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Opinion

La ética profesional y ciudadanía

Elvira Maycotte Pansza | Miércoles 26 Septiembre 2018 | 00:19 hrs
La historia que ahora les comparto es real, sucedió hace poco más de diez años. Sabiendo que soy arquitecta -así dice mi título, y no arquitecto- una amiga me invitó a ir a conocer la ampliación que estaba construyendo al frente de su casa. No pude ocultarlo, desde que llegué al lugar mi cara de desencanto fue evidente y creo que desde ese momento nuestro vínculo de amistad empezó a deteriorarse. Y es que no se trataba de si me gustaba o no el proyecto, en realidad era agradable y hasta simpático, por decirlo de alguna manera, pero tenía un defecto que no pude dejar de observar, y señalar: creo que me gané el calificativo de “amargosa”.

Emocionada, mi amiga preguntó si me gustaba cómo estaba quedando la ampliación; a tirabuzones y de manera inexpresiva, le contesté que sí, pero fui pronta al señalar que estaba infringiendo el reglamento de construcción al construirla sobre el límite de su predio con la banqueta, cuando, en fraccionamientos como en el que ella vive, la normatividad indica que las construcciones deben dejar al menos dos metros libres a partir del paramento, con la finalidad de brindar una mejor imagen urbana al ampliar la perspectiva de la calle, de dar oportunidad a que la banqueta -de tan sólo metro y medio de ancho- sea realmente percibida como segura, aloje cabalmente a dos personas y permita su caminar sin que una de ellas sienta que se cae a la calle y la otra se la pase golpeándose con las bardas malamente levantadas, casi cayéndoseles encima, además de permitir sembrar árboles que den sombra a la propia banqueta y a la calle -“detalle” que tanta falta nos hace- para evitar el reflejo de los rayos solares y mitigar el calor que tanto nos agobia durante el verano.

Mi amiga continuó la plática planteando su defensa: me dijo que había sido el propio arquitecto encargado del diseño y construcción, quien le dio el consejo de hacer los planos como si respetaran la normatividad y que, al obtener el permiso, la obra debía iniciar cuanto antes y avanzar lo más rápido posible con la finalidad de que, cuando llegara el supervisor del Municipio, al ver el avance, no tuviera más remedio que aplicarle una multa. Eso sí, le advirtió que iba a ser necesario darle una “compensación” por tan comprensiva actitud.

Continué expresando mi malestar: le dije que con esa acción por demás ilegal, atentaba contra el patrimonio de los vecinos, pues afectaba la plusvalía de su propiedad, dañaba la imagen de todo el fraccionamiento y, además, estaba cometiendo un acto de corrupción. Hubo un silencio profundo.

Quizá se me podrá juzgar de imprudente, pero creo que la imprudencia venía, más bien, de la otra parte, y de las otras muchas partes, de los otros muchos que sólo por residir y votar en esta ciudad piensan que son ciudadanos de esta tierra, mas no es así. Si bien, ser ciudadano es haber nacido, residir o votar en un determinado territorio, el concepto de ciudadanía va más allá: se trata de hacer cumplir los derechos que nos corresponden, pero también las obligaciones; de asegurar condiciones de igualdad, bienestar y justicia para todos; la convivencia pacífica y el respeto hacia los demás. Se trata de no ser voraces, de no velar sólo por nuestra conveniencia pasando por encima de los derechos de los otros.

Es por ello, que podemos afirmar que el cabal ejercicio de la ciudadanía tiene la capacidad de transformar, porque tiene potencial de diluir la desigualdad y nunca limitar la libertad; porque de hecho, al implicar el respeto a la normatividad, trae consigo la mejor convivencia entre los miembros de una comunidad, evita distingos y, con el granito de arena que cada uno pueda poner, el beneficio no sólo es para los otros, sino en primera instancia, para cada uno de nosotros en particular. Un ejemplo sencillo: ¿cuántos arbolitos más tendría nuestra ciudad si no hubiera actitudes egocéntricas como la que hoy relato? Del profesionalismo y ética del arquitecto, no quiero ni hablar; espero que los nuevos ingenieros y arquitectos consideren ser y ejercer como ciudadanos.

Hoy, cuando recuerdo que he tenido otras conversaciones parecidas a la que hoy comparto, sonrío y comprendo por qué algunos de mis amigos ya no gustan de conversar conmigo.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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