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Opinion

Despedida

Renata Chapa | Domingo 09 Septiembre 2018 | 01:26 hrs
Esta es mi última columna para el “Diario de Chihuahua”, casa editorial donde fui habitada y sostenida por trece años. El “Diario”: hogar periodístico al que necesité regresar cada fin de semana. Desde la primera vez que su jefe de información cruzó palabra conmigo, me descubrí valorada como profesional y, sobre todo, como persona. En cada entrega fortalecí una parte innegable de mi vocación gracias al entendimiento entre colegas y a aquel tácito “te creo” otorgado por Juan Manuel Andazola al inicio de mi carrera como columnista. A través del “Imaginario colectivo” publicado los domingos, yo podía asirme a mi identidad chihuahuense mientras seguía, como sucede hasta hoy, en un paradójico viaje lejos de la tierra donde nací, sede del imbatible amor de mis padres hasta sus últimos días de vida.

Varias semanas he guardado privada melancolía. Del ninguneo que hiere, de los cuestionamientos efímeros, de condolencias por mero compromiso, de la nadedad. De todo ello quise proteger mi auténtico sentimiento de pérdida y, aún más, de mis propias flaquezas al saberme cerca del cierre definitivo y tener que navegar en secrecía este capítulo. El caso es que sólo yo he traído el pulso del significado de esta despedida. Las palabras, escritas, cantadas, musitadas, calladas, vilipendiadas, aplaudidas son sangre y alientos muy míos; son conciencia y ensueños del alma; son dolores de parto y anestesias de alto riesgo. Son mis renacimientos. Son mis lápidas. Son la mujer que soy.

Así me llegó, otra vez, un nuevo aire de extravío. Sensación que conozco perfecto porque la intenté atrapar en blanco y negro en la columna titulada “En el crematorio”. Con ese texto, de nuevo llegué a tocar la puerta de la oficina de mi amigo editor, Juan Manuel. Era mi cronología del lunes 27 de marzo de 2006, día nublado en el que estuve sentada, sola, a mediodía, en un terroso pedazo de banqueta del cementerio donde incineraron a mi padre, don Ernesto Chapa. Con ese “Imaginario colectivo” aprobado y compartido el domingo 2 de abril de aquel año, di un segundo banderazo en el “Diario de Chihuahua”. Era la manera ideal de acompañar, a distancia, la viudez de mi madre. Doña Olga González, lectora empedernida y guardadora rigurosa de cada periódico dominical con mis renglones siempre comentados. Ella también me mandó avisar su partida a través de palabras vueltas brisa. Diez años después, el miércoles 22 de junio de 2016, me quedé sin ella; y el domingo 26, de los mismos mes y año, la quise abrazar a través de nuestro mismo periódico. El relato lo bauticé directo: “Olga me dejó”. Recuerdo las palabras de mi hermana mayor en esos días de mi recién inaugurada orfandad de espíritu: “Voy a cancelar la suscripción del ‘Diario’. No le veo sentido tenerla. Yo, la verdad, ni lo leo’”.

Hoy es domingo 2 de septiembre de 2018 y la condición de ausencia no es menos fuerte a otras, como las aquí compartidas. Cada desprendimiento me ha ido cincelando los verbos entramados en el corazón. La angustiante y, a la vez, adorable encomienda que significó escribir, semana a semana, mi “Imaginario colectivo”, con nombre y apellido rubricados, fue un regalo de vida que, la verdad, no sé ni cómo agradecer ni reciprocar. No hay narrativa que en estos casos valga. Sólo sé que siempre quise hilvanar cada escrito con la aferrada convicción de compartir un contenido que fuera, primero, testimonio de gratitud para mis padres y, luego, un momento de reflexión útil para quienes pasaran por mis líneas, mis acentos, mis tonos y mis tan distintas emociones.

En los “Imaginarios” también fueron creciendo las historias de los significativos cambios de mis roles familiares y laborales. Mis tres hijas y sus vicisitudes, en especial, y personas extraordinarias en mis días, motivaron columnas, para mí, fantásticas y sanadoras. A todas las tengo bien ubicadas. Con los afectos granjeados, o como igualmente pasó en otros casos de agresiones que me propinaron terceros, intenté nutrir mi pluma. Busqué ser, en la medida de lo posible, espejo de vivencias y espacio de catarsis.  

En mi espacio dominical fui libre de visitar cualquier continente temático. De la política al cine. De la sicología a la música. De la sociología a la lectura. De la religión a la responsabilidad social ciudadana. De las teorías de la comunicación a los géneros literarios. Del artista reconocido al personaje invisibilizado. Del familiar directo al empresario distante. Del amor ejemplar a la polifacética violentación. Del artículo científico al relato dicharachero. Del ejercicio periodístico que procura sus distancias críticas al desahogo a borbotones, personalísimo, sincero, emocional.

El imaginar de una colectividad, desde mi butaca en primera fila, en un constante abrevar de ida y de vuelta. Así fue como nació, creció y concluye hoy, en su periódico matriz, el “Imaginario colectivo” mío. El “Imaginario colectivo” tan nuestro.

Siempre agradecida por su preferencia y sus votos de confianza. Para ti, para ustedes, mi más conmovido abrazo lector.  

@RenataChapa

[email protected]

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