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Opinion

1992-2016; paralelismos y contradicciones

Luis Froylán Castañeda | Domingo 03 Julio 2016 | 00:43 hrs

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La Política da Weba

Pregunté a dos amigos que, por edad y afición, podría conocer el nombre del candidato del PAN al gobierno, en la elección de 1980. Estaba seguro de responderían sin pensarlo, me sorprendió que ninguno de los dos recordase el dato.

Pretendía dejarlo ahí, total, la desconcertada reacción de mis amigos ante la pregunta era suficiente respuesta: Aquella elección transcurrió plana, lo mismo que la campaña opositora.

No obstante me ganó la curiosidad y apelé a Wikepedia, Oscar Ornelas ganó con 247 mil 939 votos, contra 50 mil 700 –así, en número cerrado- del panista Carlos Chavira Becerra. Es obvio que los ingenieros electorales de la época, en los hechos resolvieron otorgar al PRI 250 mil votos y 50 mil al PAN, que de pasada perdió todas las alcaldías y todas las diputaciones.

¿Qué sucedió en la sociedad Chihuahuense para que tres años después el PAN ganase la capital, Juárez y la columna vertebral del estado? El cedazo de la historia registra una amenaza de huelga general, la muerte de un ciudadano en un mitin de Camargo, excesos del primer círculo ornelista, abandono de locos en San Diego de Alcalá. Minucias para los tiempos del partido hegemónico.

Esas primeras manifestaciones de alarma se conjugaron con el reposicionamiento del PAN, en su primer acuerpamiento con los organismos empresarios, y la postulación de candidatos con alto perfil: Barrio, Luis H. Álvarez, Aguilar Camargo, Lacho González de las Casas. Agregue a la ecuación la convicción pasiva y vocación democrática de un gobernador como Oscar Ornelas y encontrará que son factores suficientes para cuajar la victoria panista del 83.

Dos años después, en las elecciones federales de 1985, el PRI regresó a su política dura y con las mañas de siempre conservó la mayoría de las diputaciones federales. De ese año trascendió el fraude monumental de Jorge Doroteo Zapata contra Memo Luján, que hasta la fecha permanece como emblema de corrupción electoral.

La irritación social se acumulaba, dificultando las maniobras del PRI, no obstante al poderoso partido le alcanzó para conservar el gobierno en 1986, ganando como pudo en la mítica jornada del Verano Caliente, también marcada por fundadas sospechas de fraude electoral.

Aquella elección galvanizó la inconformidad social contra un régimen que apresuraba su decadencia, mientras se refugiaba en los viejos modos de ganar elecciones, simbolizados en el famoso “carro completo”.

Con esa convicción, en los seis años de Baeza el PRI recuperó las alcaldías perdidas, conservó las diputaciones y en la última elección federal del sexenio baecista ganó las diez diputaciones federales.

Eran triunfos de mentiritas, la realidad social es que la gente recordaba los fraudes recientes, particularmente el de 1986, cuando se volcaron a las calles para encontrar que los habían robado, de modo que –ayudado por Salinas y sus aspiraciones de granjearse una imagen internacional de reformados y democrático- en 1992 el PAN ganó por vez primera la gubernatura del estado, con Francisco Barrio y Luis Héctor Álvarez como los grandes iconos de la victoria.

El triunfo del 1992 es, en resumen, consecuencia de una campaña decidida y tesonera; sufrida y avasallada por fraudes electorales, fortalecida en liderazgos sociales muy consistentes, un partido sólido con dirigentes de prestigio y estimulada por la iniciativa privada que ya empezaba a desprenderse del viejo régimen. Fueron, al menos, doce años de triunfos y derrotas antes de llegar a Palacio de gobierno.

Dieciocho años después, decir que el PAN regresa a palacio tiene muchos asegunes. Regresa por que ganó el candidato que postularon, Javier Corral, y además lo hizo sin alianzas. Objetiva y legalmente –falta desahogar el trámite de la impugnación- el PAN es el gran ganador.

¿Por qué los asegunes? Valórelos usted: Llegó a la pasada elección hecho girones, dividido hasta sus cimientos, sin base social, cargando el sospechosismo de estar maiceado por el Poder priista y sin figuras prominentes dispuestas a empeñar su prestigio para salvarlo.

En Juárez no postularon candidato propio, Corral y Madero rechazaron, en un principio; la candidatura al gobierno, dado que ninguno tenía fe en su partido, por lo mismo buscaron candidatos externos.

De los seis candidatos en contienda por la gubernatura, dos fueron militantes activos y líderes preponderantes en ese partido: Jaime Beltrán del Río, presidente municipal con licencia que compitió con las siglas del PRD, buscó primero la candidatura del PAN; Cruz Pérez Cuéllar, dos veces presidente estatal, diputados federal, local y muchas otras candidato a diversos cargos importantes, se postuló por Movimiento Ciudadano. Javier Félix Muñoz y José Luis, Chacho, Barraza, son, o eran, simpatizantes abiertos y activistas del partido en las luchas de los ochentas y tempranos noventas.

Incluido a Javier Corral, es dable decir que el PAN aportó a la campaña anterior cinco candidatos, contra uno del PRI ¿Le parecen pocos argumentos objetivos para comprobar su profunda fractura?

Si alguien responde afirmativamente esa pregunta, agreguemos entonces las renuncias masivas de militantes, la lucha feroz entre sus corrientes, y el sometimiento de altos dirigentes formales del partido y líderes legislativos, al Poder priista.

Puedo describir cada uno de los escenarios, sin embargo no es el motivo de la presente columna, en otros momentos y circunstancias lo hice, pero los recuerdo más que todo por que los datos ahí están, es cosa de tirar la hebra y recuperarlos.

¿Cómo, entonces, un partido tan divido pudo ganar la elección estatal y además hacerlo con suficiente solvencia? Estará de acuerdo con migo, amable lector, que es ahí donde entran los asegunes.

La victoria de junio cinco no cuenta una historia de luchas anteriores, desde que Ramón Galindo perdió frente a Patricio Martínez, el PAN aceptó pasivamente el papel de oposición complaciente, a excepción de Juan Blanco, que ganó la capital en 2004 y disputó a Reyes el liderazgo político.

Ni Corral ante Reyes, en la elección del 2004, ni Borruel contra César, en 2010, el PAN mostró una actitud decidida a ganar, la suya era una campaña de timoratos buscando anticipadamente respuestas justificadoras su derrota. Llegaban a la elección resignados ante lo que les parecía inevitable, perder.

Si el PAN no podía ganar ¿Entonces ganó Javier Corral? Tampoco, reconociendo –no obstante- que aprovechó pragmáticamente la irritación social. En su primera campaña por el gobierno, hace dos años, perdió el tiempo pontificando sobre conceptos teóricos del Estado, el deber ser del gobernante y bobadas así. Un discurso que no interesa más que a los teóricos de la política, pero vacío y disparatado para el pueblo.

En cambio, en la que acaba de pasar hizo girar su campaña en torno a dos ideas elementales: llevar a la cárcel a César Duarte y denunciar la corrupción. Supo que eso quería la gente, por lo mismo machacó hasta el cansancio, incluidos los spot oficiales. Sin sombra de duda esa campaña del odio le hizo ganar, pues ante el mal humor social, ese discurso resultaba refrescante.

No crea usted que por mucho, su amplio margen de 117 mil votos es engañoso. Con ese resultado Duarte y Reyes lo hubiesen barrido seis y doce años atrás y Patricio, quién obtuvo 497 mil votos en 1998, técnicamente le hubiese hecho tablas, con un padrón de un millón 750 mil electores, casi un millón menos al actual.

Corral no registró una votación avasalladora, el que se derrumbó estrepitosamente fue Serrano. Apenas recibió 400 mil votos, cantidad con la cual hubiese perdido ante Carlos Borruel, Javier Corral, en el 2004, e incluso Ramón Galindo, que 18 años antes obtuvo 417 mil votos.

Si le parecen pocos los datos del castigo, voy al síndico en Chihuahua. Nada ilustra mejor el enfado ciudadano que los 200 mil votos obtenidos por Miguel Riggs en la ciudad de Chihuahua, siendo que no hizo campaña y que en la elección de hace tres años, cuando compitió por la alcaldía, quedó por debajo de los 90 mil votos, menos de los que obtuvo es vez Lucía Chavira, en las condiciones más adversas. Simplemente la gente decidió votar contra el PRI.

Sería un atrevimiento decir que el PAN, vistos los resultados, hubiese ganado hasta con el “Burro Chon”. No, el partido y los candidatos hicieron su parte, por lo mismo los independientes se quedaron cortos, pero está claro que no aumentaron significativamente sus votos, los que se desplomaron fueron los candidatos del PRI.

A diferencia del 92, cuando el PAN luchó durante doce años una serie de batallas hasta llegar a la gubernatura; en este 2016 les entregaron la elección en bandeja de plata y Corral estuvo en el momento y lugar adecuado para recogerla.

Corral entiende la realidad electoral, sabe que no fue su partido ni él como factor principal los que ganaron la elección, ha dicho públicamente que se benefició de esa animosidad hacia el gobierno.

Por eso no siente compromiso con los dirigentes formales del PAN, lo demostró en la integración de su equipo de transición, ninguno en esa lista es propuesta de Mario Vázquez o Ricardo Anaya, son los hombres y mujeres que quiso y punto.

Pero si el PAN y Corral tienen un poco de humildad, habrá de reconocer que ésta no es su victoria, como si lo fue de los panistas en 1992 y a los seis años perdieron ¿Aprendieron la elección? Lo dudo, la soberbia los pierde, el de Javier pinta para ser un sexenio de oposición, menuda contradicción.

Lavisióndeluisfroylán.com.mx

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