel nacional que contemplan para el 29 de septiembre, la develación de Cubo transitable, una de sus últimas obras visuales, en el Museo Tamayo, también de su autoría.

BELLAS ARTES, OPCIÓN

Ayer el secretario de Cultura federal, Rafael Tovar, dejó la puerta abierta para que el arquitecto sea homenajeado en el Palacio de Bellas Artes o en donde la familia acuerde. El funcionario llegó al Panteón Francés, donde ofreció sus condolencias a los hijos de González de León, Berenice, Diego y Sofía, y a su viuda, Eugenia. Ahí, informó que con una inversión de 210 millones de pesos se construirá la ampliación del estacionamiento del Auditorio Nacional, cuya primera fase arrancará “muy próximamente” a partir del proyecto que el mismo Teodoro revisó.

El homenaje anunciado en mayo continuará pero, afirmó Tovar, “creo que merece otro homenaje nacional por la figura que representa como creador cultural”. En ese nuevo cumplido se buscará sumar a todas las instituciones que estuvieron involucradas en su vida creativa: desde El Colegio Nacional, del que era el único arquitecto miembro, al Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México, a los que dotó de sus emblemáticos edificios.

Al pésame de la Secretaría de Cultura se sumó el del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el del presidente Enrique Peña Nieto, quien lamentó en su cuenta de Twitter la muerte del arquitecto. “Lamento el fallecimiento de Teodoro González de León, arquitecto universal y profundamente mexicano”, dijo el mandatario en un primer mensaje. Después agregó: “Sus obras enriquecen nuestro paisaje arquitectónico y son parte del patrimonio cultural de México”.

EXCLUIDO DE CU

Cuando en 1947 Teodoro González de León partió a París para continuar sus estudios, becado por el gobierno francés, se fue con el sentimiento de que había sido “injustamente excluido” del proyecto para construir Ciudad Universitaria, a pesar de que los constructores utilizaron la distribución que él, Armando Franco y Enrique Molinar habían propuesto. Si de la imagen que tuvo CU quedó excluido, con los años recuperó su presencia arquitectónica en el paisaje nacional.

De su despacho salieron los proyectos para construir la Delegación Cuauhtémoc, las oficinas del Infonavit y de la Conasupo, la Universidad Pedagógica Nacional, el Centro Minero Nacional, el Palacio de Justicia Federal, el Museo de Sitio en Tajín, la Escuela Superior de Música del Cenart, pero también varios edificios corporativos y unidades habitacionales, así como las embajadas de México en Alemania, Brasil, Arabia Saudita, Guatemala y Belice.

La monumentalidad y fortaleza que las obras de González de León expresan, piensa el también arquitecto Felipe Leal, surgieron del interés de “darle grandeza a lo público; no eran edificios pobres, pichicatos. Su obra expresa todavía esa idea del Estado nacional, el Estado fuerte, un Estado sólido, cuando el Estado tenía más peso que en nuestros días, cuando sí regía, cuando el Estado era el elemento conductor de los destinos nacionales”.

Miquel Adrià piensa que si bien trabajó con muchas instituciones, “siempre se mantuvo en cierta distancia con el poder. Nunca fue el arquitecto del emperador de turno, pero sí estuvo vinculado con edificios de gobierno, posteriormente en edificios corporativos y, siempre que pudo, trató de darle a la ciudad espacios y generar hitos que se convirtieron en referencia. Siempre pensó en la arquitectura en términos atemporales, viendo el futuro, antes que ser servil o clientelista con alguna institución del poder”.

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