El Diario de Chihuahua


Entregan Zócalo renovado; nuevo corazón


Excélsior | Domingo 27 Agosto 2017 | 07:58 hrs


Ciudad de México.- La Plaza de la Constitución de la Ciudad de México volvió a lucir sobria, gigantesca, llana. No por nada es la rosa de los vientos que por siglos ha marcado el rumbo del país.

En una nación donde todo son símbolos, el acto que confirmó a la plancha como un emblema de los mexicanos no fueron los discursos políticos o la develación de la placa conmemorativa de la reapertura de este céntrico espacio, sino el siempre electrizante izamiento de la Bandera Nacional.

Donde el lábaro patrio se eleve y ondee, ahí es México.

La mañana de ayer, tras varios meses en que el asta bandera lució solitaria, los soldados volvieron a elevar el lienzo monumental a 50 metros sobre el nivel del propio Zócalo.

En la ceremonia, Eduardo Matos Moctezuma inició el recuento de hechos históricos ocurridos en casi 700 años, todos ellos en el espacio que ocupa la plaza, o en sus orillas.

El arqueólogo, galardonado como Premio Nacional de Artes y Ciencias, destacó que en esta enorme explanada no hay mexicano que se resista a reunirse “para festejar, conmemorar o protestar. Es el foro por excelencia de libertad de expresión y aquí han resonado las palabras que alientan y aquellas que censuran”.

Y sí, en este espacio, rememoró, han estado Tenochtitlan y sus templos, palacios y áreas ceremoniales. También canales, tianguis y mercados fijos. Más tarde monumentos, fuentes, jardines y esculturas. Tampoco han faltado estaciones de tranvía, con todo y rieles. Incluso desfiló el ejército Trigarante o, en tiempos más difíciles, el de los Estados Unidos y el de Francia. Pero también el Republicano, con Benito Juárez a la cabeza, sin olvidar a los cientos de revolucionarios, ya en los albores del siglo pasado. En la etapa moderna la han abarrotado los integrantes de sindicatos, partidos políticos, estudiantes e innumerables organizaciones sociales. Los cuatro costados del Zócalo han resonado de consignas y demandas.

En el acto protocolario de reapertura de la Plaza Mayor a los ciudadanos todo estuvo cargado de ritmos: la llegada de la bandera acompañada de los redobles de tambores de la Banda de Guerra del Ejército Mexicano. Mi Ciudad, de Guadalupe Trigo, tocada y cantada cuatro veces por la Orquesta Típica de la Ciudad. Se oyó el Canto a la Bandera. Luego más redobles. Siguió el coro de la Marina y el izamiento con el sol ya despuntando entre las nubes. La plaza fría. El Himno Nacional.

Sólo los sindicalizados del gobierno capitalino pusieron la nota fuera de protocolo con un sonoro y prolongado grito de: “¡Mancera, presidente!”

Tan lisa quedó la explanada que para quienes no buscan bien puede pasar desapercibida una placa a nivel de piso, justo a un costado del asta bandera, que marca el lugar donde se encontró el basamento que dio su nombre al Zócalo.

La superficie que se estrenó ayer tiene precio: 150 millones de pesos. Eso costó el medio metro de concreto que hay bajo los pies de quienes la caminan, junto con la novedosa infraestructura para desaguar las lluvias, iluminarla o sujetar aquellos implementos con los que los mexicanos celebran a cada rato fiestas, realizan protestas o se reúnen para cantar.

Pero lo que no tiene manera de ser tasado es el placer de caminarla nuevamente.

Tras estar rodeada por tapiales cuatro meses, inundada de ruido y nubes de polvo, ayer la plaza volvió a levantar suspiros entre quienes desde las estrechas calles del Centro desembocaban en ella y dimensionaban su nueva y majestuosa lisura.

Para Cristina García Cepeda, secretaria federal de Cultura, al sentido de colectividad y referencia que despierta entre los mexicano esta explanada se añadió otro más simbólico y rotundo.

Esta plaza es una rosa de los vientos que señala los rumbos del universo mexicano”. Si así es, entonces ayer la Ciudad de México y el país recuperaron su rumbo.

Así de magnífico luce el nuevo y vigoroso Zócalo.